Tren viejo, aventura monótona

Un susto sin demasiado eco y aplacado a corto plazo por las instituciones responsables. Eso mismo conllevó la noticia, desmentida de manera oficial pocos días más tarde, de la supresión definitiva de la línea que une directamente A Coruña y Barcelona en tren. Se tratará, por fortuna, de algo temporal y con expectativas de mejora.

Habría representado casi una humillación histórica, pero una humillación histórica de provincias, de esas que quedan sepultadas bajo toneladas de tinta dedicada a grandes titulares con las salidas de tono pronunciadas desde Madrid por líderes políticos que renuevan con regularidad sus argumentarios. El viaje entre Galicia y Catalunya, precisamente, se completa en menos horas haciendo transbordo en la capital.

El desplazamiento hacia la ciudad condal no ha dejado de ser una aventura habiendo transcurrido ya una cuarta parte del siglo XXI. Una aventura monótona, eso sí, lo cual se puede considerar un oxímoron. El trayecto, si se cumple la previsión, dura todavía más de trece horas. Al comenzar la centuria actual, cuando yo mismo viajé por primera vez en aquella línea, requería más de diecisiete.

Recuerdo la emoción de conocer Barcelona. La novedad de la experiencia volvía menos irritante el desarrollo maratoniano del plan. El compartimento de aquel coche constaba de dos filas de asientos. Tres a cada lado, en línea, unos frente a otros. Butacas amplias y acolchadas, de un beige amable, cálido y desenfadado, y bastante confortables, considerando que nada es suficientemente confortable para garantizar una sensación de agrado que cubra tantas horas de viaje ininterrumpido. Tampoco las literas reservadas por otras personas.

Un par de compañeros de viaje, bastante jóvenes pero algo lejanos a la adolescencia por la que transitaba yo, coqueteaban sin mucha pasión pero también sin disimulo con una atractiva muchacha, espigada y de rizos dorados, que se apeó en la estación de Sarria. Pero disfrutaban y reían, sobre todo, con los chistes que encadenaba un hombre entrado en años. Las historias y las ocurrencias que ligaba con naturalidad fueron adquiriendo una tonalidad más verde, curiosamente, al quedar Sarria atrás, pero se fueron convirtiendo en breves apuntes irónicos más aislados cuando salimos de Galicia y ya había caído la noche.

Apenas imagino un ambiente tan diverso y animado en la cafetería de un tren como el que descubrí allí a la hora de la cena. Me pregunto si aquella afluencia se debía precisamente a la necesidad de buscar formas de interacción, de evasión y de cambio de espacio ante la perspectiva de seguir en aquella máquina hasta el día siguiente o si la principal atracción de aquel coche hostelero consistía principalmente, como creo recordar, en su amplitud y sus posibilidades de servicio al cliente mochilero. Resuena en mi mente un murmullo vibrante, pero todavía era menor de edad y quizá tenía un concepto peculiar de lo que representaba una conversación interesante y alegre.

Había otra frontera, tecnológica y cultural, que la sociedad estaba a punto de superar: la del uso de una reliquia como el walkman en el que yo introduje una cinta de cassette con música para motivarme un poco. Había aprendido de niño a disfrutar como oyente de radio por medio de aquel dispositivo. Algún viajero se propuso completar una obra literaria, y un autodenominado “devorador de libros” le sugirió que el título que portaba era una buena lectura. Entonces aún admiraba a los devoradores de libros. Ahora prefiero a quien los degusta con intensidad y sin prisa.  

La madrugada fue cerrando las puertas a la agitación. El viaje continuaba pero la evasión mental se volvía ya un gran reto. Las luces de una estación de tren, de una urbanización cercana a las vías o de un monumento que brilla en la penumbra gracias a su majestuosidad y a un conjunto de focos dirigidos hacia él suponen, en circunstancias así, acontecimientos que elevan el ánimo y quiebran por un rato la percepción infinita de monotonía.

Cada cual descansa como puede o como sabe hasta que se deja sorprender por un sol anaranjado y tenue que anuncia una nueva mañana. Otra vez, sentimientos renovados: el paisaje se vuelve esplendoroso y adquiere matices o aspectos distintos durante el recorrido. Pero el objetivo continúa lejos. Quien pretende llegar a la última parada sabe que aún deberán transcurrir varias horas para conseguirlo. Quizá por ello, apenas se despereza nadie, al margen de cuánto haya logrado reposar.

No hay nada épico ni aventurero, precisamente, cuando todo sale bien y el programa se cumple. La paciencia de una odisea que se puede tachar de anacrónica puede convertirse en una batallita escuchada con cierto sopor en cuanto la otra persona comprende que tu enorme proeza ha consistido en aguantar el aburrimiento. Mejor sería contar chistes prefabricados y a veces con la gracia que les daba aquel anciano sembrado que intentó amenizar el tiempo de recorrido pese a la dificultad de mantener el tono vitalista cuando la estación de destino parece ubicarse en una dimensión alternativa.