Cine, cine, cine, cine

El ocio no era algo de lo que se pudiese disfrutar a menudo en casa pero, cuando se podía, solíamos ir al cine. Era una de las pocas cosas que hacíamos en familia además de trabajar. Algunos fines de semana, íbamos a Vigo, a ver una peli al Fraga.

Cine
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Recuerdo impresionarme con E.T. y con la valentía de una jovencísima Drew Barrymore con la que empaticé desde el minuto cero, quizás porque teníamos la misma edad. También recuerdo cantar y bailar en la butaca con Enrique y Ana, entender a medias el humor de Summers en “To er mundo é güeno” (ya entonces sentía rechazo por las bromas pesadas) y ver llorar de risa a mi madre con las de Cantinflas. Y no eran mis primeras experiencias ante una gran pantalla pues ya en Domaio habíamos disfrutado de los clásicos del cine mudo y alguna de Joselito en aquella sala improvisada con las sillas de los vecinos a modo de butacas.

En Pontevedra, por menos de cinco duros (ni más ni menos que 0,15€) podías ver estrenos mundiales en espacios tan soberbios como el cine Victoria o el Gónviz. También estaba el Malvar pero era tenebroso y siempre olía a humedad. Mi preferido era el Gónviz pero fue en el Victoria donde vi la película que me marcó para toda la vida. Era la primera vez que iba yo sola con mi madre y aún lo recuerdo como un momento único. Sentía el privilegio de quien camina de la mano de un personaje solemne. La película se titulaba Valentina. La escena de la escopeta me dejó fría pero, a pesar de ello y de la dureza de la trama, me quedé completamente prendada de los dos protagonistas, José, interpretado por un Jorge Sanz recién aterrizado en el celuloide, y Valentina, una Paloma Gómez pecosa y llena de vida pero sin tiempo suficiente para disfrutarla. Quién lo sabía...

Cuando salí del cine, saltando por la calle, le dije a mi madre que de mayor tendría una hija y se llamaría Valentina López. Mi madre se echó a reír y me dijo que eso no era posible porque, si tenía hijos, mi apellido sería el segundo. Yo, que con siete años ya apuntaba maneras de obstinada, le contesté "ya verás", y seguí saltando como una cabra imaginando un final feliz para aquella pareja enamorada. No era consciente de su corta edad. Tampoco lo fui, hasta años más tarde, de que sus nombres eran los mismos que los de mis abuelos paternos. Para mí eran abuelo y abuela, los de Domaio. Sin más. Pero aquel homenaje que quise programar con tanta antelación se convirtió en la mejor manera de honrar su memoria, la de ambos.

Las reuniones familiares con tíos, tías, primos, primas, casi siempre acababan con una sobremesa de cine en el Gónviz. Eran esos momentos en los que no podía ser más feliz, por estar con ellos y por volver a uno de mis lugares favoritos. Allí me enamoré de la ficha roja de Parchís, de Han Solo e Indiana, de Michael J. Fox regresando al futuro o convirtiéndose en lobo, de los maravillosos Goonies, del tierno River Phoenix en aquel “Cuenta conmigo”, de un Freddy Krueger al que nadie quería y de los enormes donuts de chocolate de la Perú, la pastelería que estaba al lado de la entrada, visita obligada a la salida.

El cine entre amigas me animó a continuar la tradición. Con “El bosque animado” descubrí un cine diferente pero igual o más atractivo que el que solía llegar a las pantallas de Pontevedra. Al bandido Fendetestas, del cual también me enamoré, le siguió el Lute y unas “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, primera película a la que fui invitada por mi hermana mayor (¡con su sueldo!), al tiempo que los nuevos cines multisala llegaban a la ciudad y abrían la puerta a un nuevo estilo cinematográfico por el que todavía conservo el gusto. “No me chilles que no te veo” fue la primera cinta que vi en el Filcine. También la primera que me hizo llorar de risa a la vez que provocaba la sensación de que aquello que les sucedía a los protagonistas no tenía ni puta gracia. Otro aprendizaje, el cine puede hacerte reír ante las situaciones más lamentables, llevándote desde el humor a la reflexión. Sensación que, más adelante, ya en la Universidad, se coronó con Benigni y “La vida es bella”. Hablando de la Universidad, cuánto disfrutamos mi otra hermana y yo en las salas de Santiago… Creo que el día que más lo gocé fue en el maratón de Cineuropa, en el que descubrí, por un lado, a Mastroianni en la inmensa “Sostiene Pereira” y, por otro, la enorme diferencia entre las versiones traducidas y las originales.

En el cine disfruté de mi familia, de mis amigos, del llanto y la risa, de las primeras mariposas en la barriga. Aprendí Historia, Geografía, Literatura, Arte (el séptimo y mucho más), Música, Ciencia (Ficción y de la otra), idiomas,... Aprendí de amistad, de pasión, de amor, de todo lo contrario, de retos personales y profesionales, de todo tipo de afectos y efectos especiales. Personajes tan dispares como Han o Freddy me enseñaron a empatizar, a comprender el carácter y el comportamiento de personas con las que no habría compartido ni un solo segundo de vida… De cada película me llevaba varios aprendizajes y todavía me los llevo cada vez que voy al cine hoy en día. Eso sí, en contadas ocasiones porque si fuese tanto como quisiera, sería una ruina… Hagamos cuentas:

En la época en la que el cine costaba 25 pts. (0,15€), ese era el precio de una barra de pan en la de Plácido. Cinco duros. También era el precio de un paquete grande de pipas Facundo, o lo que te costaba llegar a la playa en trolebús, o el Frigo dedo para después del bocata. Si pensamos en los precios de ahora, ¿cuántas barras de pan podemos comprar con el precio de una entrada de cine? ¿Cuántos viajes a la playa? Pipas y helados para un mes, ¡sin hablar del carro de la compra!

Dicen que la gente ya no va al cine, que la culpa es de la tele, de Internet, de la piratería, de Netflix, de la pandemia,… Sin embargo, esta semana, en la que nos han ofrecido una rebaja considerable en el precio de las entradas (que aún da para tres o cuatro barras pero ¡ni tan mal!), se han vuelto a llenar las salas, a pesar de que la cartelera no es para echar cohetes. A ver si va a ser que la gente no consume cine no por falta de interés sino porque no se lo pueden permitir… Al menos por esta vez, quizás la culpa no la tenga el consumidor y solo sea cuestión de poner unos precios más razonables que permitan a cualquier familia llevar a sus hijos al cine sin dejarse la compra esencial de una semana en la taquilla.

Que toda la vida es cine y los sueños, cine son.