Edificios histópricos de A Coruña

Monte De San Pedro: de arma a pulmón verde

Los 142 metros de altitud que posee el Monte De San Pedro le confieren una de las panorámicas más privilegiadas de la bahía coruñesa, solo en franca competencia con las vistas de la Torre de Hércules.
Monte De San Pedro: de arma a pulmón verde
Cañóns do Monte San Pedro Jose Luis Cernadas Iglesias
Cañóns do Monte San Pedro Jose Luis Cernadas Iglesias

Hoy en día, se trata de uno de los lugares favoritos para un paseo o para una comida al aire libre, pero San Pedro no siempre fue el lugar de retiro y tranquilidad que ahora se nos viene a la cabeza al invocar su nombre. Durante algún tiempo fue una prueba evidente de los tiempos peligrosos que el mundo en su completo vivía y, un poco más adelante, fue una clave estratégica para la relación entre los dictadores Franco y Hitler.

Para entender qué es exactamente lo que podemos observar en una visita a este parque, tenemos que trasladarnos a una A Coruña de entreguerras. En los años previos a la construcción de las baterías que se instalarían allí, la tensión e distintas partes del mundo comenzaba a acrecentarse después de algunas décadas de paz y prosperidad internacional. La situación dentro y fuera de las fronteras españolas empezaba a rezumar cierta dosis de peligro bélico. Por eso no es de extrañar que se tomase la decisión de instalar en un mirador privilegiado un enclave defensivo que, gracias a su posición, podría defender los cabos de la zona, así como el puerto de Ferrol y de la urbe herculina.

Nuestra historia comienza en Inglaterra, concretamente en la fábrica Barrow In Furness, cuyos empleados recibieron el encargo en 1929 de fundir unas piezas de artillería a las que les esperaba un largo viaje. Las armas se trasladaron por mar hasta la ciudad de Ferrol y ahí comenzó el costoso periplo hasta la cima del cerro De San Pedro, porque todos sabemos lo complicado que es el traslado de aparataje a través de la orografía gallega.

Los coruñeses observaron expectantes y maravillados el despliegue técnico que se realizó para subir aquellos inmensos cañones hasta la imponente altura del monte. Solo podían avanzar unos 200 metros al día y estos pequeños pasos se hacían mediante vías férreas desmontables. Hoy puede parecernos poca cosa, pero para entonces lo que los vecinos observaban era una proeza de la ingeniería. Por si fuera poco la mecánica del traslado, el objeto en sí tampoco era menos imponente. Los cañones Vickers ingleses medían, y de hecho miden, 17 metros de longitud, con un calibre de 381 milímetros. Solo los proyectiles ya resultaban enormes con sus 880 quilogramos de peso. Una munición que estas armas recién instaladas en A Coruña podían disparar a unos 38 quilómetros.

El enclave militar no solo constaba de estos cañones, obviamente. El espacio que se destinó para ese puesto defensivo fue cerrado al público y quedó aislado del resto de la ciudad. En él se excavaron búnkeres subterráneos, almacenes para la munición y elevadores para esta. Así mismo fueron instaladas estaciones telemétricas que permitían calcular el tiro del armamento.

El 19 de diciembre de 1933 se dio por finalizada la instalación de estas baterías y recibieron su baño de fuego. Para aquel entonces todavía no se sabía que los enormes cañones jamás entrarían en combate ni que su presencia resultaría esencial en la relación entre España y Alemania durante la II Guerra Mundial, pero lo que quedó claro fue que la bahía coruñesa no solo era uno de los mejores refugios naturales, sino que además ahora el vértice noroeste de la península estaba mejor protegido que nunca.

Aunque el dictador Franco pretendía mantener una imagen de neutralidad ante el mundo durante la II Guerra Mundial, lo cierto es que apoyó de muchas maneras al dictador alemán y a su ejército. Galicia, sin ir más lejos, era el mayor exportador de Wolframio que tenía el gobierno nazi. El 70% de este mineral se extraía en la comunidad gallega, concretamente en la comarca de O Barbanza. La materia prima era esencial para algunos artilugios bélicos, como los tanques. Por eso, no era extraño ver submarinos y barcos germanos en los puertos de A Coruña y Ferrol. Fueron el monte De San Pedro y sus baterías, los que disuadían al ejército aliado de atacar cuando llegaban a las aguas custodiados por aquellos enormes cañones ingleses.

Estratégicamente Galicia fue uno de los haberes más valorados por Hitler en el territorio español. Utilizó nuestra comunidad y nuestros mares como refugio o para sus barcos y submarinos en fuga, como lugar de abastecimiento y en distintas misiones de inteligencia. De hecho, algunos datos históricos señalan a Carballo como uno de los lugares favoritos de los espías de ambos ejes. Esta situación no llegó a poner a los gallegos en peligro, pero sí dejó algunas anécdotas en los recuerdos de los vecinos. Ejemplo de esas historias que los abuelos han venido contando a sus nietos desde entonces es la batalla entre un submarino alemán y 3 aviones aliados en la ría de O Barqueiro en 1943. Los vecinos socorrieron a los poco supervivientes de la batalla y también recogieron los cuerpos de los militares de unos y otros que habían fallecido en el encuentro. Estos fueron enterrados en el cementerio de San Amaro durante algún tiempo, aunque después fueron trasladados a otros puntos del país.

Una de las pruebas de la relación que Franco tenía con el gobierno nazi y de la importancia de Galicia en estos tratos, la podemos encontrar también en el monte y se trata de una de las piezas de artillería más importantes entre las armas alemanas: un cañón 88 milímetros, que tiene un gemelo descansando en el Museo Militar de la ciudad. Esta pieza, una joya histórica para los entendidos, también formó parte del patrimonio defensivo del cerro durante aquellos años de la II Guerra Mundial.

Poco a poco las baterías fueron quedando en el olvido. En realidad los cañones nunca fueron disparados para ejercer defensa alguna y la última vez que retumbaron con toda su potencia fue para recibir al rey de Jordania en 1949. Así, el enclave militar de San Pedro fue abandonado y el lugar comenzó a criar polvo. Para entonces, a finales del pasado siglo, quedaba claro que a A Coruña le faltaban grandes zonas verdes y que cada vez había menos espacio para dedicarlas a estos efectos. Comenzó así la búsqueda de lugares periurbanos que pudieran contener un gran parque.

La búsqueda terminó el 19 de febrero de 1996, fecha en la que el Ministerio de Defensa y el Ayuntamiento de A Coruña firman el convenio por el que el ejército cedía la base militar de San Pedro al gobierno de la urbe. Se trataba de nada más y nada menos que de 204.000 metros de extensión que reconvertir en pulmón verde de la ciudad herculina. Un proyecto de reconversión que duró desde 1999 hasta 2007 y que culminó en el gran parque público del que hoy disfrutamos. El proceso se dividió en 3 fases y costó tres millones de euros. El primer paso fue el de rehabilitar las antiguas baterías, ya que desde el principio la idea era utilizar aquellas imponentes piezas históricas a modo de esculturas monumentales y respetar el espíritu castrense de la zona. Acto seguido, a partir del 2000 se rehabilitaron y diseñaron los terrenos que hasta el momento no habían sido urbanizados. Por último se habilitó y diseñó el espacio para el restaurante.

En todo este proceso de reconversión se han ido añadiendo distintos elementos que han enriquecido el paisaje y las posibilidades como lugar de ocio del parque. Entre ellas está el mirador, una construcción especialmente diseñada para aquellos que subimos al cerro para quedar abrumados ante la inmensidad del paisaje marino. Con los años también se instaló el elevador panorámico que salva parte de la empinada cuesta que hay que sufrir para llegar al monte. Dentro del parque, además, podemos encontrarnos con elementos decorativos tan llamativos como la cascada y estanque en roca madre o el laberinto inglés. 

San Pedro nos encanta. Cada metro de su superficie se ha convertido en parte de un todo que forma plenamente parte del imaginario coruñés. Cuando lees la génesis del proyecto de rehabilitación de las baterías de San Pedro, puedes ver como sus diseñadores lograron cumplir con su objetivo a raja tabla. Querían respetar el paisaje, incluir a modo de monumento las ruinas militares y provocar en los visitantes sentimientos de paz, tranquilidad, inmensidad y grandeza. Emociones todas que el paraje consigue evocar en la gran mayoría de sus visitantes.

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