Cuando se rompe una relación sentimental
Lo asombroso es que nos cuesta una barbaridad soltar. Convertimos a esa persona en un apéndice nuestro y surge el sentimiento de propiedad y, así mismo, el miedo al abandono, al rechazo y a la soledad. La neurociencia evidencia que esto activa los mismos circuitos cerebrales que el dolor físico. Por ello, ante la necesidad de la caricia afectiva, nos sometemos a ella aunque sea en formato de golpes.
La tolerancia a la frustración es clave. Hace poco escuché una definición de madurar muy acertada, dice así: madurar es la capacidad de aceptar las cosas como son y no como nos gustaría que fueran.
Y ahí está: aceptar que esa persona ya no te quiere, aceptar que esa persona ha elegido a otra persona, aceptar que esa persona te lastima, aceptar que la relación no funciona, aceptar que estás en el lugar equivocado.
Pero nos quedamos en la negación, en albergar una esperanza, en pretender que el otro cambie. Nos quedamos en la demanda de una demostración, en la espera de la recuperación de lo que fue, en el reproche y la culpa al otro, en la espera de la transformación.
Creo que luchar por una relación es humano y maravilloso si las dos partes quieren salvarla. Todas las relaciones, en algún momento, pueden atravesar una crisis. Sin embargo, con amor y ganas por las dos partes, una relación podría salir a flote. Pero cuando la crisis es permanente, cuando se ha perdido la conexión, cuando en la relación sólo da una de las dos partes, cuando en la balanza pesan más las lágrimas o el sufrimiento que la tranquilidad, cuando ya no queda un ápice de ilusión, pasión, admiración ni de respeto, es el momento de comenzar a valorar que asumir la derrota es ganar.
Ser resiliente consiste en eso, en adaptarse a las nuevas circunstancias que nos toca vivir, tomando las decisiones más adecuadas para seguir sobreviviendo sin anclarse en el dolor. Eso es lo valiente, no luchar hasta dejar en añicos lo poco que quedaba, sino retirarte a tiempo para salir ileso.
Recordemos que cerrar una relación no es un fracaso, sino un acto de honestidad con uno mismo. Dejamos de sostener lo que ya no nos sostiene para recuperar la dignidad y tropezar con el amor más profundo, el que tenemos por nosotros mismos. Cuando nos elegimos a nosotros mismos, cuando decidimos no mendigar más afecto ni empeñar nuestra paz, algo valioso ocurre. No se produce un final sino un comienzo. La oportunidad de habitar lo que verdaderamente mereces.