La droga no te invita al placer, te invita a morir en vida
Desde la pandemia se ha observado un incremento significativo de los trastornos por ansiedad y depresión. Así mismo un aumento en el consumo de psicofármacos y de sustancias psicoactivas.
Desde entonces. la sociedad muestra un mayor nivel de crispación y tensión emocional. Los factores que se superponen al impacto psicológico o trauma son la escasa tolerancia a la frustración, mayor irritabilidad, reactividad y desregulación emocional.
La droga no se consume únicamente por experimentar placer sino, en muchas ocasiones, por todo lo contrario, por ponerle un parche al sufrimiento vital y al dolor emocional. Y quien entra en el mundo del narcotráfico, permite abusar de personas vulnerables, personas que están pasando por un mal momento y en lugar de ayudarlas, se les invita a terminar con su vida.
La narrativa social insiste en presentarnos el fenómeno de la drogadicción como un asunto marginal pero la magnitud del mercado revela como intervienen figuras de poder que raramente aparecen en el relato público. El negocio de la droga no se sostiene únicamente por la demanda, sino por la participación silenciosa de estructuras que operan muy por encima del consumidor de la calle. Cuando estos engranajes institucionales miran hacia otro lado o facilitan incluso ciertos movimientos por intereses económicos, el resultado es lamentable.
Con el incremento del consumo, se incrementa la delincuencia. Sin embargo, son las clases bajas las primeras que se ven perjudicadas. No obstante, nos equivocamos si creemos que son sólo ellos los que consumen. La normalización oculta las señales de alerta. El “yonki” también puede ser pijo, con estudios e incluso ser el cirujano que te opere mañana.
La droga es un mal consentido por todos. Lo curioso es que ya no vivimos en los años 80 cuando la culpa recaía en la falta de información. Hoy disponemos de una sociedad sobreinformada y que presume de experta y, sin embargo, seguimos tomando las mismas decisiones equivocadas de nuestro pasado. Parece que el ser humano tiene la mala costumbre de no aprender por la experiencia del otro. Ahí nos encontramos con el sesgo de optimismo ilusorio, que consiste en creer que las cosas malas sólo le pueden pasar a otros.
Se consume en busca de una regulación emocional, para aliviar la ansiedad, para ser normal, para dejar de pensar o sentir, para dormir o desconectar.
El problema es que ese alivio inmediato tiene un coste profundo. Las drogas deterioran la salud física y mental, aumentan la vulnerabilidad emocional y generan una dependencia que amplifica el sufrimiento que se pretendía parchear. Las drogas no sólo afectan a los estados de ánimo y a las respuestas conductuales. Las drogas deterioran principalmente el cerebro, el sistema nervioso, el sistema cardiovascular, el sistema respiratorio, el sistema inmunitario, el sistema hormonal y todo lo demás. Pero me voy a centrar en mi rama que es de la que entiendo: el consumo de drogas destruye nuestro preciado y valioso cerebro.
Las drogas producen alteraciones en los neurotransmisores y modifican artificialmente sustancias clave como la dopamina, que es la responsable del placer y la motivación. La serotonina que es esencial para el estado de ánimo. Gaba y glutamato importante para el equilibrio y el control. Con el uso repetido, el cerebro reduce su consumo natural y necesita más estímulo para funcionar normalmente. Esto se traduce en anhedonia, que es la dificultad para experimentar placer. También se produce apatía, irritabilidad, ansiedad sin causa aparente y estrés cerebral crónico.
Este desequilibrio químico forzado fatiga los circuitos cerebrales, afecta a la toma de decisiones, atención, memoria, regulación emocional y afrontamiento del estrés. Las drogas pueden desencadenar trastornos psiquiátricos graves en personas con predisposición genética y aumentar su riesgo en personas que sufren una enfermedad mental.
Y, si cuidamos del motor de un vehículo porque sabemos que sin él no funciona ¿Por qué no cuidamos de nuestro cerebro sabiendo que es el motor de nuestra vida? Lo maltratamos con sustancias que nos dañan como si no supiéramos que para nuestro cerebro no hay piezas de repuesto.
Realmente las drogas son una forma de no afrontar la vida, es la elección de ir muriendo mientras vives. Y aunque cada persona toma sus decisiones, no podemos ignorar que el contexto social influye. Una comunidad que normaliza el consumo, que trivializa el daño o mira hacia otro lado, contribuye a que otras personas caigan en la misma trampa.
Escribo este artículo para invitar al pensamiento crítico y a la reflexión. No permitamos que nada ni nadie juegue con nuestras vidas por duras que sean. Somos nosotros los que tomamos las riendas.
La felicidad absoluta no existe pero la búsqueda de nuestro bienestar psicológico sólo la encontraremos dentro de nosotros mismos. Y si alguien estima que necesitamos un ajuste químico para ello, que sea un médico quien lo valore.
Recuerda que ninguna droga, sea blanda o dura, soluciona tus problemas. Todas los empeoran. Las soluciones se encuentran dentro de una mente sana.