Del éxito también se aprende
La historia reciente del Deportivo da pie a muchas reflexiones sobre los altibajos convencionales al margen de que se comparta la pasión futbolera. Hay factores extrapolables a esa vida cotidiana a la que nunca llegan los focos ni las ovaciones de gala.
Conviene tener muy presentes algunos tópicos, pero es un ejercicio sano cuestionarlos antes de considerarlos una verdad irrebatible por haberse asentado en la cultura popular. Sí, hay que extraer lecciones de la derrota, pero lleva tiempo, a menudo exige recuperar primero el ánimo y restablecer un cierto grado de autoestima, además de adquirir poco a poco nuevos elementos de análisis para comprender con una mínima nitidez, ya a balón pasado, qué ha fallado y qué teclas habría convenido pulsar.
La historia reciente y no tan reciente del Deportivo da pie a muchas reflexiones sobre los altibajos convencionales al margen de que se comparta la pasión futbolera. Dejemos a un lado análisis técnicos más adecuados para profesionales deportivos. Hay otros factores extrapolables a esa vida cotidiana a la que nunca llegan los focos ni las ovaciones de gala. Maticemos, también, que las mismas fórmulas (es de Perogrullo) no resuelven cualquier problema que se presente, y la estabilidad se apoya en una versatilidad considerable, pero hay una base siempre deseable que podemos remarcar aquí.
Al margen de cuestiones tácticas y de talento natural, la cohesión grupal que se ha percibido a lo largo de esta temporada ha sido, con toda probabilidad, una de las grandes claves para mantenerse arriba a pesar de las dudas generadas por el estilo de juego o las carencias de algunos hombres importantes de la plantilla. Es más fácil sobreponerse a los malos momentos si otros arriman el hombro. No descubrimos gran cosa, pero tampoco está de más recordarlo a menudo.
Aguantar el tipo se convierte en un desafío notable cuando un par de victorias parecen desatar la euforia y un par de derrotas desencadenan las alarmas por crisis, al menos en la esfera pública. El estado de ánimo general varía más que la posición del equipo en la tabla. Esa volubilidad emocional revela otra meta psicológica: la de mantener un nivel estable de confianza y motivación. Claro que hay que asumir condicionantes externos, como la calidad de los adversarios y su siempre inestimable irregularidad.
Si algo enseñan las grandes crisis es la necesidad de flexibilizar objetivos. Ilusionarse con un nuevo punto de partida, aunque sea mucho más modesto que el acostumbrado, denota un gran capacidad de adaptación. La categoría del espectáculo la pone el público y no la división en la que se integra el club. Subir escalones exige un esfuerzo, pero intentarlo ha de ser una razón para entusiasmarse, y alcanzar la meta conllevará un sentimiento de gratificación que hará que el cansancio apenas se transforme en sufrimiento personal.
Las mayores potencias de Europa han padecido los martillazos blanquiazules más demoledores y de mayor resonancia mundial. Conjuntos modestos y con escasas opciones de incorporarse al fútbol profesional han castigado con dureza al yunque herculino. Todo ello ha permitido corroborar que, si la masa social se concentra, si la ilusión se reactiva y se contagia a una multitud con ganas de transmitirla, el sueño de regresar a las alturas puede ser tan intenso como el de haber estado allí.
Las épocas de borrasca aportan otra perspectiva en torno al brillo del palmarés y el valor de la estadística, pues contribuyen a realzar lo que sigue representando un club aunque se encuentre en horas bajas y lo excepcionales que son sus mayores hitos. El periodista Enric González lo explicaba así en un fragmento de una columna escrita en 2004, cuando el Deportivo acababa clasificarse para la semifinal de la Champions League, y recopilada en su libro Historias del calcio: “La memoria sentimental se forja en el dolor, aunque cristalice en un segundo de gloria. Quienes sufrieron los años grises en que Riazor no soñaba siquiera con la Primera saben realmente lo que valió esa noche mágica en que el Dépor destrozó al Milán”.
Regresar desde muy abajo permite saborear varios logros y aventuras durante el impredecible y agotador camino. Mientras el cielo no se tiñe de blanquiazul, no falta el espectáculo bajo las nubes oscuras. Estos años para olvidar han dejado imágenes memorables. Una hinchada que nunca se rinde vuelve, sin duda, a gozar de alegrías en el futuro.