Memoria histórica

Instituto Eusebio da guarda: El regalo de un benefactor

A Coruña fue una de esas ciudades amuralladas ya desde la Edad Media. Felipe II fue quien le otorgó el título de plaza fuerte, poniendo en valor el haber defensivo de la ciudad. Aquellas construcciones, que sin duda hoy hubieran hecho las delicias de los turistas y vecinos, comenzaron su derrumbe a mediados del siglo XIX.

Instituto Eusebio da guarda: El regalo de un benefactor
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Instituto Eusebio da Guarda

El crecimiento demográfico de la urbe herculina, su progreso económico y, en fin, su crecimiento, hacían de vital importancia obtener, como fuera, más espacio. La ciudad se ensanchó hasta comerse paulatinamente sus murallas, las atravesó y dejó pocos vestigios de su pasado. Uno de ellos es la coraza del Orzán, integrado en el paseo marítimo y que formaba parte del baluarte del Caramanchón. Lo que ya no vemos de esta fortificación está ocupado por un edificio emblemático histórica y arquitectónicamente. Un edificio que cuenta con relatos y anécdotas que forman parte de la memoria viva de A Coruña y que hoy en día ocupan una riada de jóvenes que esperan ansiosos cada día a que de la hora para dejarlo vacío. Estamos hablando del instituto Eusebio da Guarda, por el que todos hemos pasado y el que todos reconocemos.

Podría comenzar esta historia allá, en los recuerdos de lo que nuestras murallas vieron para llegar hasta hoy, pero no. Eso lo guardaremos para otra ocasión. Este comienzo de historia se traslada a Portugal. Concretamente a la región de Tras-os-Montes. Aquí, bien al norte, en la parte donde la frontera de España se funde con la del país vecino se encuentra el municipio de Braganza. Este lugar vio nacer a Gonzalo da Guarda, un humilde zapatero que migraría hacia Galicia para tratar de prosperar y que no imaginaría la importancia futura que tendría para A Coruña.

Gonzalo, ya en la urbe herculina, se casó con la coruñesa Lorenza González García. El hombre prosperó como comerciante hasta colocar a su familia en una buena posición. El matrimonio en 1824 trajo al mundo a un pequeño Eusebio Lázaro da Guarda González que fue bautizado en la iglesia de San Nicolás.

El chiquillo, que en el futuro sería uno de los benefactores más importantes de A Coruña, estudió en la Escuela de Náutica de A Coruña. Parecía gustarle el mar como a todo buen gallego, porque antes de los 18 años ya había obtenido su título de piloto. Sin embargo, después de dos años ejerciendo en prácticas la profesión de piloto naval, abandona las olas y vuelve a la tierra firme de un negocio que a su padre le había dado tan buenos resultados.

Eusebio, convencido de que su futuro está en el mundo del comercio, conoció a Juan Menéndez Fuertes. Este acaudalado empresario cubano, decide incorporar al joven como administrativo a una de sus empresas a finales de los años 40. Da Guarda no tardó mucho en demostrarle a su jefe que su confianza había sido excelentemente depositada. Su manejo, sus conocimientos y lo que parecía un talento natural para el mundo empresarial le hicieron ir subiendo puestos en el organigrama y, sobre todo, le valió para colocarse como imprescindible para Menéndez.

En 1952 fallece Juan Menéndez. Para entonces Eusebio ya era apoderado de la empresa y queda al mando de la misma, pero el giro argumental más decisivo de la historia se produce dos años después. Es en 1954 cuando Da Guarda contrae matrimonio con Modesta Goicouría Cabrera que, un par de años antes era la mujer de su jefe. Poco a poco, Modesta y Eusebio forjan una enorme fortuna. El hombre pasa a dirigir los negocios de su mujer y emprende sus propias inversiones y proyectos hasta convertirlos en uno de los matrimonios más relevantes en la vida de la alta burguesía coruñesa.

No obstante, en el recuerdo de nuestra ciudad Eusebio y Modesta han quedado más como benefactores que como el matrimonio de alta alcurnia del que estamos hablando. No es para menos cuando, a expensas de su fortuna, en la urbe herculina se lograros hitos de especial relevancia para la sociedad. El mercado de abastos que hoy conocemos como Plaza de Lugo, fue originariamente una contribución de Eusebio, al igual que la reedificación De la Iglesia de San Andrés.

Sin embargo, el regalo más importante que el matrimonio Da Guarda Goicouría le hizo a la ciudad fue el que todos unimos en nuestra mente con su nombre: Un instituto de enseñanza superior. Los vecinos de la ciudad venían reclamando la necesidad de este centro escolar cuando en 1982 Eusebio Da Guarda presenta ante el ayuntamiento una instancia en la que asegura que llevado por su amor al pueblo en que nació se veía obligado a construir a sus expensas un edificio para instituto, escuela de artes y estación meteorológica. Para ello necesitaba el espacio que ocupaban las baterías del baluarte del Caramanchón, los solares que lo rodeaban y, en fin, el espacio que esa construcción defensiva ocupaba. En 1986 el ayuntamiento coruñés había conseguido la concesión del terreno y lo había explanado para entregárselo a Eusebio para comenzar con el proyecto. El empresario, durante este periplo administrativo, confirmó sus aspiraciones e hizo firmar al ejecutivo de la ciudad una orden donde se le asegurase que en el futuro su edificio seguiría siendo el de instituto y nunca se utilizaría con otros fines.

A partir del año 1886 en la calle Acebedo, concretamente en el escaparate del comercio conocido como de “la viuda de Ferrer”, estuvieron expuestos los planos del nuevo instituto para que los vecinos de la ciudad pudieran verlos y tratar de imaginar cómo sería el edificio. Aquel proyecto lo firmaba Francisco Domínguez Coumes-Gay, arquitecto municipal de Santiago y hombre de confianza de Eusebio con quien ya había contado para por ejemplo, la reedificación de la capilla de San Andrés.

El futuro bullicio y trasiego protagonizado por los estudiantes, tuvo su antecedente entonces. Con el ir y venir, el ruido y la expectación de una obra que finalmente tardaría 4 años en ser terminada y que culminaría con uno de los primeros edificios de la A Coruña extramuros.

El instituto nació ya con la forma que hoy reconocemos. La planta central de 50 metros de frente por 40 de lateral y consta de tres pisos entorno a dos patios centrales. En la planta baja se instalaron el laboratorio, las clases y dependencias para los estudios de bellas artes y oficios. Mientras tanto en la primera planta estaban situados el salón de actos, la sala de gimnasia y las aulas del instituto en si. En la terraza del edificio se colocó también un observatorio astronómico que colocó al nuevo instituto como uno de los más punteros en cuanto a instalaciones científicas.

El edificio se encuadra en el estilo Renacentista, pero bañado de un ecléctico e imaginativo espíritu. Coumes-Gay diseñó un instituto que a primera vista resultase elegante y monumental. Para ello la fachada principal fue construida en cantería vista de una calidad constructiva que ha dotado desde entonces al Eusebio de un aire de nobleza indiscutible. Otro de sus aspectos monumentales son las escaleras centrales de mármol. Estas son obra de Pedro Nicoli, que también escogió dos esculturas egipcias de hierro para sujetar dos lámparas. Tampoco son desdeñables los detalles que se dedicaron al salón de actos que contaba con retablo propio para ser capilla al mismo tiempo y cuyos techos aparecían decorados con pinturas alegóricas de León Biancy y Román Navarro.

En 1890 se inauguró el instituto, cuando Eusebio da Guarda cedió al ayuntamiento su regalo al pueblo coruñés. Como muestra de agradecimiento al matrimonio benefactor, en el edificio se colocaron los bustos de Eusebio y su esposa. No obstante, el verdadero agradecimiento al matrimonio benefactor va mucho más allá de sus nombres en un instituto o una calle aledaña, pues se trata de la permanencia viva de lo que pretendieron fuera un templo para la educación. Ya entonces la enseñanza, la cultura y la educación eran materias prioritarias en la vida social. Proyectos como el del Instituto Eusebio da Guarda permitieron a nuestras urbes progresar y cimentar las futuras generaciones de hombres y mujeres que encaminarían el mundo hacia la prosperidad.

El instituto acogió a lo largo de su historia a miles de alumnos que le han ido dado vida y solera. No hay centro de estudios que se entienda sin la maraña de jóvenes en su interior. Entre esos estudiantes destacan algunos nombres que son el mayor orgullo de este gigante de piedra. Personalidades ilustres como Pablo Picasso, Gonzalo Torrente Ballester, Salvador de Madariaga, Roberto Novoa Santos o María Josefa Wonenburger Planells fueron ocupantes de los pupitres del centro.

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