Diversidad LGTBI

Marcela y Elisa: Un matrimonio que escandalizó al país

Marcela y Elisa fueron dos mujeres que protagonizaron una de esas historias extraordinarias dignas de película o de novela romántica. Hace 120 años, un día de junio, estas dos mujeres contrajeron matrimonio en la iglesia de San Jorge en A Coruña. Poco después ocuparon las portadas de los diarios y revistas de la época con una historia que daría la vuelta al mundo
Marcela y Elisa: Un matrimonio que escandalizó al país
Marcela y Elisa
Marcela y Elisa

Elisa Sánchez Loriga tenía 23 años en 1885, el año en el que su vida daría un giro radical. Para entonces trabajaba en la Escuela Normal de Maestras de A Coruña, donde se impartían las clases para ser profesora de educación primaria. Cada año llegaban al establecimiento las jóvenes que querían dedicarse a la enseñanza para que mujeres como Elisa les transmitiesen sus conocimientos y formar parte de una de las pocas profesiones en las que las mujeres tenían hueco.

Aquel año, entre las jóvenes recién llegadas estaba la hija del capitán del ejército Manuel Gracia: Marcela Gracia Ibeas. La chica, natural de Castilla y León, tenía 18 años y comenzaba sus primeras andaduras en el mundo adulto. Aunque no tenemos datos exactos, sabemos que fue este año en el que Marcela y Elisa se conocieron y comenzaron una cercana relación.

Muy íntima y muy cercana debió de ser la amistad entre las jóvenes, pues el padre de Marcela tomó la decisión de enviarla a Madrid a terminar sus estudios. Pretendía evitar un escándalo, pero en Coruña sabemos que no funciona demasiado bien eso de ponerle diques al mar, mucho menos si este es bravo. Cuatro meses pasó la estudiante en la capital antes de volver a Galicia ya convertida en maestra superior de pleno derecho y fue a parar a Calo, una aldea de Vimianzo.

Exista la casualidad o no, poco antes Elisa se había instalado en Couso, una parroquia de Coristanco. No estaban lejos la una de la otra y el reencuentro no se hizo esperar. Aquello debió de ser algo hermoso y potente porque terminaron por decidir que Elisa se trasladaría a Calo donde vivirían juntas. Una decisión que mantendrían durante una década, continuando juntas en los diferentes destinos que les eran asignados.

Fueron a parar juntas a Dumbría a principios del siglo XX. Y fue entonces cuando la pareja tomó una decisión que, aunque lógica, resultaba revolucionaria para aquellos tiempos: Iban a casarse. Faltaban todavía más de 100 años hasta que el matrimonio entre dos mujeres fuese legalizado en el país. Aquel matrimonio nunca fue anulado, así que se trata de uno de los primeros matrimonios homosexuales de la historia de España. Aunque seguramente existan precedentes desconocidos o cuyos cónyuges no hayan salido a la luz.

Marcela y Elisa querían casarse, pero dos mujeres no podían casarse. A perseverantes e ingeniosas pocos les hubieran ganado. La estrategia seguramente fue diseñada con tiempo. Algunas fuentes indican que las mujeres hicieron un pequeño ensayo, utilizando a la madre de Marcela como experimento. Se cuenta que una tarde Marcela fue a la casa familiar para presentarle a la viuda del capitán Gracia a un joven bien vestido y de buenos modales. El joven se llamaba Elisa Sánchez. El encuentro según se comentó, no terminó de manera agradable... En la escalera sonaron los gritos y al día siguiente la madre de Marcela abandonaba la ciudad. Aproximadamente un año después de este encontronazo con la familia política, en 1901 el plan de las mujeres se pondría en práctica.

Era abril cuando un joven educado y bien vestido se presentó en la iglesia de San Jorge en A Coruña. El sacerdote Víctor Cortiella escuchó la historia de Mario: El hombre había pasado gran parte de su vida en Inglaterra y debido a las ideas religiosas de su padre nunca había sido bautizado. Ahora quería hacerlo, quería bautizarse y recibir su primera comunión pues su aparente devoción le impelía a ello. Ningún sacerdote podría haberse negado a la petición, se trataba de alguien que quería abrazar a la santa Iglesia. Tampoco le extrañó al padre Cortiella que poco después Mario le pidiese que le casase con la mujer con la que llevaba un tiempo conviviendo, para que su enlace fuera hecho ante los ojos De Dios.

La boda de Mario Sánchez y Marcela Gracia se llevó a cabo el 8 de Junio de 1901. La ceremonia se realizó en la iglesia de San Jorge, a las 7 de la mañana. Los padrinos firmaron la validez del enlace y la pequeña comitiva fue a comer chocolate con churros para celebrarlo. La noche de bodas Mario y Marcela la pasaron en una pensión coruñesa. Allí fue donde, podemos imaginar, a Marcela se le habrá escapado por fin la carcajada que, por nervios o hilaridad, habría aguantado todo el día mientras llamaba Mario a la que llevaba más de una década siendo su compañera de vida y que ahora era oficialmente su marido.

La tranquilidad del matrimonio no duraría demasiado. Puede que fuera un error de cálculo o que las mujeres no tenían otra opción, pero a su vuelta a Dumbría los vecinos no se tragaron eso del joven Mario. La gente que llevaba años murmurando sobre aquellas dos maestras solteras que vivían juntas, descubrieron a primera vista que el marido no era otro más que Elisa. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo y muy pronto llegó a la ciudad. El escándalo llegó a los diarios de Madrid e incluso a los de Bélgica, Francia o Argentina. La escritora Emilia Pardo Bazán les dedicó un artículo donde se mostraba fascinada con el ingenio de las mujeres.

La prensa comenzó a acosar a Elisa y Marcela, la Iglesia las persiguió y un juez las mandó detener. Desesperada, la pareja decidió poner rumbo a Portugal e instalarse en   O Porto. Allí comenzaron una nueva vida. En esta ocasión eran Pepe y Marcela. Vivieron en relativa tranquilidad bajo la apariencia de un matrimonio heterosexual durante dos meses, hasta agosto de 1901. Es en ese momento cuando la justicia española las localizó y pidió al país vecino su detención.

Marcela y Elisa fueron encarceladas y volvieron a protagonizar las portadas de los periódicos. Sin embargo, la sociedad portuguesa se puso de su lado. La prensa las apoyó e incluso se realizó una recogida de fondos para pagar los gastos de su caso. Las mujeres fueron juzgadas y absueltas en Portugal, pero España exigió su extradición y esta fue aceptada.

Poco debían conocer todavía a Marcela y Elisa si pensaban que esperarían de brazos cruzados a que la policía llamase a su puerta. La huída no tardó en llegar y las mujeres embarcaron rumbo a Argentina. En 1903 llegan a Buenos Aires. Primero  viaja Elisa y después lo hace Marcela con un bebé en brazos. La niña era su hija, nacida en O Porto en Enero de 1902.

La pista de la vida de esta pareja se pierde en la otra orilla del Atlántico. Sabemos que cambiaron de nombre. Elisa y Marcela, ahora María y Carmen, se presentaban como hermanas o como amigas. Comenzaron una nueva vida igual a la de los miles de emigrados gallegos. Ambas entraron a trabajar como servicio doméstico y parecían haberse acabado los escándalos por fin.

El giro más inesperado llegó cuando Elisa decidió casarse con un comerciante danés 20 años mayor que ella. Un matrimonio que resultó ser infeliz y poco avenido. Elisa no quería mantener relaciones con el hombre y este comenzó a sospechar. El Danés, que se mostraba suspicaz con las visitas de esa supuesta hermana tan querida de su esposa, terminó por descubrir toda la historia de la boda en España y la detención en Portugal. Ni corto ni perezoso denunció a su mujer y pidió la nulidad de su matrimonio. Aunque el juez investigó el caso, no encontró motivos para anular el matrimonio y desestimó la causa. Así que el comerciante tuvo que callar y asentir con su esposa y su pasado. 

No sabemos cómo terminó la historia o el motivo por el que las mujeres se separaron. Sea como sea, Marcela y Elisa son un símbolo de libertad. Las mujeres que se casaron en A Coruña y se burlaron de la Iglesia, han conseguido trascender en el tiempo y convertirse en un icono lgtbi con un mensaje que nos viene a decir que solo nosotros podemos decidir cómo y a quién queremos amar. También que las dificultades se sortean, se saltan, se eluden o se derriban... Pero que, en ningún caso, alguien puede decidir por ti cómo vivir.

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