La culpa es una emoción infantil

La culpa no es una emoción innata ni universal. Se origina a partir de las normas morales y sociales. Está condicionada por el aprendizaje cultural y su contexto social.

Culpa
Culpa

Nace y se aprende  a partir de los 2 o 3 años de edad con la conciencia del yo. Nos educan desde muy pequeños en la culpa. “Por mi culpa, por mi gran culpa” nos hizo repetir durante años  la religión, con ese golpe de pecho. La culpa judeocristiana es la perita en dulce del pecado.

Los profesores también son jueces de la culpa. La familia no se libra. Las parejas te regalan grandes frases que comienzan por “Me haces sentir...”.

El caso es que nos viciamos en la culpa desde muy pequeños. Siempre me ha parecido  gracioso, curioso  y, a la vez, patético, observar cómo, tras tropezar un niño contra un mueble y echarse a llorar, sus progenitores arremeten contra la mesa y cogiéndole la manita la golpean mientras la culpan: “Mesa mala, mesa mala, la mesa es mala “.

Ese modo de consolar parece que al niño le tranquiliza y así aprendemos a comportarnos en la edad adulta. Crecemos culpando al otro para eximirnos de responsabilidad. Esa excusa infantil nos evita la acción, el aprendizaje y la reparación.

Este mecanismo de evitación protege el ego, evita admitir nuestros errores, crea una sensación ilusoria de control y nos estanca en la inmadurez.

La culpa siempre es la protagonista de nuestra infelicidad. Ya cantaba Gabinete Caligari:” La culpa fue del chachachá “. Ahora siguen sagas para adolescentes de “culpa mía”, “culpa tuya” y “culpa nuestra”.

Vivimos culpando a todo y a todos de nuestros fracasos y nuestros males. Eso nos sigue reconfortando y sobre todo, nos elimina el cargo de conciencia. La culpa es una patata caliente que nadie quiere sostener en las manos porque quema.

La responsabilidad es todo un compromiso del que muchos se quieren librar.  Woody Allen tiene una cita con esto que lo  ilustra de maravilla:” No siento culpa, tengo suficiente problema con manejar el arrepentimiento”.

Vivimos echando la culpa a nuestros padres, a los hombres, a las mujeres, a los emigrantes, al sistema, al gobierno ... y, a su vez, los gobiernos culpan a su oposición, e incluso nos hacen sentir culpables a nosotros los ciudadanos, como estrategia de control.

La culpa es el mejor método de manipulación de quienes ejercen el poder. La culpa invita a modelar por imitación  y moldear por presión, nuestros comportamientos. La culpa es la justificación del castigo y por tanto la tortura más efectiva.

Ante los problemas, en muchas ocasiones no se buscan soluciones, se buscan culpables. Y aquí entra el victimismo. En ocasiones, alguien que se queja todo el tiempo de cómo le trata el mundo no suele estar buscando resolver su situación, trata de arrastrarte a su estado y quienes no estén de acuerdo con su queja suelen ser tachados de malos. Las personas que se instalan en el papel de víctima necesitan buscar culpables. Y los que estamos al otro lado, protegernos.

Culpar es fácil y rápido pero sentir culpa es muy complicado de gestionar y difícil de disolver. En ese acto de sentirnos culpables entran todas las distorsiones cognitivas para provocar un auto juicio moral y su emoción destructiva.

La culpa sana es cuando eres consciente de que has provocado un daño y lo reparas con unas disculpas. Sin embargo, es la culpa neurótica la que nos atormenta a todos. Esa culpa es desproporcionada, se siente por cuestiones que no están bajo nuestro control. Es la que se convierte en crónica y la que más duele.

A veces la culpa sucede porque tenemos un ideal del “yo” imposible, como hacer algo mal y considerarnos por ello malos.

¿Cómo gestionar la culpa? Asumir nuestra responsabilidad en todo momento, con madurez emocional y procurar la práctica de la empatía, la compasión y la amabilidad con nosotros mismos y con los demás.