Resiliencia ilustrada

Cuando el trabajo se lo permitía, se quedaba sentado en el muro de la casa de tía Pastora observando embobado los barcos que pasaban por la ría y preguntándose cómo podían flotar con el peso que tendrían...

Resiliencia ilustrada
Resiliencia ilustrada

Se imaginaba trabajando en uno de ellos, navegando y viajando por el mundo, aunque intuía que no podría hacerlo porque no sabía nadar. Papá tampoco. O eso decía. También soñaba con tocar la batería y, ¿quién sabe?, llegar a ser admirado algún día por su talento... Lo que más le llamaba la atención de aquellas embarcaciones era el inexplicable sistema de iluminación que tenían por la noche. Las veía en medio del mar desde su habitación y recordaba aquel poema de la Enciclopedia Álvarez que la maestra le había mandado aprender ¿Y si eran luciérnagas gigantes amaestradas por sapos envidiosos? Lo que estaba claro es que algo mágico lograba mantener las luces prendidas flotando hasta el alba. Había oído hablar de la Santa Compaña pero aquello se le antojaba aun más misterioso.

Trabajó tanto y desde tan niño que no recordaba el momento en que comenzó a hacerlo. Era su obligación, había que traballar moi duriño pra comprar unhaz zandaliaz. Su madre siempre recordaba esta frase con mucho cachondeo, a sabiendas de que a él no le gustaba. Y no porque le hiciera revivir miserias sino porque tanta zeta junta lo llevaba a uno de los recuerdos más duros de su infancia, cuando regaló al asfalto de Vigo una fila entera de dientes al apearse de un autobús en marcha, creyéndose en uno de los tranvías en los que estaba acostumbrado a moverse por la ciudad hostil. Sí, la puerta estaba abierta y él era todavía muy joven como para ser consciente de la diferencia de velocidad aunque no lo suficiente como para tener la suerte de haber perdido los dientes de leche.

Probablemente, además de despedirse para siempre de su recién estrenada dentadura de adulto, también tuvo que sufrir la ira de unos padres que no sabían criar ni educar sin castigo a su único hijo, después de haber sobrevivido a la guerra desde el escondite y la absoluta pobreza, y haber construido un hogar seguro a partir de la rabia producida por el instinto de supervivencia. Nunca los culpó. Tan solo se prometió a sí mismo hacer todo lo posible porque a su familia no le faltara el pan en la mesa ni un solo día y, para ello, abandonó su sueño de convertirse en músico y buscó un oficio que le asegurase un buen sueldo y un futuro digno aunque lo mandaran al Gran Sol, pero no como marinero sino como soldador.

Las caídas marcaron su existencia. La segunda fue antes de embarcar, en el que iba a ser su último trabajo en tierra firme. Por algún motivo, perdió el equilibrio y descendió en caída libre desde una plataforma de siete metros de altura, con las manos por delante y la suerte a su favor, si es que lo contrario era la muerte. Milagrosamente, se puede decir que SOLO se rompió las dos muñecas. Hubo que reconstruir cada uno de los huesos de los carpos a base de clavos minúsculos. Dieciséis alfileres clavados en sus manos cosidas estilo Frankenstein que hicieron de los meses de hospital un auténtico calvario, nunca mejor citado. Tan solo a un kilómetro del mítico barrio se encontraba Fátima, el lugar donde se paró el tiempo y se esfumaron sus sueños, todos, incluso el necesario, el reparador. Su mujer se convirtió en manos, apoyo y paño de lágrimas. Por momentos, en su delirio, la acusaba de enemiga cuando no le permitía excesivas visitas de su amante cruel pero eficiente. La morfina, como sucede con los falsos amores, cambió su carácter de por vida.

Un soldador tiene que tener un pulso como el acero que ha de soldar. La debilidad y los temblores lo acompañaron durante décadas, así que hubo que reinventarse. Empezó vendiendo enciclopedias a puerta fría, después en fiestas y verbenas, luego en ferias y exposiciones. Poco a poco, con el sacrificio y el trabajo de toda la familia, se hizo un hueco entre los mejores vendedores del país y se mantuvo en aquel exclusivo grupo hasta que la tecnología irrumpió en las casas e Internet se convirtió en el principal método de búsqueda de información, destruyendo toda la actividad empresarial de las editoriales para las que trabajaba. Tercera caída.

Lejos de rendirse, buscó la manera de levantarse una vez más y encontró un nicho de mercado en el que se movía como pez en el agua, hasta el punto de llegar a crear su propia empresa y método de ventas. Hubo de todo en esta nueva etapa comercial, dos décadas de aprendizaje en las que tuvo que dejar atrás mucho de lo que sabía para, una vez más, reinventarse y adaptarse a los tiempos. Volvió a hacerlo. Se convirtió nuevamente en uno de los mejores y pudo llegar a la jubilación con la tranquilidad de haber logrado lo que desde niño se había propuesto: No volver a pasar necesidades.

La resiliencia es un término relativamente moderno que define la capacidad ancestral que tenemos la mayoría de las personas de recuperarnos ante las adversidades y continuar luchando por nuestros objetivos vitales a pesar de los obstáculos. Vamos, que viene siendo eso de caerse 100 veces y levantarse 101. Es cierto que lo más cómodo es quedarse en el suelo, en la queja, en el lamento. Pero volver a empezar una y otra vez es lo que realmente cuesta y lo que tiene más mérito.

La última caída ha sido la peor pero estoy segura de que no se rendirá y volverá a levantarse porque todavía le quedan ganas de reír y eso es síntoma de resistencia, de fuerza, de VIDA. Mientras tanto, yo reclamaré a Wikipedia que ilustren con su rostro la definición de resiliencia.

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