Historia de Oza

El gris declive de los confines de Oza

La anexión del municipio que abarcaba gran parte de la ciudad actual a principios del siglo pasado se completó en un ambiente de escasa agitación social, pero la prensa coruñesa puso entonces de relieve varios aspectos polémicos en torno las motivaciones y los beneficios de la absorción de esta antigua villa de vocación rural y marinera
El gris declive de los confines de Oza
casa consistorial de oza
Casa consistorial de Oza

El Concello de A Coruña multiplicó casi por cuatro su superficie en un ambiente de escasa agitación general y tensiones en algunos despachos. Intrigas a puerta cerrada, estrés administrativo, sospechas de intereses económicos y de objetivos partidistas y, eso sí, prudencia y algo de recelo a pie de calle. La anexión del municipio de Oza en 1912 se produjo sin algaradas previas ni exaltaciones masivas durante la culminación del proceso. 

La sensación de resignación o de conveniencia, y de ilusión en sectores concretos, acompañó a este acontecimiento histórico que borró una frontera literalmente aguada, marcada hasta entonces por la presencia del río Monelos. La urbe herculina concentraba 50.000 habitantes y poseía la ambición de continuar creciendo; el territorio de Oza, mucho mayor en extensión y esencialmente rural, contaba con unas 10.000 personas censadas y arrastraba una deuda prácticamente inasumible.

Los periódicos de la época recogieron los principales datos, argumentos y percepciones que nutrían la discusión en torno a esta fusión trascendental. El diseño contemporáneo de la ciudad nubla la perspectiva actual a la hora de dimensionar adecuadamente las colosales incógnitas acerca del posible futuro de la nueva Coruña. Un mundo de posibilidades todavía por definir.

Frialdad ante el abismo

El temor latente en la capital ante la magnitud de la deuda contraída por Oza adquiría resonancia en un artículo publicado en El Eco de Galicia en marzo de aquel mismo año: “Siempre será verdad que el Ayuntamiento de la Coruña se obliga al pago de una deuda que no le corresponde; siempre será cierto que en la pobreza de Oza no podrá hallar en mucho tiempo el Ayuntamiento de la Coruña compensación a su anticipo; siempre tendremos, si la anexión ha de ser algo práctico, que el municipio coruñés debe emplear el dinero, para beneficio de los vecinos de Oza, en alumbrado, en servicios municipales y en obras de urbanización”.

En el mismo texto se lamentaba la actitud de la ciudadanía: “La opinión de la Coruña conoce todo esto y siente las mismas zozobras que nosotros, y sin embargo no se mueve, no se agita, no acude al mitin ni a la manifestación… Se contenta con cruzarse de brazos o murmurar en las tertulias”.

En la misma dirección apuntaba otro artículo plasmado en Diario de Galicia a mediados de junio, con referencias, además, a una coyuntura desafortunada con motivo de inversiones como la reforma del palacio municipal y las obras para edificar una nueva plaza de abastos.

“Hubo quien lanzó la idea, en letras de molde, de que tal anexión debía ser conmemorada con festejos populares, pero en vista de que el pueblo no siente ‘por ahora’ frío ni calor con la mejora, se ha desistido de continuar la campaña de propaganda en tal sentido”, se aseguraba con dureza en un párrafo posterior. El artículo llegaba a su fin con una queja que introducía una mención al supuesto afán de ampliar la representación partidista: “¡Qué a tan alto precio se ha conquistado el acta el partido republicano local con la aquiescencia de monárquicos que me abstengo de nombrar!”.

La riqueza costera y rural

La gente de Oza, por su parte, gozaba de menos atención mediática y temía sentirse ignorada desde la administración resultante en cuanto se pusiese en marcha una nueva redistribución del poder. No todo eran ganancias o inconvenientes para nadie. El periódico El Noroeste publicó un artículo más amplio, exhaustivo y detallado, de media página en formato sábana, a las puertas de aquel extraño verano. En “los principales núcleos urbanos del territorio agregado”, según se planteaba al comienzo de aquel análisis, “abundan los terrenos labradíos que producen excelentes y muy bien cultivadas hortalizas”.

Oza, verde y azul, era mucho más que un campo de cultivo: “No son sólo las industrias agrícolas, que alcanzan un grado de perfección y de desarrollo admirables, las únicas que tienen importante explotación en el vecino término”, se puntualizaba después en el texto. “Existen también allí no pocas fábricas de salazón y conservas”, a las que había que añadir “una fábrica de refinería de petróleo y otra de fundición, y forman las restantes industrias los detallistas, los tratantes, los oficios, los vendedores ambulantes y otros de menos significación”.

Había un gran trazado urbanístico por explorar y El Noroeste se animó a promover un ideal de confort y orden colectivo: “Claro es que las calles de la nueva población habrían de ser anchas y espaciosas, y las casas higiénicas y llenas de luz, con patios y jardines, formando así una barriada de viviendas ajustada a todos los adelantos”.

De ningún modo se podía obviar la actividad portuaria, por lo que se sugería después “la habilitación de un sitio donde puedan realizarse las operaciones diarias que reclama el creciente tráfico de la pesca, sin estorbar ni dificultar los demás servicios del puerto”.

Una expansión sin barreras

El Noroeste ya había expresado, en una nota más breve que había difundido la semana anterior, su “íntima satisfacción” por haber “llegado a su término los trámites de esta anexión, que debe ser motivo de halago y de regocijo para todos los amantes del progreso de esta capital”, pues “no podía continuar la Coruña encerrada en los estrechos límites que la ahogaban y que eran algo así como un círculo de hierro para su expansión territorial”.

Los transeúntes de Times Square se encontraron recientemente con la oportunidad de contemplar un anuncio que auguraba, en A Coruña, la “más ambiciosa transformación urbana de España” a causa de la reconversión de la fachada marítima. En la actualidad, la zona de influencia coruñesa constituye un área de aglomeración urbana de aproximadamente 400.000 habitantes. En la rúa Montes, donde se ubica la fachada ruinosa de la última casa consistorial de Oza, se construirán nuevas torres y se procurará utilizar aquella instalación como lugar de rememoración y homenaje a los pies del parque que lleva el nombre del municipio extinto.

Es improbable que los neoyorquinos se enterasen hace más de un siglo de que Oza pasaba a integrarse en A Coruña, pero aquel acontecimiento supuso también un hito que vale la pena repasar para conocer los orígenes de la mayor parte de la superficie de la ciudad y reflexionar sobre las motivaciones, los planes y las expectativas en situaciones de grandes cambios.

El gris declive de los confines de Oza