Armas nucleares
80 años de Hiroshima y Nagasaki: radiografía de una amenaza más viva que nunca
Preservar la memoria de esos hechos resulta especialmente importante en un mundo marcado por crecientes tensiones geopolíticas, con potencias enfrentadas por la hegemonía global y una desaforada carrera armamentística internacional. Las tensiones entre bloques, las amenazas nucleares explícitas o veladas y los conflictos abiertos en distintos continentes hacen que el peligro de una guerra de alcance mundial ya no parezca tan distante.
El ejemplo de la tragedia de Hiroshima y Nagasaki
Cuando el gobierno y la cúpula militar de Estados Unidos comprobaron que la bomba nuclear funcionaba, su uso sobre Japón se dio casi por sentado. La cuestión para los planificadores militares no era si la usarían, sino cómo lo harían. Tras la prueba exitosa del 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México y pese al terror que el ensayo provocó en multitud de los asistentes, el arma más destructiva desarrollada hasta entonces se convirtió en una herramienta de presión para forzar la rendición del país nipón. Incluso conociendo las pocas probabilidades que existían de que Japón cediese, pues bien sabidas eran las cualidades de su tradición militar y cultural.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, un bombardero B-29 lanzó la bomba llamada «Little Boy» contra Hiroshima. Con más de 4 toneladas y 64 kilos de uranio, la explosión liberó una potencia equivalente a 16 kilotones de TNT, matando instantáneamente a unas 70.000 personas y dejando heridas o marcadas de por vida a decenas de miles más. El calor y la radiación destruyeron casi todo en un radio de kilómetros, y la lluvia negra contaminó tierra, aire y agua, dejando secuelas genéticas que todavía a día de hoy se estudian.
Tres días más tarde, el 9 de agosto, se lanzó la segunda bomba, «Fat Man», de plutonio, sobre Nagasaki. Ese ataque fue ejecutado con otro B-29.La explosión liberó cerca de 20 kilotones de TNT y causó la muerte inmediata de más de 70.000 personas. Ambos ataques no solo destruyeron ciudades enteras y acabaron con la vida de miles de inocentes, sino que convirtieron el terror nuclear en un nuevo eje de poder global.
Para entonces, el contexto diplomático ya estaba marcado por la conferencia de Potsdam, donde Truman forzó la rendición japonesa, alardeando del poder devastador de esta arma. El 15 de agosto, tras el pánico provocado por la destrucción sin precedentes y sumado a la invasión soviética de Manchuria, el país nipón hizo oficial su rendición. El 2 de septiembre se firmó el acta que puso fin a la Segunda Guerra Mundial.
Pero el costo fue insoportable: cerca de 200.000 personas murieron por los efectos agudos y diferidos de las bombas estadounidenses. La magnitud del horror se reveló durante los años posteriores, conmoviendo al mundo entero. Cada agosto se celebran actos de memoria que exigen el desarme nuclear que nos aleje de una vez por todas de la amenaza de revivir una tragedia semejante o todavía peor.
Los tambores de una temida III Guerra Mundial
Después de ochenta años de la fatídica fecha, el planeta sigue marcado por la violencia. Según el Índice de Paz Global del Instituto para la Economía y la Paz, hoy se registran más de 50 conflictos armados activos que involucran a 92 países, lo que refleja el mayor nivel de confrontación desde la Segunda Guerra Mundial. Pese a que muchos son conflictos internos, sobre todo en África y Asia; la preocupación no deja de crecer a la la vista de la dimensión internacional que han adquirido varias guerras.
Entre las más alarmantes están el conflicto entre Israel y Hamas, que ha derivado en el terrible genocidio del primero contra el pueblo palestino. tras la invasión del 7 de octubre de 2023, que dejó 1.200 israelíes muertos, la brutal ofensiva militar israelí se ha cobrado la vida de más de 45.000 civiles en Gaza, generando una creciente tensión con otros países de la región y con potencias como Irán. Una espiral de violencia que llegó a su punto álgido cuando Estados Unidos atacó directamente instalaciones del programa nuclear Iraní, provocando una escalada de las tensiones que sacudió a Europa, Paquistán, Rusia, China y muchos otros socios de ambos bandos.
Otro epicentro de las preocupaciones bélicas es Ucrania. Desde la invasión rusa de febrero de 2022, el país ha sufrido la destrucción sistemática de ciudades, infraestructuras y centros económicos, con más de 100.000 muertos y millones de desplazados. El conflicto ha puesto de manifiesto la fragilidad del equilibrio en el continente europeo y el abrumador fracaso de la diplomacia internacional. Alrededor de esta guerra ha sobrevolado siempre la amenaza rusa del uso de armas nucleares tácticas.
A esto se suman guerras civiles como la de Siria que ya suma cerca de medio millón de muertos desde 2011 y Yemen que deja un recuento de más de 300.000 víctimas desde 2014. También existen conflictos que parecen haberse cronificado en Burkina Faso, Somalia, Sudán, Myanmar o Nigeria. América Latina por su parte, tampoco se escapa. En Colombia persiste todavía hoy la violencia perpetrada por grupos armados. Países como Venezuela o México enfrentan altísimos niveles de criminalidad y violencia estructural.
El primer cuarto del siglo XXI, lejos de convertirse en un tiempo de paz y convivencia global, ha venido marcado por el crecimiento del número de frentes armados, alimentados por rivalidades geopolíticas, disputas económicas, tensiones religiosas y étnicas, y una industria armamentística que se frota las manos mientras llena sus bolsillos.
La espada de Damocles de las armas nucleares
La posibilidad de una guerra nuclear es la forma más extrema y terrorífica de destrucción entre estados y hoy parece acercarse a toda velocidad. Durante los años de Guerra Fría, la amenaza era contenida de alguna forma perversa por la lógica de la disuasión mutua entre dos bloques que podían hacerse desaparecer el uno al otro. Sin embargo, el mundo ha cambiado hacia la actual realidad multipolar, con más actores que poseen o aspiran a poseer armas nucleares. Una realidad que ha erosionado el aquel ya precario equilibrio y ha disparado la incertidumbre.
El terrorismo nuclear, la inestabilidad de unos nada fiables líderes con arsenales nucleares y la tentación de usarlos para ampliar su influencia global… son algunos de los factores de enorme riesgo. Las tensiones prolongadas en Oriente Medio o el Indo-Pacífico, sumadas a una carrera armamentística y a la posibilidad de ciberataques contra sistemas de control nuclear, agravan todavía más la amenaza.
Pese a los más que conocidos peligros, en la actualidad, el mundo conserva un arsenal nuclear enorme. Según datos de la Federación de Científicos Estadounidenses, hay aproximadamente 12.241 armas nucleares en manos de nueve países. La gran mayoría se encuentran en Estados Unidos y Rusia, que entre ambos acumulan casi el 90 % de las ojivas: alrededor de 5.177 en EE.UU. y 5.459 en Rusia. China ostenta unas 600, Francia unas 290 y Reino Unido alrededor de 225. India y Pakistán cuentan con unas 180 y 170 respectivamente; Israel, de forma opaca, con cerca de 90; y Corea del Norte mantiene unas 50.
La mayoría de estas armas siguen en stock militar. Más de 3.900 están desplegadas en misiles o bases, y cerca de 2.100 permanecen en alerta inmediata. Esta concentración de instrumentos letales, con Estados Unidos y Rusia modernizando sus arsenales, y China ampliando el suyo a ritmo de unas 100 nuevas ojivas al año; supone una evidente amenaza creciente.
El Centre Delàs d’Estudis per la Pau recuerda que la mera existencia de estas armas supone una amenaza constante y no sólo por el riesgo del uso consciente de algún estado. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se han documentado decenas de accidentes nucleares graves: aviones o submarinos que transportaban armas se han hundido o incendiado. También han existido falsos avisos de ataques que estuvieron muy cerca de desencadenar una catástrofe. El margen para reaccionar ante un presunto ataque nuclear es brevísimo. Se calcula que de menos de media hora entre Rusia y Estados Unidos. Esto multiplica el riesgo de errores fatales.
Las consecuencias de un uso, por muy escueto que este fuera, serían catastróficas: millones de muertes inmediatas, enfermedades por radiación, destrucción de ciudades y una alteración de la atmósfera que reduciría drásticamente la producción agrícola, poniendo en riesgo la alimentación de miles de millones de personas en todo el planeta.
La única forma real de evitar este peligro es la eliminación absoluta de las armas nucleares. Por eso resulta esencial promover tratados como el de Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), que entró en vigor en 2021, y al que los estados reticentes a ratificarlo, entre ellos España, deben sumarse si quieren evitar que el horror de Hiroshima y Nagasaki se repita.