Explicar la zozobra

Vivo inmerso, desde el inicio de la intervención militar rusa en Ucrania, en una permanente zozobra.

Nuevo DESorDen | 28/03/2022

Si así se quiere, tiene su origen en dos hechos. Si el primero lo aporta mi dificultad para encontrar soluciones a problemas perentorios, el segundo lo configuran mis conocimientos, muy limitados, en lo que hace a lo que ocurre en estas horas. Suplo lo uno y lo otro con ideas generales que, aunque respetables, me sirven de poco o, en su caso, reclaman una aplicación que es cualquier cosa menos sencilla. Pienso en declaraciones como la que invita a rechazar las guerras, los ejércitos, las alianzas militares y los imperios, o en ese lema que reza “no a la guerra entre los pueblos, no a la paz entre las clases”. 

En la trastienda no es difícil barruntar lo que hay: un conflicto sucio, o varios, en el que el currículo de los agentes intervinientes está lleno de manchas, arrogancia y podredumbre. Pareciera como si hubiesen quedado muy atrás conflictos que, como los de Palestina o el Sáhara occidental, permiten identificar con facilidad agresores y víctimas. Aunque víctimas las hay, claro, y muchas, en la Ucrania de estas horas, lo que despunta no es una colisión entre modelos económicos, sistemas políticos o cosmovisiones ideológicas, sino una sórdida y descarnada confrontación entre imperios.

En semejante escenario la opción dominante, y el único placebo que contrarresta la zozobra, parece ser la adhesión a lo que representa alguno de los bandos enfrentados. Esa adhesión tiene que ser inquebrantable, de tal suerte que, por definición, excluye las dudas y los matices. Hay que estar con Ucrania y con la OTAN, o hay que cerrar filas con la Rusia putiniana. Mientras la primera posición no ve sino demócratas ucranianos enfrentados a hordas asiáticas, la segunda solo aprecia a los nazis encabezados por Zelenski en lucha con los aguerridos antifascistas rusos.

Los requisitos, onerosos, para sacar adelante esas dos posiciones, y para salir de la zozobra, son varios y, en mi caso, inalcanzables. Uno de ellos estriba en no escarbar en los antecedentes del conflicto actual: solo interesa lo que se supone ocurre en el presente, de tal suerte que no se puede hablar de la OTAN y sus miserias –del acoso al que ha sometido a Rusia en las tres últimas décadas y de su apoyo a un activo proceso de tercermundización de buena parte de la Europa central y oriental- y tampoco puede contestarse ese paraíso de militarismo imperial, oligarcas, conservadurismo y desigualdad que es la Rusia de Putin. De resultas, y al amparo de un juego maniqueo, se sobreentiende que quien critica a la OTAN defiende a la Rusia putiniana, y quien cuestiona la condición de esta última no hace sino alentar la agresividad occidental. Por detrás se revelan las preceptivas dosis de rusofobia o de ucraniofobia, se eligen con descaro los argumentos rumorológicos que apuntalan la posición propia -y se descartan los que la ponen en entredicho, siempre sin fisuras- y se cancela cualquier consideración crítica de la doble moral que aplican con pundonor tirios y troyanos.

Quienes, con mayor o menor fortuna, procuramos romper ese ejercicio cargado de simplezas, olvidos y maniqueísmos lo llevamos mal. Recibimos golpes de todos los lados y precisamos aportar explicaciones prolijas –rara vez hay, sin embargo, hueco para ellas- que den cuenta de nuestra posición. Claro que nuestros problemas, infelizmente, no acaban ahí. Algunos nacen de la certificación de que el lugar desde el que hablamos es razonablemente cómodo, y nuestra empatía con quienes se ven obligados a vivir entre las bombas resulta limitada, con una secuela delicada: a menudo se desequilibra la balanza entre las exigencias de la coherencia propia y la certificación del sufrimiento de la gente común.

Para que nada falte, nuestra zozobra se multiplica al calor de las manipulaciones a las que se entregan los medios de incomunicación, aquí como allá. Generan una obligación de respuesta –y hablo ahora de lo que tenemos más cerca- ante la censura que pesa sobre las opiniones que ponen el dedo en la llaga del papel de las potencias occidentales, ante el respaldo que esa censura ha merecido del lado de tantos expertos, supuestos o reales, y ante la dictadura de los todólogos que se impone por doquier. Hace unos días alguien me reprochó, no sin razón, que las gentes de izquierda dedicamos el 80% de nuestro tiempo a cuestionar lo que supone la OTAN. No me quedó más remedio que replicar que entre las muchas obligaciones de quienes estamos en la zozobra se halla la de denunciar los silencios, culpables y ocultatorios, que dominan sin contestación en los medios del sistema. Aun a costa de otorgar menos peso a realidades que merecen, cierto es, una consideración cumplida. Y entre ellas una agresión militar, la rusa, manifiestamente indefendible.

Pero al cabo la fuente principal de esa zozobra de la que hablo no es otra que la debilidad que arrastramos o, lo que es casi lo mismo, nuestra dificultad para tejer lazos con las gentes que resisten frente a la lógica de los imperios –que es, por cierto, la lógica del capital en sus diversas formas- y frente a un militarismo omnipresente. Qué poco estamos haciendo, sin ir más lejos, por los desertores de ambos lados, por las personas que practican la resistencia civil y por quienes, con las herramientas más dispares, han decidido no doblegarse ante las imposiciones de los poderes más dispares.

No reduce nuestra zozobra, antes al contrario, la certeza de que tenemos que ponernos las pìlas, aquí y allá, con urgencia. En nuestro caso porque lo que se anuncia, con tonos sombríos, es un inquietante fortalecimiento de la OTAN adobado de lo de casi siempre: militarismo -una vez más-, autoritarismo, represión, injerencias e intervenciones. Y en el de quienes pelean frente a todos los poderes en Ucrania y en Rusia porque harían mal en contentarse con formular su deseo de lamer las mieles de la democracia liberal y el Estado de derecho. Días atrás, en Barcelona, un joven ruso me preguntó qué entendía yo que debía hacer la oposición en su país. Medio en broma, medio en serio, le respondí que debían ocupar las fábricas, autogestionarlas y crear soviets por todas partes... Como en 1905 y en 1917. Si mi declaración algo tenía de brindis al sol, también era una expresión honesta de lo que creo que debemos hacer aquí –poner los frenos de emergencia, distribuir radicalmente la riqueza, procurar respuestas colectivas, esto es, salir del capitalismo- en un escenario que no es sino el de dos fenómenos, el ecofascismo y el colapso, que han llegado para quedarse.

Esos dos conceptos, por cierto, no hacen otra cosa que multiplicar mi dificultad para entender lo que ocurre. Se preguntarán ustedes cómo consigo ordenar todo esto. La respuesta es sencilla: no lo consigo. Pero, al cabo, prefiero la zozobra a las gratificadoras certezas ajenas. Mientras tanto, y pese a todo, “no a la guerra entre los pueblos, no a la paz entre las clases”.

Comentarios