El diagnóstico a la ligera

China exigirá títulos oficiales a los influencers que hablen sobre salud en sus canales. Me ha parecido una excelente estrategia de control contra el intrusismo.

La era de las redes sociales ha provocado una sobre-información que ha derivado en un perjuicio para la información, que podemos denominar desinformación.

Son tantas las fuentes de información y tan contradictorias que, finalmente, lo que provocan es una polarización de opiniones que entran en guerra, además de una total confusión. Muchas no son contrastadas, otras no tienen evidencia científica y lo peor ocurre cuando lo que nos llega son bulos o noticias falsas.

Este es el peligro de ponerle un altavoz a cualquiera. En un momento en el que la ignorancia es tan osada y en el que cualquiera se considera experto, resulta peligroso informarse en el lugar equivocado. De ahí la necesidad de colocar filtro y de utilizar el pensamiento crítico.

De un tiempo a esta parte, surgió la figura del coach que saca un título en un breve espacio de tiempo y ejerce como psicólogo invadiendo el ámbito sanitario. He escuchado y leído en las redes sociales verdaderas barbaridades sobre temas de psicología que no tenían base científica ni bibliográfica.

Hoy quiero hablar de esto. Actualmente, existe un sobre-etiquetado. Nos estamos acostumbrando a colocarle un diagnóstico a las personas por reunir un par de características que pueden pertenecer a una patología. Sin embargo, nos olvidamos que hay miles de diagnósticos que superficialmente pueden resultar parecidos.

Yo siempre insisto en que un psicólogo se hace con años de experiencia en clínica. No sale de la carrera siendo una eminencia en psicología sanitaria. Por lo que resulta asombroso comprobar como personas que no ejercen esta profesión hablan como entendidos sobre diagnósticos. Sin embargo, un psicólogo sanitario o un psiquiatra se tomaría con prudencia la clasificación diagnóstica. 

A los seres humanos se nos ha descrito como “tacaños cognitivos” porque necesitamos recurrir a atajos mentales como las categorías, para simplificar la complejidad del mundo. Esto es lo que explica porque etiquetamos con rapidez y a menudo de forma imprecisa.

Hemos escuchado muchas veces como a una persona introvertida se le ha calificado como “autista”; a una persona inquieta, como “TDAH”; a la persona variable en su estado de ánimo, “bipolar”. De hecho, son definiciones incorrectas. Un profesional diría “persona con Autismo”, “persona con Trastorno Bipolar”... Ahora parece una moda llamarle narcisista a toda ex-pareja que, a criterio del otro, la considera maltratadora psicológica. 

Me gustaría advertir que la psicología no funciona como las matemáticas. Ni todas las personas introvertidas padecen TEA, ni las hiperactivas necesariamente son TDAH, ni basta con sólo tener cambios de ánimo para diagnosticar un trastorno bipolar. Los cambios de ánimo son un síntoma pero el diagnóstico requiere de episodios bien definidos donde vemos claramente la fase depresiva y la fase maníaca, además del deterioro funcional.

El trastorno de la personalidad narcisista  es un cuadro clínico complejo y más infrecuente de lo que parece. La violencia psicológica no depende de un diagnóstico, sino de patrones de conducta aprendidas como el poder y el control.

Por lo que no se puede equiparar narcisismo con maltrato. Hay maltratadores sin rasgos narcisistas y personas narcisistas que no ejercen violencia. Del mismo modo, no podemos equiparar narcisismo a psicopatía. Comparten rasgos superficiales como la frialdad o falta de empatía pero pertenecen a categorías distintas dentro de los trastornos de personalidad. La psicopatía, aunque no figura como un diagnóstico independiente en los manuales actuales, implica un patrón mucho más profundo de insensibilidad emocional y conducta antisocial.

Partiendo de la base que estamos atravesando un momento en el que la sociedad parece ser más individualista y superficial, puede que ese hedonismo social se confunda con narcisismo. De todos modos, hay tantos rasgos de personalidad que podrían encajar con ese perfil que deberíamos ser muy cautos con nuestros prejuicios y, sobre todo, proteger el estigma de las personas con enfermedad mental. Cuando hacemos un diagnóstico tan a la ligera y hasta con un fin de descalificar, flaco favor le estamos haciendo a la persona que sufre un diagnóstico médico. La salud mental es algo muy serio, no deberíamos banalizarla. Dejemos la clasificación diagnóstica para los profesionales.

Todos nos creemos mejores personas de lo que somos pero la humildad nos haría ver que no estamos por encima de nadie. Todos tenemos nuestros matices, nuestras luces y nuestras sombras.

En lugar de juzgar con tanta facilidad, podríamos probar a  practicar la empatía y la compasión. Cada persona es como es porque carga con su propia historia personal. No  es necesario patologizar, sólo comprender y abrazar con respeto la idea de que cada persona es diferente.