La lectura, un factor de equilibrio
El cotilleo más inocente se plasma quizás en el ansia de saber qué libro está leyendo una persona a la que no conocemos y con la que coincidimos por casualidad. Permanecemos a la expectativa con el fuerte deseo de que gire lo suficiente su ejemplar como para que podamos distinguir el título concreto o, al menos, la autoría de la obra que se ha ganado el interés de alguien que desea aprovechar unos minutos de relajación o de viaje para trasladarse mentalmente a otro lugar y hacer su propio recorrido lector.
Querría parecerme más a los clásicos lectores del transporte público. Abstraerme a pesar del ajetreo sin perder el control de la situación y bajarme en la parada que toca por no haber abandonado por completo la dimensión que me corresponde. A estas alturas, me conformo con dedicar un rato a las líneas de un texto largo (de ficción o no ficción) elegido por simple placer. Empeñarme en dedicar a ello unos minutos al día sin dejar de verlo como un tiempo breve y personal de satisfacción y agrado. Y más que nunca, de resistencia a todo.
Si la lectura pausada y relativamente extensa también se hace un hueco, se producirá una inmensa ganancia en equilibro y compensación en tiempos de premura, llamadas de atención estridentes y mensajes invasivos y demasiado abundantes.
En la actualidad, puede representar una pugna contra la tentación de un nuevo scroll que te enganche a la última hora de las redes sociales, una ruptura temporal con el afán de obtener “likes” como recompensa obsesiva, un acto de resistencia frente a pensamientos intrusivos sobre el pasado y preocupaciones agobiantes en torno al futuro, un distanciamiento necesario entre ruidos ya asimilados por la población.
Si, además, se plantea una cierta variedad o contraste de temas, enfoques y géneros, la literatura puede engrandecer, paradójicamente, una trinchera contra el atrincheramiento, un rechazo asertivo a la tan nociva polarización que crispa al conjunto de la sociedad.
El libro, en formato físico o digital, es un arma simbólica muy poderosa. El único refugio que dispone de millones de puertas. Una forma de anclaje personal pese a la zozobra de un mundo que cambia cada vez más rápido. No es el único indicador, ni el definitivo, ni un regulador infalible, pero sí una buena señal. Una prueba de que todavía podemos bajar el ritmo durante algunos instantes.