Apología de la violencia en España: matonismo panfletario
El término “cringe” se utiliza hoy en las redes para hablar de la vergüenza ajena que provoca la contemplación de algún espectáculo ridículo en el que alguien hace gala de una estulticia desacomplejada. Se refiere a esa grimilla, instalada en el estómago, que sentimos aquellas personas con algo de raciocinio funcional al ver ayer el bochornoso incidente protagonizado por Antonio Maestre y Bertrand Ndongo.
No obstante, ellos no son más que un ejemplo de la deriva violenta de esta sociedad. Si estos dos hooligans del discurso ideológico consideran que sus posturas contrapuestas justifican las bravatas propias de dos adolescentes pasados de vueltas con la testosterona, ¿cómo no vamos a encontrarnos por aquí y por allá con justificaciones ciudadanas de la mayor expresión de esta actitud nefanda? Hablo, por supuesto, de la guerra.
Resulta cierto que hemos de estar completamente fuera de la realidad quienes nos sorprendemos al ver a las jaurías jalear a los orangutanes farfullando algo parecido a nuestro idioma: “Pero si no tienes fuerza”, “A ver, a ver… ¡eh!”. Entre empujones dignos de la peor calaña de los patios escolares de este país. Algo así como el clásico: “¿Me estás mirando? ¡Eh! ¿A que te meto?”. En fin… las peleas de los personajes de Mediaset un sábado por la noche en una discoteca de Madrid. Esperemos que con menos sustancias, aunque haciendo gala del mismo nivel dialéctico. Estos son nuestros ilustrísimos líderes de opinión. Les reto a pensar en esa expresión sin sonreír.
Es, en definitiva, un puro bochorno. Pero no es ajeno a nuestra realidad diaria. Hace ya mucho que el debate político o ideológico ha pasado a parecerse más al viejo Sálvame que a cualquier espacio con algún rastro de profundidad argumental. Quizás por eso el programa del corazón cerró hace algún tiempo: porque la demanda la cubren ahora los especímenes que pretenden catequizar sobre los “temas importantes” de España. Otra vez, intenten no reírse.
Aun con todo, lo que me preocupa no es la ralea que monta el gallinero en la televisión patria, sino la facilidad con la que aceptamos estas muestras de violencia sin escandalizarnos. Hace tiempo que algunas veníamos advirtiendo que el identitarismo desnortado, irracional y basado en muy efectivas estrategias de apelación emocional, solo podía desembocar en la aceptación de la barbarie, la apología de la violencia y, en resumen, la justificación de la conveniencia de la aniquilación del diferente, del distinto, del otro.
Por eso es tan fácil escribir desde casa que hay que matar más, ir más a la guerra, mano dura y bombas contra todo y todos los que nos resulten amenazadores. Así, los Estados del mundo juegan a esta misma charada de los empujones y de medirse las fuerzas. La diferencia es que, en lugar de dejar a su paso un clip que da cringe y muchos comentarios necios, lo que los Estados dejan son miles y miles de muertes, personas desplazadas, familias que lo han perdido todo.
Unos y otros —los hooligans de los medios y los de los gobiernos— siembran el odio que protagonizará las filias y fobias de la ciudadanía del futuro, con el único objetivo de seguir promocionando más y más guerra, más y más violencia. Única forma, por otro lado, de no observar que este sistema se resquebraja, se intoxica con su propia indignidad.
Nos dan un circo. Ebrios de brutalidad, observamos caer a los contendientes como si fueran efectos especiales de una película, mientras nos meten la mano en el bolsillo, nos recortan libertades y nos animan a insultarnos con nuestro vecino porque vota distinto.
La humanidad se enfrenta a un reto que tiene que ver con la hegemonía internacional, con cómo será el futuro en una sociedad donde los Estados acumulan cada vez más poder y disponen de menos mecanismos de fiscalización. Una sociedad que debe afrontar los desafíos y oportunidades de la tecnología, el cambio climático y un largo etcétera de amenazas y posibilidades.
Ahí está la clave de lo que debería preocuparnos: cómo está cambiando el paradigma y cómo pretenden imponérnoslo por debajo de la mesa. Pero la ciudadanía española está más interesada en buscar el comentario ingenioso que humille, violente y desprestigie al rival ideológico.
Enhorabuena: cada día conseguimos superarnos más en esta carrera hacia el pasado, donde las peores cualidades tribales marcan las relaciones entre seres humanos. Sigamos aplaudiendo el matonismo panfletario con tal de no detenernos a reflexionar dos minutos sobre la realidad fáctica y sustancial de nuestras vidas.