Luis 72

Me costó años entender el significado de la palabra "veraneo". Escuchaba a la gente hablar de ello como si fuese la panacea, el sosiego anhelado, la hora feliz de otro año igual de duro y complicado.

Feria
Feria

El verano para mí era la época sin clase pero con más trabajo que nunca; meses de calor pero también de tormentas; kilómetros de carretera en círculos que siempre nos devolvían al mismo lugar. Así que lo de veranear encajaba para mí en un concepto prácticamente opuesto al de la mayoría.

Íbamos de feria en feria, de romería en romería; unos días nos levantábamos de noche, otros nos acostábamos cuando ya amanecía, parar lo justo para comer, "ir al baño" o vomitar. ¿Otra veeez? ¡Espera a que pare! ¡Aguanta un poco! Y así, todos los días... Coche y carretera sin manta, remolcando una caravana de churrero repleta de las enciclopedias que llevaban acompañándome desde que nací. La Larousse, El Mundo de los Niños, la Enciclopedia de la Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente, la Gran Enciclopedia Gallega, los diccionarios de Salvat y Planeta, la Enciclopedia Universal del Arte de Plaza & Janés (o "Plaza and Yeins", como decían algunos clientes eruditos del habla extranjera pero con escasa base ortográfica).

Mientras la gran mayoría estaban en alguna terraza con la única preocupación de evitar que los hielos aguaran la sangría, nosotros tragábamos el polvo de seis desiertos tratando de aparcar aquella caravana endemoniada que iba para donde le daba la gana. Quizás el conductor era algo novato en tales maniobras y nadie le preguntó en el momento de la compra si sabía manejar aquel bicho, ni él preguntó cómo hacerlo. Tenía pasta para pagar.

¿Qué importaba lo demás? El caso es que, cuando al fin lograba dejarla en el lugar acordado con la organización, no había tiempo para celebrarlo pues enseguida llegarían los primeros visitantes y todo debía estar en orden, limpio y con el tocadiscos a toda pastilla. Los Grandes Compositores era uno de nuestros productos estrella. Normal...

Ve a pedir una escoba. Coge la caja que falta en el coche y tráeme agua. ¿Cerraste? ¿Y el agua? ¿Está fresca? ¿Dónde puse mi boli de la suerte? ¿Tienes hambre? El plumero, estos libros están llenos de mierda. Escoge un disco y abre el tomo que le corresponde en el atril.

¡Bien! Al fin llegaba mi parte preferida. Podía pasarme horas hojeando aquellas páginas, escuchando los vinilos, leyendo la historia detrás de aquellas partituras que, aun con mi corta edad, ya se me antojaban piezas únicas en la historia de la Música y de la humanidad.

El Luis 72 era mi sitio preferido para cenar. Hamburguesa con queso y Seven Up. Puede resultar extraño pensar en una niña tan pequeña comiendo sola en un chiringuito pero allí todo parecía estar bien. Compartía barra con currantes de todo tipo y edad. La hija de la rosquillera, de luto cerrado en la ropa y en la mirada; el chico del tiovivo, flaco y espídico, siempre hablando súper alto (este está sordo perdido el pobre, pensaba yo); el de la tómbola reflexionando a viva voz que la Chochona tenía mejor salida que el Perrito Piloto; el señor trajeado del robot de cocina cuyo aspecto y semblante preocupado me resultaban familiares; la de los vinos de Aragón, aquel puesto de los muñecos gigantes bailando una jota robotizada; el gordo de las cintas, con su parsimonia y su cadenón de oro al cuello; el nieto de Galiano, tercera generación de churreros,... Observando a mis compañeros de mesa, me sentía reconfortada, veraneando entre iguales.

Siempre que coincidíamos, no podía evitar fijarme en el niño del algodón de azúcar y en aquellas manos que parecían pertenecer a otro cuerpo. Era el pequeño de cinco y eso me hacía sentir una conexión especial con él a pesar de que nunca habíamos cruzado ni la mirada. Sabía muy bien lo que significaba el lugar que ocupaba en su familia y me lo imaginaba heredando la ropa vieja y usada; durmiendo en la cama más pequeña; bajando la basura y secando los cacharros; sentado siempre con la pata de la mesa entre las piernas; sujetando como un estandarte la antena de la tele o haciendo de mando a distancia cada vez que alguien quería cambiar de canal (menos mal que solo había dos...) Vamos, un completo de hermano pequeño de toda la vida, el eterno novato.

La imagen de ese rol servil cogía fuerza cuando lo veías correteando por los pasillos de un lado a otro, con el bocadillo para Toño, la cerveza de papá, el cambio para mamá,... Y entre medias, hacía y vendía algodón con el arte de un repostero y una sonrisa etrusca que la mayoría de los clientes obviaban. Tan solo alcanzaban a ver la mano que les ofrecía el dulce, minúscula pero cuarteada y arrugada como la de un campesino con seis décadas de sol en la mirada.

Mis reflexiones solían ir en contra del tiempo. De poco servía el Casio blanco que me habían regalado en la Comunión si no le daba el uso apropiado. Bajaba del taburete de un brinco, en un ejercicio arriesgado para mi tamaño, y corría a relevar al que ya estaba impaciente esperando. Entonces era mi momento. Me quedaba fuera de la caravana y, a todo el que se acercaba, le explicaba las ofertas con pelos y señales tal como había escuchado cientos de veces, incluyendo hasta los chistes pero tratando de evitar los datos que sabía inventados.

En una ocasión, se acercó una pareja hablando un gallego suave y refinado. Eran profes de colegio y venían con el claro propósito de hacer la pregunta del millón: ¿Se é a Enciclopedia Galega, por que está escrita en castelán? Intenté responderles en galego, dando la “respuesta tipo” (más falsa que Judas) pero no encontraba las palabras adecuadas, mi voz temblaba y titubeé hasta que perdí el hilo de lo que tenía que decir. Noté mi cara encarnada y la cabeza a punto de explotar. La compraron igualmente pero no sentí ni un ápice de victoria porque estaba convencida de que ya venían predispuestos a ello o, aún peor, que lo habían hecho por pura lástima, lo cual me daba una rabia infinita. Quería ganarme las cosas por mérito propio, no por dar pena a nadie.

Ese día fui consciente de dos claves importantes para mi vida: La primera fue que no sabía hablar el idioma de mis abuelos y mis padres, MI idioma. Y quería aprender. La segunda, que no podía vender con argumentos falsos o que no me convencían, por lo que, según López, nunca sería una buena vendedora. Lo del tremendo orgullo ya lo sabía desde el parvulario. De lo que no me enteré hasta que pasó algún tiempo es de que acababa de malvender una Gran Enciclopedia Gallega a los fundadores de Fuxan os Ventos en edición de lujo. Y no por sibaritas sino por castelaístas.

Cada verano siento nostalgia de aquellos tiempos. Aquel ambiente de feria, tragando polvo de día y humedad cada noche, forjaron mi capacidad inhumana para el trabajo pero también para la fiesta. Lo que más añoro son aquellas cenas, rodeada de personas desconocidas y a la vez familia. Recuerdo con claridad cada una de aquellas historias de vidas tan dispares y a la vez tan parecidas. Todos los años me acerco a alguna fiesta de pueblo y me quedo hasta la hora de la verbena, observando, recordando, comprobando enternecida a la vez que consternada que todavía quedan niños esclavos de la feria, de sus padres, del destino... Y aún así, por lo general, parecen niños felices. Yo también lo era. Después de todo, no sé si me gusta más veranear como la mayoría o como yo lo hacía.

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