Memoria histórica

La Casa Bailly: desde el lujo hasta la ruina

Todos hemos paseado por A Coruña y sus alrededores y nos hemos sorprendido al toparnos de pronto con un edificio que, más o menos sutil, parecía llegado de otro tiempo. Un tiempo quizás más espléndido o, por lo menos, donde las casas contaban historias por sí solas.
La Casa Bailly: desde el lujo hasta la ruina
Casa Bailly 05
Casa Bailly, en Cambre

Es algo propio de otra clase de lenguaje arquitectónico, que ahora ha quedado en el olvido. Pese a todo, esos vestigios están ahí dispuestos a provocar que nos hagamos preguntas acerca de su origen, de su historia y de las personas que le dieron forma.

En Cambre hay un lugar así, un conjunto de casas cuya ruina despierta sensaciones siniestras en los que las observamos. Si preguntas acerca de su historia, descubres que fue un hotel y que sus dueños debían de haber llegado desde Francia. Algunos incluso afirman que la familia Bailly, primeros propietarios de la finca, eran descendientes de un soldado de Napoleón. Sea cierto o no, lo que queda de aquella mansión invita a la leyenda, al cuento y a la historia. A primera vista sabes que se trata de una joya modernista que tuvo que ser, a pura fuerza, escenario de bailes de sociedad durante principios del siglo XX. 

La persona que mandó construir aquella joya modernista fue Julio López Bailly, un nombre que no era desconocido para la sociedad de A Coruña. Julio era un coruñés que había hecho su fortuna en Argentina y que, aunque solía vivir entre Madrid y sus viajes al otro lado del charco, siempre guardó a su ciudad natal en un lugar privilegiado para sus proyectos. Estaba casado con Isabel Lacarrere y Heugas. Durante una de sus estancias en Buenos Aires en 1895 nació su hijo Julio López Lacarrere, que se convertiría en un afamado oftalmólogo español.

Julio López padre estaba enamorado de A Coruña, por eso siempre se mostró dispuesto a embarcarse en cualquier plan o proyecto que impulsase el progreso en la ciudad. Por ejemplo en 1918, junto a otros empresarios locales y bajo el lema: “Todo por La Coruña”, se unió al directorio de la Agrupación Popular Coruñesa. Esta formación, que contaría con la presencia de otros nombres conocidos como Dionisio Tejero o Enrique Pérez Ardá, tenía como objetivo cumplir las aspiraciones que el alcalde Manuel Casás había propuesto y que comenzaban por la creación de un Banco de La Coruña. Esta entidad  salvaguardaría la autonomía del comercio y los proyectos locales frente a intereses centrales que obstaculizasen el progreso coruñés.

No es de extrañar, pues, que una de las ambiciones de López Bailly fuera la de construir un gran hotel en la ciudad. Decidió ponerse manos a la obra en la década de 1920 y para ello contrató a la pareja de arquitectos más famosa de la ciudad Antonio Tenreiro y Peregrín Estellés. Durante esta época, estos dos grandes ideadores de edificios, acababan de aterrizar en Galicia desde Madrid para desarrollar la casa de Correos Telégrafos de Lugo y la sede del Banco Pastor. Tenreiro y Estellés, que crearon el que en tiempos fue el edificio más alto de España con un marcado estilo barroco modernizado con toques de Art Decó, llegaron al proyecto de Julio en plena transición hacia el modernismo y lo plasmaron en esta obra.

Del esplendor a los presos

La finca O Graxal o, para nosotros, la Casa Bailly podía enorgullecerse de contar con 30.000 metros cuadrados de terreno en lo alto de una colina, cerca de la ría del Burgo. Una localización privilegiada por la altura y por las vistas. Ni demasiado cerca ni muy lejos de la urbe, el lugar se había escogido para ser un pequeño paraíso de descanso. La Casa Bailly constaba de dos edificios, cada uno de dos plantas con buhardilla y sótano. Contaba con 22 habitaciones y 8 personas de servicio para ocuparse de ella, 

El edificio era claramente modernista, algo evidente en su planta cuadrada y en su casi perfecta simetría. También hacía gala de las preferencias europeas de sus diseñadores en las reminiscencias a un estilo propio de la Francia del Art Noveau. Aunque seguramente los detalles que más llamaban la atención en su exterior fueran los Arcos apuntados, los aleros curvilíneos y la cubierta holandesa. Detalles estos, traídos desde el Art Tudor británico. Por último, cabe mencionar el hueco en el proyecto reservado para los matices regionalistas en algunas referencias visuales muy concretas.

El interior de la casa no tenía nada que envidiarle a aquel esplendoroso exterior. Todos los que la vieron quedaron automáticamente prendados de los mosaicos que cubrían por completo los suelos de la planta baja. En el recibidor el techo estaba decorado con un lucernario formado por un conjunto de tragaluces de vidrieras de colores. Otro detalle que conquistó a los visitantes fueron los dibujos de gresite formados por diminutos azulejos de colores y que llenaban las paredes de la cocina, los baños y el office. Por no mencionar la fuente abovedada adornada con una cabeza de león labrada en piedra. Las habitaciones estaban amuebladas con todo el lujo y la pompa que el diseño del edificio merecía y los que pudieron disfrutar de su estancia en la finca lo describían como vivir en una mansión.

La familia Bailly utilizó aquella casa palaciega como retiro veraniego más que como hotel, pero no podrían llegar a disfrutarla mucho. Apenas una década después de su inauguración, el 20 de Julio de 1936, las tropas nacionales se sublevaron y A Coruña, junto a toda la comunidad gallega, cayó inmediatamente. Aunque es cierto que en la urbe se opuso algo de resistencia contra el golpe de estado, lo cierto es que muy pronto toda Galicia se convierte en la conocida como: retaguardia de la Nueva España. Esa consideración la convirtió en foco de una severa represión y en un lugar donde las detenciones y los fusilamientos eran el pan de cada día.

Los Bailly escaparon hacia Argentina para asentarse en Buenos Aires. Pocas fuentes pueden encontrarse acerca de su vida al otro lado del océano. No obstante, sabemos que Julio López hijo se dedicó a la pintura y a la venta de violines. También conocemos la existencia de un pago de un millón y medio de pesetas por la propiedad de la casa Bailly que fue ocupada por los sublevados poco después de la huída de la familia. El dinero lo recibió pocos años después del golpe, el hijo del matrimonio.

A partir de 1936 aquel palacio modernista se convierte en el escenario del terror propio de la represión franquista. Los amplios sótanos con los que contaba el edificio fueron usados como calabozos para los presos republicanos y O Graxal pasó a ser una cárcel. En A Coruña no era extraño que las casas palaciegas y de claro esplendor arquitectónico fueran usadas por los nacionales como prisiones. Lo mismo le sucedió a la Casa Escudero en Juan Flórez.

Todo es silencio

A medida que la guerra transcurría y el nuevo régimen se instalaba, las autoridades optaron por abrir campos de concentración  para los represaliados políticos. Así que las cárceles en casas particulares como la del Graxal ya no eran necesarias. Aquilino Gómez y su familia fueron los encargados desde 1941 de cuidar de la propiedad. Fue entonces cuando sus 22 habitaciones pasaron a estar ocupadas por la escuela de mandos del movimiento.

A partir de esta etapa en la Casa Bailly se realizaron multitud de actividades diferentes. En 1951 sus plantas superiores fueron utilizadas como sede del sindicato vertical y unos años después pasaron a albergar la escuela mixta de productores. 

Desde que la actividad en su interior cesó, la Casa Bailly ha pasado de mano en mano. Aun así nadie se ha hecho cargo de ella y el abandono más absoluto la ha sepultado entre la maleza. Las ampliaciones y modificaciones de la carretera nacional, la han desplazado hasta dejarla sola en un montículo. La vegetación y los árboles han crecido en su interior, destrozando con ellos gran parte de su esplendor. El palacio se ha convertido en una ruina propia de las historias de fantasmas de los niños. De hecho, varias generaciones de jóvenes se han adentrado en ella para vivir una aventura propia de las películas que más les gustan. Tanto es así que en 2012 se rodó en su interior la película Todo es silencio, una adaptación de la novela homónima de Manuel Rivas. 

El concello de Cambre ha dado por perdida la rehabilitación de este tesoro catalogado como edificio singular. Ahora la Casa Bailly no tiene futuro y el olvido se cierne sobre ella. A Coruña tiene joyas y tesoros arquitectónicos como este, que albergan historias de personas y recuerdos más o menos hermosos. Es una lástima, sin embargo, que el tiempo sea su sepultura y que tengamos que renunciar a un esplendor que hizo de nuestra urbe lo que es hoy.

 

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