En el fondo

Durante los dos últimos meses, los de la guerra ucraniana, he procurado mantenerme lejos del ruido de los medios. Si mis cálculos son correctos, he concedido un par de entrevistas, y he rehuido algo así como un centenar, he depositado en mi página web -nadie la lee- una decena de artículos y, en fin, corre por ahí un libro modesto del que soy -dicen- autor.

Nuevo DESorden

No he conseguido esquivar, sin embargo, dos obstáculos. Si el primero es el de la manipulación, comúnmente bien intencionada, de mis textos, o de mis intervenciones orales, el segundo es el del encasillamiento que tanto gusta a quienes se entregan a los juegos maniqueos y al presentismo más hilarante. Quien no está conmigo, quien no le ríe las gracias a esa filantrópica organización que es la OTAN, está irremediablemente -sabido es- con Putin y sus tanques.

La manifestación más reciente de esto último, de lo del maniqueísmo que me voy a permitir tildar de desinformado, es, en lo que a mí respecta, un artículo de David Sarias titulado "Putin, Occidente y los debates necesarios", publicado en El Independiente (https://www.google.es/amp/s/www.elindependiente.com/opinion/2022/04/16/putin-occidente-y-los-debates-necesarios/amp/). Lo gloso ahora de forma rápida, no porque tenga mayor relieve lo que en él se dice o se sugiere sobre mí, sino porque ilustra el vigor de un fenómeno que, no por conocido, alcanza en estas horas cotas inquietantes.

Sarias, que me emplaza en una lista de la que participan Noam Chomsky, Tariq Ali, Hasel-París Álvarez y Beatriz Talegón, me atribuye con tino la condición de antisistema -eludiré las disputas semánticas, por lo demás ricas, que arrastra este delicioso adjetivo- empeñado en rechazar lo que significa "Occidente" . En su esfuerzo de categorización de aberraciones olvida, sin embargo, que las razones que justifican mis iras hacia Occidente -ignoro cuáles serán las de los demás aludidos- son en la mayoría de los casos las mismas que me invitan a rechazar la Rusia putiniana. A saber, y por ejemplo, la jerarquía, la explotación de los seres humanos, la desigualdad, la represión, la militarización y las querencias imperiales. Así de raro soy.

En esas condiciones lo cómodo es, claro, que a los ácratas, y en este caso a Chomsky y a mí, se nos haga pasar por vergonzantes, y más bien tontorrones, partidarios del camarada Putin. Afirma Sarias que los antisistema, de izquierdas como de derechas, apreciamos en el presidente ruso una víctima y se atreve a adelantar, más aún, que a nuestros ojos Putin sería, "en el fondo", un saludable "elemento de cambio para Occidente". ¡Caramba! Llevo 22 años criticando con denuedo a Putin para tener que descubrir que -en el fondo, eso sí- no soy sino un admirador del criticado. Cómo disimulaba yo, dos décadas atrás, cuando pretendía aparentar que contestaba la barbarie putiniana en Chechenia mientras nuestros gobiernos y nuestros empresarios hacían negocios con la Federación Rusa. Y cómo disimulo ahora cuando, en una finta ingeniosa, me permito afirmar que Putin es, entre otras cosas, pero en medida nada despreciable, el producto de la prepotencia y la ignominia de los países occidentales, y de sus maravillosas alianzas militares. Qué desvergüenza la mía, en suma, cuando aparento interesarme por quienes, en Rusia y en Ucrania, dan la cara frente a los poderosos de un lado y del otro de la frontera.

Supongo, por lo demás, que Sarias, que por lo que intuyo aprecia en mí un todólogo opinador -tres décadas de trabajo en la universidad y una quincena de sesudos, y prescindibles, libros de nada me sirven-, da por descontado que respaldo, siquiera sea a regañadientes, la intervención militar rusa en Ucrania. Pues vaya por donde, no es así. Me repugna y rechazo esa intervención, como me repugnan y rechazo las protagonizadas por las potencias occidentales en busca de la preservación de sus intereses y privilegios. Admitiré, aun así, que nunca es tarde para percatarse de lo que uno, en el fondo, defiende.

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