La omnipresencia del tiempo

La preocupación por la meteorología aumenta con naturalidad en el caso de muchas personas a medida que pasan los años, y su impacto en la salud física y mental se convierte en una obsesión que también se vincula con la alegría de que irrumpa la primavera.

La primavera se presenta tímidamente y provoca turbulencias a su paso hasta convertirse en la telonera de la estrella del año: el casi siempre ansiado verano. Es una golosina con multitud de sabores, a veces dulzona y otras fresca y ácida, que se disfruta muy poco a poco y se consume como una merecida recompensa después de haber aguantado la adversidad invernal. Y se disfruta más precisamente por ello. Los contrastes permiten apreciar los matices. La monotonía del buen tiempo acabaría con la celebración de una renovación como la que representa la estación en la que todo resurge.

Es una sensación de placidez y motivación renovada a la que uno jamás se acostumbra y que, incluso, se percibe con más contundencia si aumenta el padecimiento al frío y a la humedad. Y, por supuesto, si las cantidades de lluvia se acercan previamente a los récord registrados. Queda cada vez más lejos la época de resistencia física en la que sonaban demasiado recurrentes los comentarios sobre meteorología que servían de saludo amigable al vecindario. La meteorología, con los años, puede ocupar otro espacio en la mente.

Las articulaciones comienzan a funcionar como método ancestral de predicción de cambios muy bruscos. Una menor actividad física impide disfrutar del “ni sientes ni padeces” voluntario o transformado en juego. La falta de energía también responde a veces a condiciones atmosféricas. Una extraña relación entre niebla densa y dolor de cabeza o malestar general le resta encanto a su presencia en el paisaje. El nordés atraviesa el cuerpo y provoca una vulnerabilidad mareante en días luminosos aunque pegue con fuerza el sol.

Se confirma entonces el resultado de una evolución personal. De cansarse de oír menciones recurrentes al tiempo se pasa a hablar de él por cortesía. De explicar sus efectos con un interés honesto, a pensar en ello con frecuencia diaria. Cómo obviar ese marco general que se convierte en una obsesión con toda naturalidad y recibe tradicionalmente una atención especial en los medios.

Conviene normalizar la presencia del tiempo en nuestras conversaciones y mostrar comprensión hacia quien sufre con una dureza particular, por su impacto físico o psicológico, la situación que se experimenta a cada momento. Y hay que celebrar, como si nadie pudiera esperarlo, la irrupción de la primavera, que recuerda con tanta claridad que merece la pena mantener la esperanza incluso después de varios trenes de borrascas y más de cuarenta días de lluvia. Celebrarla para nuestros adentros o a través una conversación informal, a pesar de que las alergias también florezcan con ella.