Un día todo empieza

Era uno de esos días con olor a tierra seca. El camino a casa se convertía en un  auténtico placer cuando el clima acompañaba. Solíamos entretenernos con la  mínima, con tal de retrasar la llegada, aún sabiendo que eso supondría una bronca  segura.
Como virutas de hierro
Como virutas de hierro

Ella jugaba con sus rizos mientras me contaba la última del energúmeno de su novio completamente ajena a lo que sucedería en pocas horas y que cambiaría  para siempre el rumbo de una amistad que parecía inquebrantable.  

En su peto vaquero, mis notas de la evaluación final asomaban burlonas por el  borde del bolsillo, desvelando más acontecimientos futuros que la primera frase de  "Crónica de una muerte anunciada". No podía llevarlas a casa... Cuando llegamos al  punto donde cogíamos rutas diferentes, nos paramos y le hice prometer que no enseñaría a nadie el boletín. Supe que me estaba mintiendo mientras afirmaba con  la cabeza pero no acerté a adivinar el motivo por el que tanto deseaba llegar a su  casa y mostrar a todos mis pésimos resultados. Estaba harta de que siempre la compararan conmigo y con mis notas y mis estudios de música y mi trabajo en el  negocio familiar y el baile tradicional y el coro... ¡Hasta las narices, vaya! 

Ya daba igual… Me iban a cazar tarde o temprano así que solo quería llegar a casa, soltar la trola lo más rápido posible, meterme en la habitación corriendo y poner el  "Use Your Illusion II" a todo volumen mientras escogía concienzudamente la ropa que me pondría para ir a Vías. Empezaban las vacaciones de verano y la idea del  castigo en clausura planeando sobre mi cabeza hacía que mis ansias por salir  aquella tarde fuesen todavía más acentuadas que de costumbre. 

En la calle Marquesa estaba la salida de emergencia que nosotras convertíamos en  entrada de emergencia cuando estaba el portero cabrón que pedía los carnés. El  mayor de la panda esperaba un rato dentro y cuando veía que nadie lo observaba,  subía las escaleras del fondo y nos abría aquella pedazo puerta doble donde esperábamos siete u ocho niñas que, como en una coreografía silenciosa de sobra ensayada, entrábamos y nos sentábamos en las escaleras con la discreción y la rapidez propias de un ilusionista. Aquel truco del “ahora me ves” a la inversa nos premió con momentos de alegría tan potentes que, tres décadas después, todavía perduran en el recuerdo como anclaje de la felicidad más sencilla e inocente. 

Ese día, llegó más tarde pero pudo entrar sin problema porque el portero cabrón que pedía los carnés era también su novio, el energúmeno. En vez de venir a nuestro encuentro, se quedó con él en la puerta, sentada en el taburete y  mirándonos desde lo alto con el rabillo del ojo. Sabía que su madre había hablado con la mía acerca de las notas y que la había cagado rompiendo su promesa. Entonces, don portero decidió tomarse una Heineken y bajaron a la barra donde comenzó lo que parecía otra discusión de tantas…  

Aburrida de presenciar a diario sus escenas de matrimonio, los observé durante un rato desde las escaleras de emergencia mientras bailaba y cantaba a coro con las demás el “Déjame” de los Secretos. Pero aquel día, cuando pretendía centrarme en  la diversión nuevamente, en un último vistazo pude comprobar cómo la bronca parecía ir a más y, de repente, mis pies se detuvieron, mi garganta se secó, mi cuerpo se quedó helado y llegó el chispazo que atravesó mi columna y me hizo  avanzar a tres escalones por paso, situándome entre ellos incluso antes de  pensarlo.  

Un día todo empieza. Ves una señal, reconoces el gesto, sabes lo que viene después, te metes en medio y sucede que un energúmeno que te saca medio metro, literal, te coge por el cuello, te levanta y te pone a su altura contra la pared mientras escupe  palabras a un centímetro de tu cara que eres incapaz de oír porque el terror lo inunda todo dentro de ti. Sucede que, en medio del caos, giras la vista en busca de socorro y ves cómo las personas que estaban a vuestro alrededor, han retrocedido como virutas de hierro hacia un campo magnético. Buscas en las escaleras a la persona que acaba de susurrarte al oído lo bonita que estás y lo ves petrificado, mirando la escena a lo lejos. Buscas a tu amiga del alma pero no alcanzas a verla porque la tienes justo debajo, llorando y rogando al portero que te suelte, que no has hecho nada. Y tú, ahí arriba, morada, a punto de perder el conocimiento, solo  quieres gritar TÚ TAMPOCO HAS HECHO NADA.

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