“Nadie te enseña a seguir… cuando lo que te sostenía ya no está.”
Hay un momento en el que todo cambia de sitio.
No hace ruido, pero lo mueve todo.
De pronto, lo que era rutina se vuelve vacío.
Lo que era certeza, duda.
Y lo que era hogar… ya no sabe igual.
Y sigues. Claro que sigues.
Porque no queda otra.
Pero nadie te explica cómo se hace eso.
Cómo se camina cuando algo dentro de ti se ha quedado quieto.
Cómo se sonríe sin sentirte un poco impostor.
Cómo se responde “bien” sin que se te rompa la voz por dentro.
Entonces aprendes.
No porque quieras… sino porque toca.
Aprendes a convivir con la ausencia sin nombrarla en cada frase.
A reconstruirte sin planos.
A entender que hay partes de la vida que no vuelven… pero tú sí.
Distinto.
Más lento.
Más consciente.
Y un día —sin darte cuenta— algo cambia.
No fuera. Dentro.
Ya no duele igual.
No porque haya pasado… sino porque has aprendido a sostenerlo de otra forma.
Y entiendes que seguir no era olvidar.
Era aprender a vivir con todo lo que ahora eres.
Incluso con lo que falta.