Inflación transitoria de larga duración

La economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado
 (Eduardo Galeano)

El tábano economista

Los economistas en general, pero sobre todos los que responden al establishment, tienen un serio inconveniente para tratar de ocultar lo que está a la vista, distorsionarlo, diluirlo y canjearlo por algo mucho menos nítido y transparente. Por eso hay juegos de palabras o frases hechas que en otro momento resultarían absurdas, pero en la actualidad no suenan tan mal. Por ejemplo, ante la idea y el relato que la inflación sería acotada en el tiempo se la describía como inflación puntual, ahora, debida a su persistencia, es una inflación transitoria de larga duración, a todas luces un absurdo.

Esta idea comienza a difuminarse cobrando vida propia, pasando de ser inflación a secas a inflación de Putin o, peor aún, como dijo la presidenta de la Comisión Europea Úrsula Von der Leyen, Rusia manipula el mercado eléctrico europeo. O sea, lo que está en duda no es la eficiencia de los mercados sino el mercado en sí, más aún, las proyecciones, causas y soluciones a la inflación, es decir, las variaciones de la tasa de interés y la utilidad de los bancos centrales para enfrentar la suba sostenida de precios.

En este contexto de sucesión de desatinos, el presidente estadounidense festejó el anuncio de Ley de reducción de la inflación, un amplio paquete con título muy gracioso, que aborda: la atención médica, el cambio climático y los impuestos a las grandes corporaciones. Pero lo hace con una inflación que, según el último informe del Índice de Precios al Consumidor, muestra que los precios de los alimentos subieron un 11,4% en el año, el mayor aumento anual desde 1979, lo que obligaría a la FED a subir la tasa de interés, según su lógica, entre un 0.75 y 1%. Pero las dudas de afianzar la recesión sobrevuelan, cuando ya se tuvieron dos trimestres negativos, y este tercer trimestre, como muestra el cuadro, pasó de una proyección del 1.3% de crecimiento a retroceder 0.8% en una semana, llegando al 0,5% el 15 de septiembre, según la FED de Atlanta. A lo que hay que sumarle el dato que indica que la tasa de hipotecas supera el 6%, el mayor aumento desde el 2008. 

La inflación en la eurozona también sigue disparándose hasta alcanzar máximos históricos, llegando al 9.1% en agosto, según los últimos datos. Esta cifra es superior al 8.9% de julio, 8,6% de junio, al 8,1% de mayo, mientras los europeos siguen viendo cómo se disparan los precios de la energía y los alimentos. La estimación preliminar de Eurostat, la oficina estadística de la Unión Europea, es la más alta desde que empezaron los registros de la eurozona en 1997.

A causa de estos datos, según los medios afines a Bruselas, el BCE le ha declarado la guerra total a la inflación con la mayor incremento de tipos de interés jamás realizada en los casi 24 años de historia de la institución. La autoridad monetaria ha decidido incrementar el precio del dinero en 0.75% para llevarlo hasta el 1,25%. Con este aumento, Christine Lagarde busca encapsular un alza de precios desconcertante en la zona euro, pese a los signos de recesión que ya se vislumbran. Tarde, el BCE subió los tipos de interés a 1.25% cuando en los EE.UU. están al 2.5% y pasarán al 3.25% en breve, lo que afecta el arbitraje entre dólar-euro, y hace que los fondos fluyan al dólar quitando la paridad con el euro y aumentando el costo de todas las importaciones valuadas en la divisa estadounidense (léase energía).

Pero en este juego hay mucha tela que cortar, porque las respuestas no son fáciles ni suaves. En la última encuesta de opinión política DeutschlandTrend destaca que una escasa mayoría de alemanes (53%) seguía pronunciándose a favor de las sanciones contra Rusia, «aunque esto suponga un aumento de los precios, cortes de electricidad y problemas para la economía alemana», pero en marzo la aprobación era del 66%. Es previsible que la conformidad con las sanciones vaya en declive con el aumento de los precios de la energía, más aún cuando a finales de julio la encuesta mostraba que en Alemania, Francia, Polonia y el Reino Unido, el problema más importante era el coste de la vida. Un 33% en el Reino Unido, el 38% en Alemania, el 47% en Polonia y el 57% en Francia afirman que apenas pueden hacer frente a los precios o que ya no pueden hacerlo. 

Muchos esperan huelgas y disturbios sociales. En Francia, el 65% espera que las huelgas aumenten, 63% en Polonia, 57% en el Reino Unido, 44% en Alemania. En Francia, incluso el 40% desearía que volvieran las protestas de los chalecos amarillos. Mientras tanto, la realidad pasa factura. La primera ministra sueca, la socialdemócrata Magdalena Andersson, presentó su dimisión tras confirmarse la derrota del bloque de centroizquierda frente a la oposición de derecha y extrema derecha en las elecciones legislativas del domingo pasado. La ultraderecha italiana ganarían las elecciones del próximo 25 de septiembre con el 45,5% de los votos, donde los Hermanos de Italia, de la ultraderechista Giorgia Meloni, sería la más votada. Tanto el presidente francés Emmanuel Macron como el canciller alemán Olaf Scholz se enfrentan a una crisis de aprobación, ninguno sobrepasa el 30% de gestión positiva; el Reino Unido perdió su democracia y España pelea todos los días contra la extrema derecha.

Así las cosas, las discusiones comienzan a pasar por las consecuencias de las subas de la tasa de interés para detener la inflación, y si realmente este mecanismo podrá desactivarla a ambos lados del Atlántico. Por otro lado, frenar el precio de la energía y la dependencia europea ha llevado a un carnaval de desaciertos económicos, algunos tan básicos que podrían conducir al PBI, al empleo, los salarios, y el bienestar de la Unión a un profundo abismo.

La Unión Europea, totalmente alineada con los EEUU, ha adoptado siete paquetes de sanciones contra Moscú. Sin embargo, hasta la fecha, muchas de estas sanciones han contribuido, directa o indirectamente, a alimentar y agravar una crisis inflacionaria sin precedentes en Europa, al tiempo que han causado un daño menor al esperado a la economía rusa. El aumento de la inflación comenzó en la segunda mitad de 2021. El choque entre los países occidentales y Rusia, sin embargo, ha eliminado cualquier posibilidad de que la espiral inflacionaria termine de forma natural en el transcurso de 2022 o 2023. 

Las posibles medidas anunciadas por los gobiernos miembros de la UE dejan poco espacio a la imaginación: racionamiento del suministro de gas; disminución del suministro eléctrico en espacios públicos y domicilios particulares, un tope a las ganancias extra de las empresas de energía; precio tope a nivel europeo, el más lógico y fuerte, sepultar la demanda bajando el consumo de energía en un 10% en horas pico. La utopía de ponerle un techo al gas ruso se fue por la alcantarilla. Lo que no parece afrontarse es la situación que demuestra un hecho irrefutable: el gas ruso es insustituible para el mercado de la UE. Todos corren el riesgo de un verdadero desastre que la población europea no estará dispuesta a aceptar a la ligera. 

La Asociación de Asociaciones de Reforma Crediticia (Crefo), en Berlín, existe desde 1879 y recopila información sobre la solvencia y la estructura financiera de los clientes corporativos. Sin entrar en detalles, ya veremos las proyecciones del FMI, pero la asociación espera una gran ola de quiebras en Berlín. En Italia, el peor pronóstico, supone una auténtica «masacre de empresas». El 9 de septiembre, el presidente Marco Granelli afirmó que «la energía cara pone en riesgo a 881.264 micro y pequeñas empresas con 3.529.000 empleados, equivalente al 20,6% del empleo del sistema empresarial italiano», debido al impacto cada vez más amplio de los precios del gas y la electricidad sobre empresas de 43 sectores».

Entonces Europa se enfrenta a un problema inflacionario y una encrucijada de sustitución energética que se retroalimentan, para lo cual las soluciones ejecutadas son aumentos de la tasa de interés, de forma tardía para la lógica de las causas de la inflación. La idea es frenar la demanda y la inflación, en una especia de pinza entre alza de interés, por un lado, y precios máximos a las energía, petróleo al menos, y topes a las facturas de gas por otro, modificando la ecuación de costo sacando al gas como precio testigo. 

La mayoría de los economistas ortodoxos dirán que la inflación es el resultado de un exceso de demanda, puja distributiva perdida por los salarios hace tiempo o exceso de dinero (darle a la maquinita, como lo ilustra la frase “la emisión genera inflación”); es decir, hay demasiado dinero a la caza de muy pocos productos. La contrapartida, que los monopolios son los fijadores de precio o la teoría de mantener niveles de rentabilidad a través de precios, se las debo, pero la lógica monetaria es la que prima.

La idea aquí es cómo reducir la inflación y su total dependencia de los cambios en los tipos de interés. De hecho, como se ha visto en los últimos meses en todo el mundo, los tipos de interés han aumentado drásticamente con este fin. Se nos dice que estas subas de interés disuadirán a los consumidores y a las empresas de gastar, lo que a su vez debería aumentar el desempleo, detener la demanda y, por lo tanto, reducir la inflación y dar lugar a un aterrizaje suave de la economía. Esta es la explicación de la inflación basada en la demanda: al restringir la demanda por medio del aumento de los tipos de interés, la inflación debería bajar con poco impacto en la actividad económica y los mercados laborales.

Lo cierto es que, hasta ahora, los resultados no han sido halagadores, en el pasado, después de grandes sufrimientos, estanflación mediante, la inflación se redujo. No existe en ninguna parte tal cosa como un aterrizaje suave. El resultado siempre es una recesión con un alto desempleo, pérdida del poder adquisitivo, concentración del ingreso, caída del PBI y sobre todo pérdida del PBI per cápita. El peso de la lucha contra la inflación siempre ha recaído sobre las espaldas de los trabajadores abultando el bolsillo del capital.

Pero en este caso, con la pérdida de rentabilidad llegó la reducción de la inversión, y con ella el trasladar a los consumidores de cualquier aumento de insumos intermedios necesarios para una mayor producción de bienes demandados pos Covid-19. Completan el cuadro los cuellos de botella en las cadenas de suministro, la falta de chips para los ordenadores y los coches debido al cierre de grandes partes de la economía mundial, el incremento de los alimentos desde 2021. Ninguna de estas causas desaparecerá como resultado de la subida de los tipos de interés, lo que resulta hasta absurdo. Suena mucho más creíble que los aumentos de los tipos estén relacionados con mantener la inflación, horadar los incentivos sociales de la pandemia a través de la inflación, y achicar las deudas contraídas y, como queda claro, poner un brutal freno a la economía.

Al parecer, desinflar el globo de la demanda no parece ser la solución, sino, por el contrario, bajar los tipos de interés podría incentivar inversiones en todos los cuellos de botella que mostramos que no tiene respuesta del lado de la oferta. Una  demanda deprimida no proyecta beneficios futuros, ni lucros esperados que inviten a invertir.  

Del lado de la energía, ¿funcionará el arma del precio máximo? Al parecer tiene muchos agujeros. Rusia podría negarse a exportar petróleo al precio más bajo, aunque eso no solo reduciría una de sus pocas fuentes de ingresos externos. También podría continuar y acelerar exportando petróleo a países que se niegan a cumplir con el tope de los precios del G7, como China y la india. Estados Unidos, uno de los ganadores, ha incrementado las exportaciones de gas a la UE en un 68%, mientras que Europa está al borde de un problema energético, productivo y social mucho más serio de lo esperado.

El FMI analizó “Los impactos económicos en Alemania de un potencial cierras de gas ruso” en un documento de trabajo de julio 2022. La idea es presentar diferentes escenarios de pérdidas de suministro de gas por parte de Alemania, lo que ya es un hecho. Aun así, la caída del PBI de la primera economía europea será -1.5% (2022), -2.7% (2023), 0.4% (2024). Los mismos autores coinciden en que, al comparar las proyecciones con otras estimaciones más graves, como las de la OCDE, el Bundesbank u otras, por el alcance real del shock de gas, los datos son alarmantes de todas maneras.

Italia y Alemania parecen los más afectados, pero en Gran Bretaña es donde está peor la cosa. El Banco de Inglaterra (BoE) prevé que la tasa de inflación alcance un máximo del 13,3% en octubre y que la renta disponible real de los hogares caiga un 3,7 % entre 2022 y 2023, lo que convierte a esos dos años en los peores registrados. Pero puede ser incluso peor que eso.  Citibank pronostica que la inflación va camino a subir al 18,6 % en enero, el pico más alto en casi medio siglo, debido al aumento de los precios mayoristas del gas. ¡Y Goldman Sachs va más allá, ya que espera aumentos de gas aún mayores, y ahora cree que la inflación del Reino Unido alcanzará un máximo del 22%!

Los pobres son los más afectados. Más del 40% de los hogares del Reino Unido no podrán calentar sus hogares adecuadamente en enero, cuando las facturas de energía aumenten nuevamente, según Michael Roberts, lo que lleva a un claro andamiaje de la elección de una nueva dama de hierro por un porcentaje irrisorio de la población. Lo que viene en Europa es algo mucho más preocupante que simples errores en la tasa de interés y ganancias siderales de las energéticas.