El lado equivocado de la Historia

Los occidentales están pagando la guerra con la caída del nivel de vida en lugar de con sus vidas (Paul Roberts)
Kiev
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El tábano economista

Erick Hobsbawm cuenta en su libro “La historia mundial del siglo XX” que el 28 de junio de 1992 el presidente francés François Mitterrand se desplazó súbitamente y sin previo aviso a Sarajevo, escenario central de la guerra de los Balcanes, que a la postre se cobraría unas 200.000 vidas por los bombardeos humanitarios de la OTAN. Su objetivo era hacer patente ante la opinión pública mundial la crisis de Bosnia. La fecha elegida por el presidente francés no se dejó al azar. El 28 de junio de 1914 era el aniversario del asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria-Hungría que desencadenó semanas más tarde el estallido de la Primera Guerra Mundial. Por cierto, la visita de Mitterrand pasó inadvertida para la OTAN, Europa y para el mundo. 

Quizás lo más interesante de este pasaje del libro es que a Hobsbawm le llama la atención cómo la destrucción y el olvido del pasado se ha constituido en unos de los fenómenos más característicos de finales siglo XX, y según nuestro entender, recrudece en el siglo XXI. En su mayoría jóvenes, hombres y mujeres creen en una especie de presente permanente sin relación alguna con el pasado del tiempo en el que viven, agravado en los inicios del siglo XXI con las posverdades.

Occidente ha tenido particulares e innovadoras ideas a lo largo de su historia, a dios gracias pocas veces repetidas, que deberían darle un poco de vergüenza y eximirlo de calificar moralmente a terceros. La generación de riqueza del siglo XVI al XIX, con la esclavitud –trata de personas– propició que Inglaterra, EE.UU., Francia o los Países Bajos se erigieran como primeras potencias mundiales. Hoy, más de 40 millones de personas en todo el mundo son víctimas de la esclavitud moderna, incluidas unas 24,9 millones en trabajo forzoso y 15,4 millones en matrimonio forzado. Hay 5,4 víctimas de la esclavitud moderna por cada 1000 personas en el globo, y una de cada 4 víctimas de la esclavitud moderna son niños, pero esto no llama la atención de nadie.

A 60 años de la independencia de Argelia, Francia no se ha disculpado por sus crímenes. El colonialismo francés, entre 1830 y 1962, se vio envuelto en atrocidades como genocidio, tortura, asesinatos selectivos, pruebas nucleares y saqueo de archivos históricos en el país africano.

La Liga Argelina para la Defensa de los Derechos Humanos sitúa la cifra en 10 millones de argelinos muertos en manos de los colonialistas franceses en un informe publicado en 2017. La masacre del 8 de mayo de 1945 fue la atrocidad más grande cometida por Francia en un solo día a los habitantes del país africano. Esa fecha, cientos de miles de argelinos celebraron el final de la Segunda Guerra Mundial y exigieron que Francia cumpliera su promesa de otorgarles la independencia. Las fuerzas coloniales se apresuraron a utilizar munición real contra manifestantes desarmados, matando a al menos 45.000 civiles.

El 17 de octubre de 1957, unos 60.000 argelinos se manifestaron en Francia contra el colonialismo de su país. Los manifestantes se enfrentaron contra municiones reales en un incidente que llegó a conocerse como el “Crimen del río Sena” en el que murieron 1.500 personas, 800 desaparecieron y miles fueron detenidos. Hasta el día de hoy, Francia conserva 18.000 cráneos en el Museo Homme de París. De estos, solo se han identificado 500. En julio de 2020, Argelia recuperó 24 cráneos pertenecientes a líderes de la resistencia argelina, antes del estallido de la revolución de noviembre de 1954, que habían sido asesinados y luego decapitados por las fuerzas coloniales francesas a mediados del siglo XIX.

Los crímenes de guerra japoneses se refieren a aquellos ocurridos durante el período de expansionismo japonés, principalmente durante la Segunda Guerra, para lo que también se utiliza la frase holocausto asiático. De una larga lista de asesinatos carente de disculpa, la masacre de Nankín quizás se lleve las palmas de los crímenes cometidos por el Ejército Imperial Japonés, en la entonces capital de la República de China, durante la segunda guerra chino-japonesa el 13 de diciembre de 1937. En diciembre de 2007, algunos documentos del Gobierno de los Estados Unidos, que eran secreto de Estado, pero fueron desclasificados, consideraron el número total de muertos en 500.000.

Dentro de las imaginativas ideas occidentales, la Segunda Guerra contó con el ingenio  europeo de crear fábricas de muertes. Primero se crearon los ghettos, y como esto no alcanzó, se diseñó el exterminio. No conozco en la historia de la humanidad que se concibieran galpones para guiar personas a su muerte y hacerlo en masa, aumentando así la productividad de la aniquilación. Pero ese ejército que encabezó el holocausto tuvo divisiones militares externas, como la que realizó la llamada “operación Barbarroja”, de invasión a Rusia de italianos, búlgaros y rumanos, quienes colaboraron, y no fueron los únicos.

Dentro de varios regímenes establecidos con el avance alemán, el Ustacha de Croacia fue uno de los más brutales, creado bajo el amparo de los nazis. Ustacha fue el principal aliado de Hitler en Yugoslavia. Por su parte, los ucranianos no se quedaron afuera y vivieron algunos de los episodios más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial. En el actual oeste de Ucrania, los nacionalistas fascistas ucranianos colaboraron con los nazis en su lucha contra los soviéticos y crearon la Policía Auxiliar de Ucrania. Esta fue la principal autora del Holocausto en los territorios soviéticos, basándose en los orígenes nativos, y esas unidades policiales participaron en el exterminio de 150.000 judíos solo en el área de la Volhynia ucraniana.

El estado húngaro colaboró con la represión provocando miles de deportaciones y asesinatos de judíos húngaros. Austria, que tenía 7 millones de habitantes durante la guerra, contaba con la afiliación al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de 700 mil personas. En un estándar muy particular de mirada de la Unión Europea, el gobierno griego demandó a Alemania para que pague €279.000 millones en concepto de reparaciones de guerra como compensación por la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La compensación era por los crímenes de guerra infligidos por Alemania e Italia durante su ocupación del país heleno entre 1941 y 1944. Durante ese tiempo, pueblos enteros fueron arrasados, decenas de miles murieron de hambre y más de 70.000 judíos griegos fueron deportados para no volver nunca más.

Difícilmente alguien hubiera tenido la osadía de decirle al presidente americano Harry S. Truman «Este hombre no puede permanecer en el poder», como lo afirmó el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Joe Biden, sobre el líder ruso Vladimir Putin el 26 de marzo de 2022 durante un discurso que pronunció en Polonia. Pero en este caso, después de borrar del planeta a 264.000 personas, aunque Japón estima en 500.000 los muertos, de los cuales el 80% eran civiles, en Hiroshima y Nagasaki. 

Algunos de los sancionadores de Rusia hacen negocios vendiendo personas, parte de los europeos atacan a Rusia y crean fábricas de muerte durante la guerra con la colaboración de la mitad de su territorio, Japón mató chinos sin la menor preocupación y Canadá prepara a las tropas nazis de Ucrania, pero sin saber que son nazis, algo típicamente canadiense. Veamos qué hacen los Estados Unidos más allá de las bombas atómicas.

Durante los últimos 240, años después de que declarara su independencia el 4 de julio de 1776, los EE.UU. no estuvieron involucrados en ninguna guerra durante menos de 20 años, según un informe publicado por la Sociedad China de Estudios de Derechos Humanos en mayo de 2021. Los datos muestran que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 hasta 2001, de los 248 conflictos armados que ocurrieron en 153 regiones del mundo, 201 fueron iniciados por los EE.UU., lo que representa el 81% del total.

Estas guerras han devastado los países invadidos, matado a millones de civiles y desplazado a decenas de millones de personas. El péndulo se mueve desde provocar guerras en todo el mundo hasta liderar la expansión hacia el este de la OTAN, desde imponer sanciones a los «países desobedientes», matando de hambre a sus habitantes y  destrozando su economía, hasta obligar a otras naciones a tomar partido.

La suposición que, de manera abrumadora, Occidente es la voz del el mundo, oponiéndose a las acciones militares de Rusia en Ucrania, suena extraña. Occidente  parece tener un solo relato y una sola voz en su condena. Pero en todo el mundo el panorama es bastante más complicado. En la Asamblea General de la ONU el 3 de marzo, mientras 141 países condenaron la invasión de Rusia y pidieron una retirada inmediata, 35 países se abstuvieron y cinco votaron en contra. En la reciente votación para excluir a Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, 93 países votaron a favor, y 82 o se abstuvieron (58) o votaron en contra (24). 

Si bien muchas naciones expresan claras dudas sobre las acciones de Rusia, también existe una preocupación generalizada sobre la postura de los EE.UU. El mundo en desarrollo, hogar de la gran mayoría de la población mundial, tiene una visión marcadamente diferente a la de Europa. Está tan preocupado, si no más, por la respuesta de Estados Unidos que por las acciones de Rusia. La militarización de las sanciones, como una nueva forma de guerra, es vista ampliamente como negativa. Estados Unidos ha asumido el derecho, basándose en la redacción más vaga, de actuar de manera arbitraria contra cualquier país que considere que ha continuado comerciando con Rusia. Sin embargo, la prioridad primordial de los países en desarrollo es el derecho a comerciar y recibir inversiones de donde sea que vengan.

Si hay alguien a quien no se lo puede acusar de anti americano es a Paul Craig Roberts, el hombre del epígrafe de este artículo. Fue subsecretario del Tesoro de EE.UU. durante la presidencia de Ronald Reagan, elogiado por esta administración como la «conciencia económica» del presidente, ex editor asociado de The Wall Street Journal, entre otros cargos. Y nos deja una visón muy interesante al ser entrevistado por Asia Times sobre la guerra de Ucrania.

Según Roberts, Rusia cometió varios errores estratégicos en los últimos veinte años. Quizás el primero fue su regreso, como una restricción al unilateralismo estadounidense que enfureció a los neoconservadores. Fuera de broma, el primer error estratégico fue no haber incorporado a Georgia después de expulsar a las fuerzas georgianas de Osetia del Sur. El segundo error fue prestar más atención a los Juegos Olímpicos de Sochi que a la revolución de colores que Washington preparaba en Ucrania. Rusia permitió ocho años de bombardeos por parte de las milicias ucranianas y neonazis de Azov contra los rusos de Donbass, mientras intentaba que Ucrania y Occidente apoyaran el Acuerdo de Minsk que Ucrania había firmado.

Las armas son el método de Occidente para librar una guerra de poder con Rusia “hasta el último ucraniano”. Las armas no tendrán ningún impacto en el resultado de Donbass. Por su parte, el efecto de las sanciones recaerá principalmente sobre los europeos, pero esto no preocupa a los EE.UU. y sus estados títeres. El objetivo de las sanciones es separar a Europa de Rusia. Para Rusia, las sanciones son un regalo del cielo. Las empresas occidentales retiradas crean oportunidades de sustitución de importaciones para que sus empresas ocupen su lugar. El objetivo de Washington es desconectar a Europa de Rusia, pero Washington no tiene capacidad para desconectar a Rusia del mundo, y eso es un gran error.

Ante la pregunta de si se había llegado al punto de no retorno, o todavía hay alguna posibilidad de que nuestras relaciones con Rusia vuelvan del abismo Paul Craig Roberts contestó: ¿Quién es “nosotros”? Occidente arruinó intencionalmente sus relaciones con Rusia. Ese es el plan. Excluir a Rusia de Europa. Rodear a Rusia con misiles que puedan llegar a Moscú en cuatro minutos para impedir que Rusia restrinja la hegemonía estadounidense. El grave peligro en la política de Occidente es que las provocaciones cada vez más imprudentes de Rusia den como resultado una guerra nuclear.

Que occidente haya creado las mayores aberraciones de la historia no significa que Rusia se encuentre exenta de las críticas por su invasión. Jamás una guerra será buena para la humanidad a pesar de los desvaríos de los líderes de cada lado de la historia. Como bien dijo la vicepresidenta argentina, con la excepción de China todos los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU con poder de veto han incumplido con la paz. La OTAN tiene una base en las Islas Malvinas, a 14.000 kilómetros del territorio del Reino Unido, diciendo que esas Islas no son argentinas. Si Rusia no es confiable, la OTAN y el oeste tampoco lo son. Ahora creer que occidente es el que atesora a los países del área del bien, los dueños de la verdad, la libertad y la democracia, es sumamente absurdo.

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