Los buenos espíritus se rebelan contra los influjos del malvado aprendiz de hechicero

Sustraerse por estos días a la catarata de opiniones sobre la asunción de Donald Trump a la presidencia norteamericana es poco menos que imposible. Comentarlo, una tentación irresistible. Aportar algo nuevo, difícil. Aún así.

Los buenos espíritus se rebelan contra los influjos del malvado aprendiz de hechicero
Marcha de las mujeres sobre Washington
Marcha de las mujeres sobre Washington

Al genio cruel llamé y no sé ahora, liberarme de él! (El aprendiz de brujo. Johann Wolfgang von Goethe)

Pirotecnia verbal sobre un polvorín de prejuicios

En artículos de diversos analistas, se insiste con justa razón en la relativa dependencia de todo presidente norteamericano de los entramados de poder que actúan entre bambalinas en ese país. Como señala el politólogo argentino A. Borón “… esos actores, a quienes nadie elige y que ante nadie deben rendir cuentas,  tienen una agenda de largo plazo que sólo en parte coincide con la de los presidentes”.

Tal dependencia, fundamentalmente del complejo militar industrial, de los lobbies corporativos pero también de la burocracia y del establishment político, relativiza en cierta medida las capacidades de maniobra de Mr. President, más allá de la ficción cinematográfica que lo supone omnipotente.

Pero más allá de los aspectos prácticos de una gestión que se avizora nefasta, un aspecto no menor es el propio discurso incendiario, es la influencia de argumentos supremacistas y xenófobos que encuentran eco objetivo en situaciones opresivas y terminan movilizando y justificando acciones deplorables.

Sobre todo en “Armérica”, una nación extremadamente militarizada en la que, según la Universidad de Sidney, más de la mitad de los hogares posee un arma de fuego. Un reciente informe del FBI indica que 27 millones de nuevas solicitudes de antecedentes para la compra de armas fueron chequeadas durante 2016, cuatro millones más que el año anterior. Todo ello sin contar el sinnúmero de transacciones ilegales de armamento que hacen de cualquier ciudad norteamericana un polvorín en ciernes. En una sociedad donde un niño muere todos los días a causa del manejo de armas, ¿qué puede ocurrir si la diatriba contra latinos y negros cobra cuerpo en conciencias resentidas? ¿A qué sorprenderse luego si la prédica antiinmigrante culmina finalmente reviviendo épocas de linchamiento por mano propia?

Por ello, es materia necesaria indagar en la historia para auscultar la poca veracidad de infamias que retratan al inmigrante como un parásito llegado a lugares de mayores oportunidades para desplazar al trabajador local. El que llega a tierras foráneas no es un abusador de prebendas sino exactamente lo contrario: un abusado, producto de la necesidad del mismo sistema de abaratar sus costos de mano de obra a mínimos irrisorios y/o de cubrir tareas que la población local se niega a realizar.

Un breve historia de la inmigración en EEUU 

La secuencia histórica de la inmigración a los EEUU muestra patrones y ciclos evidentes, que revelan esa función. Como explicamos en el libro “La Caída del Dragón y del Águila”, entre principios de siglo XVII y hasta finales del XVIII arribaron aproximadamente un millón de inmigrantes a esas poco pobladas tierras. La mitad de ellos era de origen británico (ingleses, escoceses o irlandeses), de fe protestante y se asentaron mayoritariamente como granjeros. Otro tercio de aquella primera ola migratoria no vino a esta parte de América en busca de libertad, sino privado de ella. Ni siquiera sabían adónde iban, encadenados, hacinados y enfermos en la bodega de barcos esclavistas. Los hacendados virginianos, si lo sabían: los negros del oeste africano fueron la mano de obra gratuita de las grandes plantaciones de tabaco que constituyeron el primer núcleo agrícola sureño. Núcleo que se expandió expulsando, sometiendo y diezmando a los pobladores indígenas.

Hacia comienzos del siglo XIX, la mayor parte de los habitantes de las trece colonias independizadas en 1776 – piedra fundacional de los actuales EEUU – era nacida en suelo americano. Tiempo después, terribles sucesos en tierras europeas hicieron que se desatara una nueva ola de migración a Norte América. Se trataba sobre todo de irlandeses escapando de la Gran Hambruna ocurrida entre 1841 y 1845 y de alemanes huyendo de las desastrosas condiciones de subsistencia posteriores a las guerras napoleónicas.  Fueron cerca de un millón entre los años 30` y 40’ y más de dos millones en la década de 1850.

El problema para los por entonces nativos Wasp (White, Anglo-Saxon, Protestant – blanco, anglosajón y protestante) era que la enorme mayoría de estos nuevos inmigrantes profesaba la fe católica. Por otra parte, luego de su arribo, una gran parte se asentó en centros urbanos donde la creciente industria ofrecía oportunidades de empleo. Su presencia se hizo de esa manera concentrada y notoria, lo cual exasperó a muchos, siendo éstos presa fácil de la agitación antiinmigratoria. De esta época data el movimiento “nativista” que dio lugar a la aparición de una fuerza política de curiosa denominación: los “ignorantes”, retratada en la ficcion “Pandillas de Nueva York”, cuyo personaje “Carnicero” muestra la ferocidad desatada contra los nuevos arribos.

Por la misma época en la costa oeste, se desarrollaba la famosa “Fiebre del Oro”, que atraía no solo cazafortunas del interior sino a un buen número de labriegos chinos, dispuestos a trabajar duro en minas, cocinas o cuanta labor se presentara por ínfima paga. La gran mayoría llegaría a San Francisco, dando lugar a los primeros “chinatowns”. La reacción contra ellos fue aún peor que la anticatólica en el Este.

La discriminación se formalizaría hacia 1870 con la aprobación del Acta de Naturalización – que impedía acceder a la ciudadanía norteamericana a aquellos que no fueran descendientes directos de nativos blancos o negros y seguidamente con el Acta de Exclusión de 1882, que explícitamente prohibía la inmigración de asiáticos, salvo en muy contados casos.

Por entonces llegaría la tercera gran ola de viajeros, esta vez facilitada en gigantesco número por las nuevas naves a vapor. Estas masas – provenientes del sur y el este europeos – cumplirían con la función de llenar las fábricas en pleno auge del industrialismo y la expansión geopolítica. Estos tampoco eran rubios ni protestantes, sino italianos, griegos y polacos, pero sus deseos de colaborar con el engrandecimiento capitalista eran razón más que suficiente para darles una cálida bienvenida. Este torrente migratorio se completaba con un apreciable contingente desde Suecia, Noruega y con la llegada de sirios y libaneses – sobre todo cristianos – y de judíos rusos escapando de la persecución zarista.

Hacia 1924, la situación cambiaría y nuevamente una legislación drástica pondría orden al asunto. Se estableció el sistema de cuotas, restringiendo el número de inmigrantes a ser admitidos al 2% del total de personas de ese país que ya estuvieran en los Estados Unidos en 1890. Los asiáticos continuarían proscritos, pero la ley no indicaba restricciones para el Hemisferio Occidental, con lo cual comenzaron a llegar hispanoparlantes desde la América latina y un nuevo contingente de negros, esta vez desde Haití, Jamaica y Barbados.

La barrera migratoria establecida en 1924 siguió en vigencia hasta 1965, cuando – durante la presidencia de Lyndon B. Johnson – fue reemplazada por la llamada “Hart-Cellar Act”, que no era precisamente una ley liberal, pero abría posibilidades no determinadas automáticamente por la procedencia sino por las relaciones familiares y el tipo de profesión. En los 40 años anteriores, algunas excepciones con fuerte connotación política habían superado el darwinismo migratorio. Judíos huyendo del exterminio nazi, húngaros exiliados de la fallida revolución del 56`, refugiados de la guerra de Corea, cubanos disidentes del triunfo castrista – entre otros – fueron admitidos en el “paraíso de la libertad”.  A partir de 1943, como contrapartida de su alianza en tiempos de Guerra, fue abolida la explícita exclusión de chinos como sujetos de inmigración.

En décadas recientes, el paisaje humano norteamericano varió nuevamente con una fuerte corriente de migración latina y asiática. Los primeros, buscando refugio de la miseria y la violencia, aprovechando la cercanía fronteriza. Los segundos, como un grupo esta vez  cualificado para tareas de “alto nivel” en el desarrollo tecnológico y científico.

Según la última Encuesta de Hogares disponible (2015) la población norteamericana superaba entonces los 316 millones de personas, de las cuales 274 millones (87%) es nacida en EEUU o en el “estado asociado” de Puerto Rico.

Según el censo 2013 de la Oficina de Censos de EEUU, unos 200 millones son “blancos no latinos”, 50 millones “hispanics”, 40 millones negros, 14 millones de asiáticos y el resto indígenas, nativos de las islas del Pacifico (sobre todo Hawaii) o población mestiza de dos o más razas.

Viven en EEUU más de 46 millones de personas nacidas en suelo extranjero, alrededor de un 15% del total, de los cuales cuatro millones han ingresado después de 2010. La gran mayoría de inmigrantes nuevos o ya asentados, legales o ilegales, son de origen latinoamericano, con predominio mejicano, pero también una buena cantidad de centroamericanos.

La tensión por la portación de pieles diferentes permanece activa bajo la piel  de una porción importante de habitantes de esta tierra tan “acogedora” y aparentemente multicultural. Según informes de la organizacion de derechos civiles “South Poverty Law Center” existen en la actualidad 932 grupos de “odio racial”, como llama esta agrupación a aquéllos que con diversos matices se oponen a que los Estados Unidos amplíe en profundidad su cultura. Desde esta perspectiva, quedan muchos más claros los sustratos mentales a los que apuntó la aparente campaña irracional de Trump.

La hipocresía frente a la inmigración

La inmigración es un fenómeno social que no ha sido nunca exclusivamente motivado por las razones de la huida del país de origen – pobreza, guerra, violencia generalizada – sino que también fue motorizado intencionalmente desde los lugares de destino, atrayendo al migrante como mercancía humana necesaria para el desarrollo de tal o cual etapa en el crecimiento depredador del sistema.

La mayor parte de la población sumergida, pobre y sin seguro médico ha sido siempre la inmigrante y aún hoy – entre la población establecida legalmente ya en generaciones subsiguientes – los indicadores continúan delatando la mentira del gran sueño americano, mostrando la misma traza explotadora.

En la continuidad de un ciclo siempre similar, al arribo de los inmigrantes y su concentración poblacional le siguió la manifestación de repulsa de los “nativos” y a consecuencia de la presión política aprovechada por oportunistas reaccionarios, nuevas regulaciones discriminatorias suplieron a las anteriores. Por supuesto que a pesar de ellas, la gente, urgida, se las ingenió siempre para incumplirlas.

Más allá de la normativa formal y de opiniones de farándula, buena parte de esta ilegalidad es profundamente bienvenida por el sistema, ya que le permite continuar aprovechando mano de obra a bajo costo, sin preocuparse por los derechos de personas “inexistentes”. Por ello es que – al contrario de lo que pregonan grupos conservadores – el “caos” no se suscita por el hecho de que los inmigrantes vengan, sino que aparecería en toda su dimensión si dejaran de venir.

Sin embargo, la vulnerabilidad del o de la migrante los colocan en la posición perfecta para servir de chivo expiatorio de los males generados por el sistema mismo. Una pieza descartable cuando los engranajes de la sociedad y de la economía se atascan.

Severos vendavales sociales se anuncian en el horizonte, ya que las cosas no funcionan ya en USA tan maravillosamente como en los cuentos de hadas de Disney. Si los discursos preñados de odio y chauvinismo continúan tronando desde los púlpitos del poder político, podría entonces ocurrir que la violencia aumentara aún más y que la benéfica y acogedora América mostrara descarnadamente, sin filtro alguno, el rostro cruel de la intolerancia racial.  El ya debilitado tejido social podría llegar a rasgarse de tal manera, que los mismos cimientos nacionales de EEUU, tan predicados por estos días, comenzaran a mostrar grietas amenazando con quebrarse definitivamente.

El mensaje decadente e involutivo que ataca al otro, al diverso, al extranjero, no queda  confinado a un lugar ni a un país, sino que sus efectos se extienden como manto negro a todas las latitudes, infectando corazones y dificultando las mejores acciones.

Otro futuro es posible

Pero no todo es negativo en el horizonte inmediato de EEUU. Hay otra gran tendencia, genuinamente libertaria, que vive en el pueblo norteamericano y aflora históricamente con distintas vestimentas, Lo mejor del alma estadounidense generó en su momento el movimiento que logró la abolición de la esclavitud, encarnó luego en aquella indetenible corriente por el derecho al sufragio femenino, apareció nuevamente en los 50´ combatiendo la segregación racial, motorizó aquella correntada juvenil pacifista de finales de los años 60`.

Es el mismo impulso que generó el movimiento antiglobalización en los 90′, que dió lugar a gigantescas movilizaciones contra las guerras del Golfo y la invasión a Irak y volvió a mostrar su continuidad en el movimiento de los Occupy y del 99%, para apoyar – luego del fiasco de lo que prometía ser el gobierno emancipador del primer negro en la Casa Blanca – la candidatura épica pero frustrada de Bernie Sanders.

Esa es la misma fuerza viva que despertó en la multitudinaria Women´s March, donde millones de mujeres en cientos de ciudades han mostrado este sábado un rechazo enérgico y convocado a la resistencia al discriminador magnate, ahora presidente.

Como advierte el poema de Goethe, Trump es vocero de fantasmas que, una vez invocados, luego nadie puede controlar. Un mal aprendiz, como el personaje televisivo de su talk show. Pero a la par de estos malos influjos, los buenos espíritus también están despiertos y activos y en ellos reside la esperanza y el future.

Pressenza | 22/01/2017

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