La soledad del Community Manager

Mi primera experiencia como Community Manager fue hace ya una década, cuando la mayoría no sabía que existíamos y los que sabían nos tomaban por el pito del sereno (literal).
No soy invisible
No soy invisible

Un CM era alguien a quien le encantaban las redes sociales, incluso de más, y por ese motivo se dedicaba a pasar más horas que nadie en ellas y de paso, mover alguna información de la empresa de su tía o del evento en el que colaboraba su artista favorito. Por pura diversión o interés o qué sé yo… 

La primera lucha que tuve que lidiar fue en el entorno familiar. Hacer comprender a una persona de más de 60 años que lo que estás haciendo todo el santo día en Facebook, Twitter o similares es TRABAJAR… Complicado. Pero la situación se vuelve caótica cuando tienes que explicarlo incluso a las más jóvenes con el agravante de convencerles cada día de que aunque estés en casa, en pijama y zapatillas, sentada en el sofá o con la comida a medio hacer, estás TRABAJANDO. Incluso en el parque de paseo o haciendo la compra, a veces tienes que coger el móvil y comprobar que está todo OK, contestar, interactuar,… Y no, no es ocio, es TRABAJO. 

Aun con todas las dificultades y el viento en contra, recuerdo la inmensa ilusión que me hacía participar en el primer evento para el que hice la campaña íntegra en redes sociales. Era la primera edición de lo que sería un clásico en la programación de actividades dirigidas al desarrollo personal en la ciudad de Pontevedra. Yo ya estaba muy metida en ese jardín y se me presentó la oportunidad de asistir a todas las ponencias del programa como la “CM oficial” del congreso. No podía estar más feliz... Semanas antes del inicio, preparé un plan de acción para comenzar a mover la información y los datos de inscripción. Trabajé mano a mano con el coordinador del evento, me puse en contacto con todos los ponentes, los seguí en redes y empecé a crear contenido que hiciese todavía más atractiva una programación que ya de entrada me parecía la bomba. Solo uno de esos ponentes contestó a mis mensajes y propició la difusión de todo lo que empezábamos a publicar en la campaña. Solo uno. 

Lejos de desanimarme, seguí creando contenido, moviendo la información desde los perfiles propios del congreso y desde los míos también (error de principiante), etiquetando a todas las personas que se suponía eran las primeras interesadas en que se llenase el salón de actos. Pasaban los días y la interacción era prácticamente nula. La sensación era de absoluta invisibilidad excepto para una persona que comentaba, interactuaba y compartía todo lo que se publicaba. 

Comenzó el congreso. El primer día llegué muy temprano. Me senté en un lugar estratégico entre el público, móvil con wifi activado, carga completa y cargador a mano para tener todo listo en cuanto iniciasen las ponencias. Disfruté muchísimo de todo el programa. Me reí, me emocioné por momentos, incluso lloré… Pero no dejé de atender a mis obligaciones como CM ni a la hora del café que aprovechaba para sentarme en el suelo al lado de un enchufe y seguir publicando contenido mientras le daba un respiro al teléfono, mi primer smartphone (¿os acordáis lo que duraban las baterías entonces? Pues eso…) 

En el acto de clausura, el coordinador del evento subió al escenario visiblemente emocionado y concluyó con un discurso precioso sobre la importancia de rodearse de las personas adecuadas y trabajar en equipo para obtener resultados como el que estábamos presenciando en ese momento, un éxito absoluto de convocatoria y ejecución. Entonces, empezó a llamar a los ponentes para que se unieran a él mientras el público aplaudía sin cesar. Después pidió al resto del personal que subiese también a acompañarlos y compartir ese aplauso. Uno a uno fue reclamado en el escenario y con cada uno se notaba más emoción entre abrazos y manos cogidas ante un público ya puesto en pie. Yo aplaudía con más fuerza a cada persona que se presentaba y me sumaba a los vítores con una sonrisa de plena satisfacción y los ojos empañados. Sentía un orgullo inmenso viendo a todo el equipo recibiendo aquel merecido aplauso. Espera… ¿A todo el equipo? 

Llegué a casa con sentimientos encontrados. Sabía que todo había salido a la perfección pero no comprendía por qué se me había dejado fuera de la celebración. Solo una persona, solo una, tuvo el detalle de escribirme ese mismo día para agradecer y valorar todo el trabajo que había hecho en las redes. La misma que había estado en constante comunicación conmigo y que todavía hoy en día tengo la gran suerte de conservar como uno de esos “amigos virtuales” que llegan para quedarse hasta parecer familia, aunque solo los hayas visto dos veces en tu vida. 

Me consta que estas situaciones siguen siendo muy habituales a día de hoy. También la incomprensión y el menosprecio general por el trabajo del CM. Escuchamos continuamente frases del tipo “qué suerte que te paguen por estar todo el día con el móvil”, “eso lo hace hasta mi hijo de 8 años”, "yo es que no tengo tiempo como tú, sino lo hacía yo mismo", “claro, como a ti te gusta ese rollo, no te cuesta hacerlo”… 

¿Hasta cuándo tendremos que escuchar este tipo de discursos? ¿Hasta cuándo vamos a ser invisibles para nuestros propios clientes o jefes? ¿Hasta cuándo tendremos que estar justificando nuestra labor? No necesitamos un altar, ni flores a la salida de la oficina. Ni siquiera es necesario que se nos ponga cara porque la parte visible de nuestra labor es la mejor imagen que podamos ofrecer de la empresa, el producto, el servicio,... Pero a ver, ¿a quién no le gusta que le valoren un buen TRABAJO? Suma y sigue. 

Eternamente agradecida, Roberto

 

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