Sonríe, quejarse es antidemocrático

Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas (W. Churchill)

El tábano economista

Todo lo que se consideraba “contrarrevolucionario” en la antigua Unión Soviética se asumía como algo terrible que amenazaba la noción confiablemente vaga de progreso hacia el cumplimiento de la revolución. Por lo tanto, ser contrarrevolucionario era simplemente oponerse al régimen, independientemente de las opiniones ideológicas reales de cada uno.

Este año, 2022, encontramos que la palabra “democracia” desempeña un papel similar en el discurso político, democracia versus fascismo, arma utilizada como slogan por el Partido de los Trabajadores de Lula. Quien está en contra de las discusiones aceptadas por el establishment es antidemocrático y quienes dicen defender la democracia, el gobierno del pueblo, dios no quiera, suelen tener, ideas, pensamientos y miradas económicas y sociales, de derecha.

El presidente Joe Biden pronunció dos discursos importantes este año sobre cómo supuestamente se abolirá la “democracia” si ganan sus oponentes, los fascistas republicanos de Trump que, a la luz de los hechos, distan muy poco de los democráticos miembros del partido Demócrata. El expresidente Barack Obama entonó solemnemente que si los republicanos ganan en Arizona, “ la democracia tal como la conocemos puede que no sobreviva. Pregúntenle a los latinos como demócratas y republicanos los tratan en Arizona.

¿Estados Unidos está listo para cambiar la democracia por un fascista republicano?, o ¿los europeos en franca extinción económica por seguir a Estados Unidos, con pronóstico certero de protestas, quieren desaparecer su democracia por partidos de extrema derecha, como en Italia, Francia, Suecia, Finlandia, Polonia, Hungría, España, Austria, Países Bajos, etc.?

Con el lema «Dios, patria y familia», Meloni, de 45 años, lideró una campaña basada en el euroescepticismo —es decir, el rechazo a la Unión Europea— y las políticas contra la inmigración, y también ha propuesto reducir los derechos de la comunidad LGBTQ y el acceso al aborto. Su ascenso marca el más reciente avance de la ultraderecha en Europa —cuya agenda euroescéptica, contra la inmigración y socialmente conservadora, parece trascender las fronteras—, la cual se ha estado extendiendo en los últimos años por todo el continente y especialmente desde la crisis de los refugiados de 2015.

Con estos números, la coalición de ultraderecha consiguió el 44% de los votos y logró de esta forma designar el primer ministro, un enorme éxito, especialmente para Meloni, cuyo partido obtuvo apenas el 4,5% de los votos en las anteriores elecciones de 2018. Meloni fue una de las fundadoras en 2012 de Hermanos de Italia, una escisión del Movimiento Social italiano, un partido fascista fundado en 1946 por seguidores de Mussolini.

A comienzos de septiembre, el partido Demócratas Suecos sorprendió al convertirse en la segunda minoría en el país tras sus buenos resultados en las elecciones generales. De raíces neonazis, este partido tendrá un papel importante en la política sueca; de ahora en más el panorama político sueco habrá cambiado drásticamente desde las últimas elecciones en 2014. El enfoque de brazos abiertos de Suecia hacia los refugiados en 2015 catapultó al fascismo y al antiinmigrante partido SD a la prominencia política, obligando a muchos de los partidos liberales y moderados del país a adoptar políticas más conservadoras, políticas anti inmigración.

Su popularidad, como la de tantas otras fuerzas de ultraderecha en Europa, se disparó a partir de la crisis migrante de 2015, cuando varios países europeos —entre ellos Suecia— decidieron abrir sus puertas a los refugiados que escapaban de las guerras en Siria y Yemen. El partido había logrado apenas el 5,7% de los votos en las elecciones de 2010, pero creció a 12,9% en 2014 y a 17,2% en 2018, después de la crisis. Y en septiembre trepó al 20,5%, llegando al segundo puesto por detrás de los socialdemócratas.

En el poder desde 2010, el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, ha construido una base de poder precisamente gracias a sus políticas en contra de la inmigración, que le han generado el apoyo de los votantes de ultraderecha, y coartando a la oposición. Y, a medida de la crisis migrante se normalizaba, Orban y su partido, Fidesz (Unión Cívica Húngara), han fijado su atención en los miembros de la comunidad LGTB: en las elecciones generales de abril, su gobierno también celebró un controversial referendo para prohibir la educación sobre orientaciones sexuales en las escuelas, una medida considerada por algunos sectores como discriminatoria.

La Unión Cívica Húngara volvió a ganar en esas elecciones: logró el 53% y apuntaló a Orban, aunque el referendo no alcanzó el nivel de participación requerido para que fuera válido. Hay cuestiones importantes al respecto, las relaciones entre Budapest y Bruselas, en este contexto, han sido muy tensas. En febrero, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea abrió el camino para restringir el envío de fondos a Hungría por incumplir estándares europeos, especialmente imponer controles políticos sobre el sistema judicial y los medios de comunicación y restringir derechos básicos, idea jamás aplicada en Ucrania.

Polonia también fue alcanzada por la decisión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, y podría sufrir restricciones a los envíos de fondos de parte de la UE para programas de salud pública, digitalización y cuidado del medio ambiente. Antiguas repúblicas comunistas, que sufrieron tras el colapso de la URSS en 1991, se han beneficiado de la ayuda económica desde su ingreso a la Unión Europea en 2004. En el caso de Polonia, el partido de derecha Ley y Justicia gobierna desde 2015 y su actitud fascista y desenfrenada anti rusa ha tensado la cuerda con la guerra de Ucrania, intentando meter a la OTAN en el conflicto con los misiles caídos en su frontera; de todas maneras, Polonia sueña con incorporar una parte de la República Popular de Ucrania Occidental a su territorio.

El espectáculo de 60.000 nacionalistas y neonazis marchando por el centro de Varsovia a finales del 2017 inspiró titulares en todo el mundo. Los comentaristas se han quedado perplejos ante el posible impulso del fascismo creciente en el país. Aun así, la marcha ha ido en constante crecimiento desde 2011, cuando solo acudieron 20.000; y los asistentes se han radicalizado año tras año.

El origen del crecimiento del PiS (Ley y Justicia) en la crisis económica de los últimos veinte años, que vieron, con la reestructuración neoliberal de la economía del país, un desempleo juvenil que llegó al 50% y dos millones de polacos que dejaron el país para buscar empleo.

Unirse a la UE cambió dramáticamente la situación de Polonia. Los grupos sociales más pobres se beneficiaron más en los últimos 10-15 años, pero las condiciones para la clase media baja empeoraron. Aquellos que creían en el mito neoliberal del éxito individual –los pequeños propietarios y los autónomos– se vieron compitiendo con el capital transnacional en un mercado dominado por las grandes empresas, y perdieron. Se re-proletarizaron. Este es el grupo que apoya al PiS y a la extrema derecha, quienes gobiernan hoy Polonia.

Hay rasgos nacionalsocialistas en los programas económicos del PiS, pero no ha habido ninguna redistribución de la riqueza, ni impuestos a los ricos, ni mecanismos para la propia distribución de la riqueza. La retórica es radical, pero el orden económico anterior aún está en su sitio, esa es una de las características de este nuevo fascismo, fiel a los grandes intereses.

Detrás de las victorias de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de 2017 y 2022 en Francia, aparece la sombra de la ultraderechista Marine Le Pen, del Frente Nacional, que llegó a la segunda vuelta en ambas ocasiones. Le Pen obtuvo el 34% de los votos en 2017 (frente al 66% de Macron), y trepó al 41% en 2022 (frente al 59% de Macron), consolidando su posición como alternativa y estrechando la distancia. Le Pen se opone a la migración, especialmente a la influencia del islam en Francia, es euroescéptica y defiende un nacionalismo económico, afirmando que representa a las clases trabajadoras francesas que han sufrido a raíz de la globalización y el progreso tecnológico.

Los partidos de ultraderecha se han consolidado en casi todo el continente, aunque en todos los países están tan cerca de posiciones de poder, y como muestra el gráfico, van de la mano de las crisis económicas y migratorias.

En Alemania, el partido Alternativa para Alemania (AfD) creció vertiginosamente, con su agenda contra los migrantes y la Unión Europea, hasta convertirse en 2017 en la tercera fuerza. Aunque desde entonces su influencia se ha reducido: actualmente es la quinta fuerza en el Bundestag, el parlamento alemán, con 79 bancas.

Mientras que en España el partido Vox, también de agenda ligada a la ultraderecha, es actualmente la tercera fuerza en el Congreso de los Diputados, con 52 bancas. Y en Austria, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), es la cuarta fuerza en importancia, con 30 bancas. Su popularidad, sin embargo, viene a la baja: en las últimas elecciones obtuvo el 17,3% de los votos, mientras que en 2017 había logrado el 26% y un espacio en la coalición de gobierno, que se disolvió en 2019.

Los partidos fascistas no solo han logrado correr las discusiones a la derecha de la derecha en cualquier de los temas, sino que destilan odio para ello. Pero han logrado que todo el arco progresista, carente de ideas alternativas, discuta, en la generalidad de los temas, posiciones absolutamente absurdas de acuerdo con su mirada del mundo, pero en honor de no dejar avanzar al fascismo, permiten el libre accionar de la ultra derecha. Ejemplos validos serían Argentina o Brasil.

Los integrantes del Frente de todos toman como una profundización de la grieta si se critica las políticas económicas de ajuste implementadas desde su llegada al poder. Las críticas al continuismo económico puestas en marcha por el actual gobierno se entienden que puede allanar el camino a la extrema derecha o, al mismo macrismo, si se es crítico. Mientras tanto, la falta de ideas permite que la misma distribución del ingreso, pobreza, concentración y penurias por deuda beneficien a los mismos y sigan adelante.

Brasil, por su parte, zanjó la discusión entre fascismo y derecha conservadora. Veremos cómo, en este estrecho del camino, Lula puede tratar de moderar la extraordinaria concentración del ingreso de su país, su monumental falta de oportunidades y pobreza, con un fascismo galopante que ahora juega de manera despreocupada y unos marginados que llevaron a Lula al poder para tratar de sobrevivir. El mundo, en el caso de Brasil, al reconocer el triunfo de Lula en las 48 horas posteriores a la elección, desarmó todos los mecanismos y discursos fraudulentos y antidemocráticos conocidos por los seguidos de Steve Bannon.

Europa, sobre todo, tendrá un invierno muy duro, con grandes costos energéticos y protestas sociales. La idea de que manifestarse contra la falta de soluciones de los energúmenos de Bruselas es un acto antidemocrático, porque se vienen los fascistas, parece que ya quedo atrás. Gracias a sus políticas los fascistas están dentro de la casa.  

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