Afganistán: un libro de contabilidad sombrío

“Inteligencia militar es una contradicción de términos” (Groucho Marx)
Imagen de David Mark en Pixabay
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El tábano economista

Demonizar a los talibanes no es algo en realidad complejo, sobre todo la variedad 1996-2001. Misóginos, retrógrados, medievales, asesinos, son solo algunos adjetivos benévolamente adquiridos. Los talibanes modelo 2021, por diferentes motivos, son un animal completamente diferente. Lo que es cierto es que denostarlos forma parte de desviar la atención de los calamitosos logros de la gestión anterior. Por sobre todo, descubrir que, después de Vietnam, este es el segundo país del sur global que le muestra al mundo entero cómo un imperio puede ser derrotado por un ejército de campesinos.

Los secretos de la guerra relámpago, del éxito talibán de tomar el poder en 11 días, con una mínima pérdida de sangre convirtiendo el sudeste asiático en manos americanas en un terremoto geopolítico, carece de brillo, poco de triunfo arrollador y mucho de impericia, corrupción y negocio estadounidense.

El Pentágono tenía conocidos planes de retirar sus efectivos destacados en Afganistán en 2018, lo que se denominó “un cambio en la política”. En  2016, las guerras exacerbadas por el nacionalismo ya habían perdido su fuerza, siendo uno de los factores que llevaron a la elección de Donald Trump, el inconveniente en el que se convirtieron los conflictos de Afganistán e Irak. Cuando Trump llegó a la Casa Blanca en 2017 lo hizo con la promesa de poner fin a las “guerras interminables” de Estados Unidos. En el momento en que Joe Biden anunció que todas las tropas estadounidenses abandonarían Afganistán antes del 11 de septiembre, 77% de la población apoyaba esta decisión. La disposición estaba tomada y era de política interna.

El 29 de febrero de 2020, el gobierno de Estados Unidos, presidido por Donald Trump, conjuntamente con los talibanes, terminaron de firmar en Doha, Qatar, el acuerdo que fijó un calendario para la retirada definitiva de Estados Unidos y sus aliados tras casi 20 años de conflicto. Nunca se consultó al gobierno afgano porque había que ajustar el calendario del Pentágono, no con el gobierno de Afganistán, cronograma que, dicho sea de paso, todos los presidentes respetaron al pie de la letra.

Como se ve, el relámpago tiene una dilatada trayectoria y como decía el ex secretario de Defensa de Estados Unidos bajo el gobierno de George W. Bush, Donald Rumsfeld, “la debilidad es seductora” En abril de 2021, cuando el presidente americano confirmaba la retirada, la BBC mostraba que todos los participantes de Afganistán se habían agenciado de la palabras de Donald Rumsfeld, sobre todo los talibanes. El colapso del Ejecito Nacional Afgano (ANA) era inevitable. Gran parte de Afganistán es igual: el gobierno controla las ciudades y algunos pueblos grandes, pero los talibanes los estaban rodeando, con presencia en gran parte del campo. La guerra estaba terminada, sólo había que esperar.

En algún momento de esa trágica semana, inteligencia de alto nivel susurró al oído de los talibanes que los estadounidenses vendrían a evacuar. Se habla de la inteligencia pakistaní, lo cierto es que los talibanes miraban desde afuera de Kabul cómo la caballería americana llegaba desordenada y mal. Tan a deshora que no pudo bombardear sus propios activos dentro de Kabul, lo que será a corto plazo un gran dolor de cabeza. El armamento olvidado, por un lado, así como los movimientos de inteligencia dentro de la embajada americana. Los datos biométricos utilizados desde el 2007 para encontrar insurgentes y otras personas buscadas incluyen a 1.5 millones de afganos, huellas dactilares y escaneos faciales están ahora en manos de los talibanes.

El pasado y el futuro afgano son una atracción fascinante de la que conversar. Vivir con U$S 2.26 billones menos es una cifra abultada que la Universidad Brown de Estados Unidos calculó como Proyecto Costes de la Guerra, desgranando ese gasto en la forma que muestra el cuadro. La mayor parte, casi U$S 1 billón, fue consumida por el presupuesto de Operaciones de contingencia exteriores del Departamento de Defensa. La segunda partida más importante, U$S 530.000 millones de dólares, son los pagos de intereses sobre el dinero que el gobierno de Estados Unidos pidió prestado para financiar la guerra.

O sea, los billones se gastaron en contratistas, mercenarios e intereses de la deuda para ocupar el país. Sin embargo, para toda esta exuberancia de dólares, Afganistán todavía tiene una de las economías formales más pequeñas del planeta, U$S 20.000 millones de PBI. El año pasado, el extraviado presidente Ashraf Ghani dijo que el 90% de la población vivía con menos de 2 dólares al día.

Las enormes sumas que Estados Unidos gastó en tratar de convertir Afganistán en una democracia liberal es un deleite personal que merece una auditoría exhaustiva. Quizás el mayor de los fracasos y el más costoso, por cierto, fueron los U$S 88.300 millones  gastados en entrenar y equipar al ejército afgano desde mayo de 2002 hasta marzo de este año. Unos U$S 4.500 millones por año de costo salarial para los 300.000 efectivos y una inmensa ganancia para las grandes compañías bélicas.

El Congreso de los Estados Unidos creó la Inspección General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR) para evaluar y seguir los esfuerzos debido al despilfarro, la corrupción, fraude y abusos detectados. Según los informes de la Inspección, Estados Unidos se equivocó al intentar implantar armas y sistemas de gestión occidentales avanzados en una fuerza de combate mayoritariamente analfabeta. Esta idea puede parecer un acto de inocente torpeza, aunque nada en una guerra emprendida por Estados Unidos está rodeado de insensatez.

El debate sobre la privatización de la guerra en Afganistán se encontraba en danza desde el 2016. Uno de cada cuatro empleados en Afganistán era un contratista privado. Aunque es todo muy difuso, se suponía que alrededor de 120.000 contratistas privados trabajaron en Afganistán, de los cuales casi 23.000 eran empleados privados del Departamento de la Defensa. El Pentágono define como contratista de defensa a “cualquier individuo, empresa, corporación, sociedad u otra entidad legal no federal que celebre un contrato directamente con el Departamento de Defensa para proporcionar servicios, suministros o construcción”.

Esto también incluye analistas, traductores, especialistas en inteligencia, así como empresas de seguridad privada, casi la mayoría de colaboracionistas que se abrazaban a las alas de los aviones en el aeropuerto de Kabul. Muchos mercenarios conquistaron roles que alguna vez estuvieron ocupados por soldados uniformados después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Por ejemplo, G4S, uno de los grupos de seguridad más grandes del mundo, ayuda a proteger el área alrededor de la embajada británica en Kabul. Si bien, la seguridad y la construcción dejaron ganancias, la gran apuesta que demuestra que la guerra fue todo un éxito, la expusieron los beneficios alcanzados por los cinco contratistas de defensa más importantes (Boeing, Raytheon, Lockheed Martin, Northrop Grumman y General Dynamics).

Según un artículo de The Intercept, si usted hubiera invertido U$S 10.000 en acciones divididas equitativamente entre los cinco principales contratistas de defensa de Estados Unidos el 18 de septiembre de 2001, el día en que el presidente George W. Bush firmó la Autorización para el uso de la fuerza militar en respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre, y hubiera reinvertido fielmente todos los dividendos, ahora valdría U$S 97.295.

Es decir, el índice S&P 500 desde el 18 de septiembre del 2001 tuvo un incremento del 516.76%, y habría ganado con 10.000 dólares unos 61.613 dólares. Si los hubiera invertido en estas menesterosas empresas del complejo bélico, su incremento habría sido del 872.94% y la ganancia de U$S 97.295. Imagine lo que significó para las empresas su escalada en el S&P 500: Boeing (974.97%), Raytheon (331.49%), Lockheed Martin (1231.60%), Northrop Grumman (1196.14%), General Dynamics (625.37%). La guerra es un buen negocio.

Ahora revisemos el presente y avizoremos parte del futuro afgano. Quizás sea necesario expresar lo que es Pashtunistán. La mayor etnia talibán es pastún, aunque su mayor población se encuentra en Pakistán, por eso se da como gran vencedor de esta contienda es un principio a Pakistán (véase línea Durandt, división inglesa de los pastunes). El segundo punto interesante es la forma en la que los talibanes se financiaban durante la guerra. La gran mayoría de sus ingresos provenía de la venta de opio cuya producción aumento un 100%. Dada la corrupción gubernamental, los talibanes sacaban su tajada. El otro ingreso procedía de importaciones non santas, por cada una de las seis fronteras afganas.

Las fronteras de Afganistán, y esto será geoestratégicamente importante en el futuro, son: China (91 km), Irán (921 km), Pakistán (2670 km), Tayikistán (1.357 km), Turkmenistán (804 km) y Uzbekistán (144 km). Dado que Afganistán exportó unos U$S 658 millones e importó unos U$S 9.000 millones, los peajes de ingresos de contrabando eran un buen mecanismo de financiamiento fiscal, dada la ineficiencia y corrupción gubernamental, según el Financial Times. Deberá institucionalizar estos mecanismos de ahora en más.

Por último antes de ingresar al plato fuerte de los futuros ingresos afganos, debemos mencionar el corredor Chino – Pakistaní (ver mapa) que favorece el ingreso de mercancía desde el puerto de Gwadar en el mar arábigo recorriendo por tren todo Pakistán hasta llegar a Kashi en China. Corredor cuyo costo rondó los U$S 62.000 millones, siendo el cinturón de la ruta de la seda.   

“EE. UU. nunca debe abandonar Afganistán”. Una de las razones que se alude es el valor de las “tierras raras de Afganistán, que son esenciales para las baterías de litio, los chips de las computadoras, armas de alta precisión guiada, drones, satélites, aviones furtivos y armas hipersónicas” según el portal The Hill.  

El consenso emergente en la política exterior de Estados Unidos es contener la influencia global de China. Esto incluye disminuir la dependencia de Estados Unidos de la producción de riqueza mineral de China en la competencia por tecnologías de próxima generación. Según un memorándum interno del Pentágono en 2010, Afganistán podría tener un billón de dólares en depósitos minerales sin explotar, incluidos metales industriales críticos como el litio, tierra raras, depósitos de hierro, cobre, cobalto y oro previamente desconocidos, y son tan enormes que podrían transformar a la empobrecida nación en uno de los centros mineros más importantes del mundo

El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), a través de una extensa investigación científica de minerales, concluyó que Afganistán puede rondar los U$S 3 billones en minas no explotadas. Según el informe, los recursos de tierra raras se encuentran entre los más grandes del mundo; de hecho, los de litio son tan grandes como los de Bolivia, y esto es central porque se han convertido en parte esencial de la tecnología moderna.

Según los datos del mismo  Servicio, China exportó en 2019 el 80% de las necesidades de EEUU en tierras raras, lo que ha mantenido hasta la fecha pese a su colisión comercial con Washington. En cuanto a las reservas, no hay nada que comparar, el 35% de las reservas globales se encuentran en China. Solo unas horas después de que los talibanes tomaran Afganistán, una portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores dijo que Beijing estaba listo para una “cooperación amistosa con Afganistán”

Desde el 2019 el Pentágono está luchando por reducir la dependencia china de sobre minerales de tierras raras, presentando incluso un informe al Congreso de la dependencia existente. Ahora esta idea podría ahondarse con la llegada de futuros acuerdos chinos con Afganistán. Muchos creen que el modelo narco-neoliberal militarizado, que de hecho constituyó la tercera guerra del opio de los anglosajones en el corazón asiático, fracasó.

Ahora, la federación geoeconómica del Pastunistán sunita muy bien podría englobar a los chiítas de Irán bajo la protección de China para conformar uno de los principales nodos de las dos rutas de la seda de Pekín. Aunque se antoja extremadamente difícil la unidad afgana, sabiendo que el laberinto tribal es un rompecabezas casi indescifrable. Este nuevo modelo talibán, de selfi detrás de los escritorios, bien podría lograr una confederación flexible de tribus y grupos étnicos bajo la tutela de un amir talibán.

Mientras vuelve a desplegar la danza de tropas en el océano Índico y en el mar del Sur de China, todos sabemos, cómo dice Alfredo Jalife-Rahme que el caos deliberado de EE. UU. en Afganistán oculta una nueva trampa contra China, como lo hizo antes con la URSS.