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El 137: radiografía de un problema complejo

 La sensación de inseguridad percibida en el barrio de Os Mallos ha disminuido considerablemente. Sobre todo si la comparamos con años anteriores, cuando la inmensa mayoría de sus habitantes sentía miedo y veía como una urgencia la atención a la delincuencia en sus calles. Sin embargo, queda un especial foco de conflicto que sigue siendo protagonista en muchas de las conversaciones que a este respecto se mantienen en la zona.

El 137: radiografía de un problema complejo
El 137
El 137

Hacer negocio de la necesidad

Drogas, peleas y basura: son las tres palabras con las que el barrio de Os Mallos relaciona el número 137 de la Ronda de Outeiro. Un edificio que no deja de causar polémica y acerca del cual cada vez sabemos más detalles.

Cuando alguien pasa por delante de la fachada de la vivienda, asume rápidamente que se trata de un edificio ocupado. El mal aspecto, la suciedad, las pintadas y el ambiente general llevan a esta conclusión precipitada. Sensación que se intensifica al ver el trasiego habitual de la policía por la zona, las entradas de operativos en el edificio y, más aún, al escuchar los comentarios de quienes viven en la zona o regentan un comercio alrededor, que señalan que no solo hay peleas, basura y ruido constante, sino que todos saben que se trata de un punto habitual de venta y consumo de drogas.

Ya en 2021 una manifestación realizada en el barrio contra la ocupación y la delincuencia se detuvo frente a esta fachada, señalándola como uno de los puntos negros del barrio. Sin embargo, y contra todo pronóstico —mejor dicho, contra todos nuestros estereotipos y prejuicios—, el número 137 no es un edificio ocupado. Muy al contrario: los inquilinos pagan entre 200 y 400 euros por habitación para vivir en pisos compartidos y en unas condiciones infames de salubridad.

El 137 tiene cuatro alturas y dos viviendas en cada una de ellas, con hasta siete habitaciones disponibles para alquilar tanto a personas individuales como a parejas. Los pisos no tienen zonas comunes y su estado es lamentable. Más allá del portal, la suciedad campa a sus anchas: colillas, envoltorios plásticos y todo tipo de basura se acumulan en las escaleras. Los desconchones y las moscas son el decorado habitual del edificio. Una situación que se replica en el patio compartido con los otros bloques, en el que se ven botellas rotas y otros residuos que animan a las aves a campar a sus anchas, haciendo colectivo el problema sanitario.

El paisaje no cambia demasiado dentro de los pisos. “Se cae el techo, las vigas maestras están al aire, las tuberías son de plomo… Llevamos cinco meses duchándonos con una manguera porque la ducha no tiene alcachofa, ni cortina ni nada. No funciona la cisterna. Está todo que da asco”, nos cuenta uno de los inquilinos que comparte vivienda con otras cuatro personas. “El dueño no se responsabiliza de hacer los arreglos. No nos vamos porque no tenemos otro sitio adonde ir”, añade su pareja. “Al dueño ya le han dicho que pusiera solución rápido y que viniera a fumigar… estamos cargados de chinches”, relata el hombre.

Las condiciones lamentables del 137 no solo han sido denunciadas por el vecindario y los inquilinos, sino que han sido contrastadas por un equipo municipal. El pasado 27 de octubre, a las 10:00 de la mañana, se puso en marcha un operativo formado por Policía Local, bomberos y miembros de los servicios municipales de seguridad ciudadana y servicios sociales para dar respuesta a las innumerables denuncias interpuestas contra el inmueble. Los técnicos entraron en el edificio para comprobar la situación y, por su parte, los bomberos retiraron un cristal que estaba precariamente sujeto con un colchón y que suponía un peligro inmediato. Fuentes municipales informaron, tras la visita, de que el propietario sería requerido para que adopte medidas de seguridad e higiene mediante la apertura de un expediente. También señalaron que no existe ningún daño estructural importante en el inmueble, tras haber sido inspeccionado por los técnicos de la sección de ruinas del ayuntamiento, borrando de un plumazo las esperanzas de algunos vecinos y vecinas que esperaban un desalojo que no procede, al no encontrarse ningún motivo fundado para tal extremo.

Resulta evidente que, en lo que a la circunstancia de precaria salubridad que el edificio mantiene se refiere, hay un responsable último y principal: un dueño que continúa haciendo negocio de un inmueble que, a duras penas, puede sostenerse como un lugar habitable, que cobra alquileres pero no invierte. En definitiva, se aprovecha de la imposibilidad de estos inquilinos de encontrar una alternativa para someter a los arrendados a una situación extrema. Nadie está dispuesto a pagar 400 euros por una habitación plagada de chinches si pudiera encontrar otra solución. En definitiva: el 137 de la Ronda de Outeiro es un negocio lucrativo que se aprovecha de la situación de exclusión social de algunas personas.

Drogas, conflictos y violencia

Sin embargo, la problemática que la vecindad denuncia va más allá de las circunstancias higiénicas. De hecho, la mayoría de las quejas están relacionadas con los problemas de convivencia, las peleas, la violencia y con una sensación de inseguridad y mal ambiente que rodea al edificio.

No son pocas las llamadas que los cuerpos de seguridad reciben al respecto de este inmueble. Las discusiones y los conflictos son plato cotidiano en el lugar. Ha protagonizado en múltiples ocasiones los titulares de noticias. Por ejemplo, en septiembre de 2022 la policía y los servicios de emergencia tuvieron que acudir a atender una paliza grupal. Un vecino, molesto con los ruidos del edificio y tras discutir a gritos en la calle, se avalanzó contra los inquilinos con un palo. Estos lo sacaron a golpes y patadas. Aunque finalmente ninguno de los implicados quiso interponer denuncia.

El colmo de estas situaciones llegó el pasado septiembre, cuando una pelea entre dos compañeros de piso del edificio se saldó con una puñalada. El incidente colmó la paciencia de los vecinos y vecinas, que señalaron: “Todos los días pasa algo nuevo.”

Pero no solo los comercios y el vecindario de los alrededores sufren este contexto conflictivo. Los mismos inquilinos e inquilinas del 137 reconocen que la situación es complicada y molesta para ellos. Reconocen también que en el inmueble hay consumo y menudeo de drogas. “Se meten ahí a fumar. A veces hay que echarlos a las malas porque no dejan dormir y se van todos para abajo”, cuenta uno de los habitantes.

Más allá del 137

Pero ¿qué hay “abajo”? Un tramo de la Ronda que trasciende al edificio en cuestión y donde se replican las mismas quejas y denuncias. El fenómeno es curioso: pareciera que la tensión se palpa en el ambiente cuando alguien encara el tramo de acera entre el 129 y el 143 de la Ronda de Outeiro. Son muchas las personas que cruzan la calle, sobre todo a medida que avanza la tarde y crecen los dos grupos que se reúnen habitualmente en la zona.

Para los vecinos y vecinas no supone ninguna novedad y han optado por evitar ese tramo todo lo que pueden. Tampoco es infrecuente la presencia policial. La vecindad se ha terminado por acostumbrar incluso a las redadas aparatosas y a las intervenciones de las autoridades que, a largo plazo, no han conseguido gran cosa.

Desde hace unos cinco años esta acera se ha convertido en una especie de discoteca al aire libre donde diferentes grupos de personas se juntan a beber hasta la madrugada. Así lo vienen denunciando un vecindario cansado de los ruidos, las peleas y la basura. Los comerciantes han contado en numerosas ocasiones que, cada mañana, tienen que recoger de los alrededores todo tipo de desperdicios, cuando no baldear los rastros de sangre de las riñas nocturnas.

Soluciones y porvenir

Resulta complicado, por no decir imposible, ofrecer soluciones rápidas y radicales a problemáticas multifactoriales como lo es esta. Es fácil dejarse llevar por el pensamiento simplista de creer que, tapiando el 137 y aumentando la presencia policial, la situación quedará zanjada. Sin embargo, por diversas razones, el primero de los extremos no resulta posible y el segundo de ellos ya está en marcha. Sin duda, cuestiones como estas mejoran la sensación de seguridad en la zona y son necesarias, pero se quedan cortas o, en el mejor de los casos, se convierten en una solución más cosmética que efectiva.

Y así continuamos perpetuando una problemática que se convierte en un conflicto cronificado en la convivencia de los barrios y que amenaza con escalar en los procesos de violencia. La intervención en tensiones de esta magnitud ha de abordarse transversalmente, con equipos multidisciplinares, probablemente con servicios sociales a la cabeza. Pero, sobre todo, aproximándose al hecho como lo que es: un conflicto comunitario. Históricamente, a lo largo y ancho del mundo, han existido multitud de ejemplos de circunstancias muy parecidas a la que padecemos en esta zona de Os Mallos, resueltas mediante un proceso de mediación comunitaria que fomente el encuentro de un punto común y negociado que pueda asegurar el mantenimiento de un equilibrio.

Os Mallos debe continuar exigiendo el fin de extremos que perjudican su comercio, su convivencia y la calidad de vida de los vecinos y vecinas, pero ha de hacerlo con la conciencia de cuál es el proceso que enfrenta para poder señalar, con profundo conocimiento, a los responsables en la búsqueda de esas soluciones.

El 137: radiografía de un problema complejo