Teorías de la conspiración

¿Por qué creemos en las teorías de la conspiración?

Los últimos dos años han venido marcados por un aumento de la desconfianza social, del miedo y de la ansiedad humana.
¿Por qué creemos en las teorías de la conspiración?
manifestación
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La pandemia ha sido un elemento imprevisto que ha conmocionado de muchas y diversas formas las vidas de todos. Junto a ella, hemos visto crecer in situ una teoría de la conspiración nueva: La Plandemia. Las imágenes de los negacionistas o los escritos de los que sostienen que el virus es un arma de x estado para cumplir un objetivo y, nos han hecho levantar la ceja a muchos. Hay decenas de explicaciones conspirativas del mismo acontecimiento y esas creencias tienen niveles. 

Hay quienes desconfían de la vacuna por motivos más o menos lógicos. Otros desconfían de cualquier información oficial, a la vista de que se nos escatimó al principio la verdad sobre el tema. Los extremos simplemente niegan la existencia del virus o señalan su uso como un instrumento en una guerra silenciosa entre los poderosos que controlan el mundo. Entre unos y otros podemos encontrar muchas posiciones, más o menos razonadas. 

Por eso, durante este año, han crecido las preocupaciones y las preguntas acerca de las teorías de la conspiración. Una realidad que está presente en la sociedad desde hace mucho tiempo, sino desde siempre. La tierra plana, los alunizajes falsos, el 11S como estrategia del gobierno de los EE.UU. , los reptilianos, los aliens que nos crearon, los aviones que nos fumigan, Qanon, El gran apagón… En internet puedes encontrar millares de teorías para millares de acontecimientos.

¿Cuántas personas creen en teorías de la conspiración?

Hay muchos autores, profesores de universidades de uno u otro país que han tratado de aproximar estadísticas acerca de este tema tan controversial. Oliver y Wood, en su libro Conspiracy Theories and the paranoid style(s) off Mass Opinion, señalan que al menos la mitad de la población de Estados Unidos cree en alguna. El Centro Annenberg de Políticas Públicas de la Universidad de Pensilvania, afirmó que: Más de uno de cada tres estadounidenses cree que el gobierno chino diseñó el coronavirus como un arma, y otra tercera parte está convencida de que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) han exagerado la amenaza de la COVID-19 para socavar al expresidente Donald Trump.  Por su parte, Absjorn Dyrendal, sociólogo noruego, afirmó en su estudio Science Alert, que todo el mundo cree al menos en una. 

En España, no tenemos un estudio preciso, pero YouGov arroja datos como el de que un 14% de los encuestados creen que el Gobierno de EEUU colaboró en los atentados del 11S y un 35% opinan que "independientemente de quien esté oficialmente al mando en el Gobierno y otras organizaciones, hay un grupo de personas que secretamente controlan lo que ocurre.

¿Por qué creemos en la conspiración?

Los motivos que explican la tendencia humana a creer en teorías conspirativas son diversos y algunos responden a la más enraizada naturaleza.

El profesor Joe Uscinski, autor de American Conspiracy Theories, explica que: "Todo el mundo cree en alguna y quizás en más de una. Y la razón es sencilla: hay un número infinito de teorías de la conspiración ahí fuera. Si hiciéramos una encuesta sobre todas ellas, todo el mundo marcaría varias casillas. Da igual que seas de izquierdas o derechas, ambos bandos tienen ideas de este estilo. Hay que olvidarse de la idea de que el conspirativo es un varón blanco de mediana edad que lleva un sombrero de papel de aluminio y vive en casa de su madre".

Los investigadores Uscinski y Parent, en sus estudios sobre las teorías de la conspiración, señalaron la incertidumbre y la percepción de la falta de poder como uno de los motivos más claros para caer en esta clase de teorías. Cuando las personas se autoperciben como carentes de capacidad de decisión, sobre todo en el caso de minorías vulnerables, las explicaciones alternativas y conspiranoicas de su situación vital y del mundo en general, permiten darles una seguridad a la que asirse, como si al poseer una información privilegiada pudieran recuperar cierto poder, como dijo Walter Lippman: buscamos en las teorías de la conspiración lo mismo que un borracho busca en una farola: más que iluminación, apoyo.

Juega también un papel importante la tendencia a caer en ciertos sesgos cognitivos. Estos son tendencias intuitivas en el análisis que decantan nuestra opinión y que solo podemos enfrentar con un alto grado de conocimiento y con grandes dosis de espíritu crítico.  El de proporcionalidad remite a pensar que los grandes sucesos deben tener grandes causas. El sesgo de proyección hace pensar a las personas que se creen las teorías que, de encontrarse en esos escenarios, con el poder de decisión, participarían en la conspiración. Y el de intencionalidad lleva a atribuir a la intención lo que puede ser mera casualidad.

Además, hay otras cuestiones que forman parte de la naturaleza humana y que no podemos obviar a la hora de analizar los motivos que nos llevan a creer en las conspiraciones. Las personas sentimos un impulso natural a encontrar estructura y pautas en el mundo. No lo podemos evitar, es uno de los mecanismos de nuestro cerebro para tratar de comprender la realidad. Sin embargo, esa necesidad individual de imponerle estructura al mundo está directamente relacionada con la tendencia a creer en las teorías conspirativas. Una relación que Alexander Davidson y Michel Laroche explicaron en su estudio: Connecting the dots: how personal need for structure produces false consumer pattern perceptions.

¿Quiénes son los conspiranoicos?

Pese a que hay un gran número de cuestiones naturalmente humanas que pueden llevarnos a caer en las teorías de la conspiración, muchos investigadores han logrado explicar y categorizar a aquellas personas que más tendencia tienen a creer en ellas o a defenderlas con fervor.

Wood, Douglas y Sutton descubrieron eso que se denomina: Mentalidad Conspirativa mientras estudiaban las teorías de la conspiración acerca de la muerte de Diana de Gales. Durante esa investigación descubrieron una interesante paradoja: Había quien podía creer que Diana había muerto por una conspiración y, al mismo tiempo, que jamás habría muerto. La cuestión no era si estas teorías eran claramente contradictorias entre sí. La cuestión era que la versión oficial no era cierta. 

Así llegaron a la conclusión de que la mentalidad conspirativa funciona como una identificación ideológica más, como quien es de derechas o izquierdas. Las personas que hacen gala de ella simplemente dan por hecho que las versiones oficiales son mentira, que son víctimas de un engaño y a través de ese cristal contemplan el mundo en global. Un descubrimiento que permite entender mucho mejor que aquellas personas que creen en una teoría, son propensas a creer en más o en todas al mismo tiempo.

Shauna Bowes y Scott Lilienfeld encabezaron un equipo de investigación en la universidad de Emory y cuyo trabajo culminó con la publicación del estudio: “Looking Under the Tinfoil Hat”

En él se analizaban patrones y rasgos de personalidad coincidentes entre las personas que creían en teorías de la conspiración.

Los rasgos de personalidad que más llamaron la atención de los investigadores por aparecer comúnmente entre las personas que se sometieron al estudio fueron: La presuntuosidad, la impulsividad egocéntrica, la ausencia de compasión y los niveles elevados de estados depresivos y ansiedad.

También pudieron definir dos patrones de personalidad significativos a la hora de poseer una fuerte mentalidad conspirativa. El primero es conocido como “el recolector de injusticias” con exceso de confianza. Se trata de un tipo de personalidad marcada por ser impulsivo y arrogante, que está ansioso por exponer la ingenuidad de todo el mundo, menos la de él o ella. El segundo es un patrón más oscuro: el tipo malhumorado, confinado por las circunstancias. una figura más solitaria y nerviosa, indiferente e irritada, tal vez incluye a muchas personas que son de edad avanzada y viven solas.

En este estudio, por otro lado, se comenzó a explorar la posibilidad de que existieran trastornos de la personalidad relacionados con la conspiración, al menos en los extremos. Los investigadores descubrieron un patrón de pensamiento que hizo saltar las alarmas: El psicoticismo. Este es un rasgo fundamental en el trastorno esquizotípico de la personalidad, que se caracteriza en parte por “creencias extrañas y pensamiento mágico”, e “ideas paranoicas''. En algunos casos provoca las alucinaciones propias de la esquizofrenia. Este pensamiento va mucho más allá de la superstición común y corriente, y en términos sociales la persona suele dar la impresión de ser incoherente, rara o distinta.

El equipo de investigación noruego que realizó el estudio Science Alert añadió a estas aproximaciones otros factores o rasgos de la personalidad comunes en las personas que creen en teorías de la conspiración. Uno de ellos era la tendencia a poseer un alto nivel de Orientación del Dominio Social (SDO), que hace referencia al apoyo que muestra una persona a la idea de organizar la sociedad según la jerarquía de ciertos grupos. Aquellos con un alto grado de SDO creen que la sociedad debe estructurarse jerárquicamente, mientras que los que tienen un grado bajo de SDO opinan que se debe estructurar de manera igualitaria.

Los investigadores noruegos llegaron también a la conclusión de que las personas de clases sociales más bajas, con un menor acceso a la educación y que suelen informarse mediante las redes sociales tienen más tendencia a caer en creencias de la conspiración.

En fin, por naturaleza o por ciertos rasgos de la personalidad concreta de cada uno… La cuestión es que el ser humano ha creído y creerá en teorías de la conspiración. Continuaremos desconfiando de aquellos que ostentan inmensos poderes y pondremos en duda las versiones oficiales y eso no es obligatoriamente malo. De hecho, todo lo contrario. Fiscalizar al poder, observarlo y controlar su hacer es un signo de una población libre y con pensamiento crítico. No obstante, cuando la desconfianza llega a la paranoia o a la obsesión, es cuando las personas cruzan líneas peligrosas. Hace no mucho, un padre de familia irrumpió en un restaurante americano armado hasta los dientes y buscando a los niños que se escondían en sus estancias secretas para ser víctimas de una red pedófila. El hombre era uno de los más fervientes defensores de la teoría del Pizza Gate. Aquel día, por suerte, no hubo que lamentar desgracias y el único que sufrirá consecuencias a largo plazo será ese padre que se dejó llevar por estas, en ocasiones, perversas creencias. Aprendamos la lección y pongamos cada cosa en su lugar. Dispara el escepticismo, antes que nada, hacia ti y tus propios pensamientos… Después despliégalo fuera.

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