Comercio de barrio

El hombre que mantiene vivo el sabor de La Granja de Klaus

Cuando un vecino abre el periódico del barrio, no busca épica. Busca verdad.

Y la historia de Miguel Emilio Martínez tiene de sobra.

Miguel llegó a A Coruña en 2019 desde Cuba, tras reunirse con su esposa. Sin papeles, sin red y sin atajos. Durante meses sobrevivió como pudo: trabajos sueltos en el mercado de frutas, jornadas cortas cargando mercancía y noches durmiendo poco. Lo justo para seguir adelante.

El hombre que mantiene vivo el sabor de La Granja de Klaus
La granja de Klauss 05
La granja de Klauss 05

Decidió formarse. Pagó de su bolsillo un curso de cocina, sin experiencia previa en una cocina profesional, sólo con una idea clara: salir adelante trabajando.

Y entonces ocurrió algo que, visto hoy, parece destino.

Vivía justo enfrente de La Granja de Klaus. Vio un cartel, dejó su currículum… y lo llamaron.

Aprender el oficio, de verdad

En aquel momento, La Granja de Klaus era un negocio familiar: Klaus, su esposa María y una trabajadora que aún hoy sigue allí. Miguel empezó desde abajo. Observando, escuchando y trabajando.

“Klaus fue como un padre para mí”, cuenta Miguel.

No sólo le enseñó recetas. Le enseñó tiempos, procesos, respeto por el producto y por el cliente. Discutían a veces, sí. Pero siempre para aprender. Miguel pasó por todos los puestos: cocina, plancha, asador, atención al público. Si faltaba alguien, él podía cubrirlo.

Aprendió el negocio como se aprende en los sitios de verdad: trabajando cada día.

El legado que no se toca

Klaus tenía pensado jubilarse y ya habían hablado de que Miguel continuaría el negocio. Pero la vida no avisó. Tras una cita médica, Klaus falleció de manera repentina en octubre.

Fue un golpe duro para todos.

En el hospital, María, su esposa, cumplió la palabra dada: ella no seguiría con el negocio y Miguel se haría cargo del local.

El 15 de noviembre firmó el contrato. Trámites, licencias, puesta a punto. El 3 de diciembre, La Granja de Klaus volvió a abrir.

Miguel tuvo claro algo desde el primer momento: no cambiar el nombre, no cambiar la carta, no cambiar la esencia.

“Esto lo creó él. Cambiarlo sería borrar su historia”.

La jarra de cerveza de Klaus sigue en su sitio.

Eso no se toca.

La Granja de Klaus hoy

El pollo asado sigue siendo el protagonista. La misma receta sencilla de siempre, sin excesos ni artificios. “Por eso gusta tanto”, dice Miguel.

Con un pollo y una ración de patatas comen cuatro personas por 16,50 €.

También hay medio pollo, croquetas, albóndigas, hamburguesas, bocadillos, alitas, arroz, ensaladas y bebidas.

Sólo cambió una cosa: la cerveza. Ahora es Estrella Galicia, porque el barrio manda.

Es un local de comida para llevar, aunque con mesas para sentarse o esperar tranquilamente. También reparten a domicilio a través de Glovo y Just Eat.

Abren de miércoles a domingo mañana y noche, lunes sólo por la mañana, y descansan los martes.

Además, han incorporado pizzas cubanas, de masa esponjosa, salsa casera al estilo de Cuba y mucho queso, que ya tienen sus fieles por las tardes. Y codillo de cerdo por encargo, que vuela.

El barrio manda

Los fines de semana son fuertes. Especialmente sábados y domingos.

Muchos vecinos lo dicen claro: “Llegas tarde, no tienes nada en casa, bajas y con un pollo come toda la familia”.

Eso no es marketing. Eso es utilidad real.

Miguel mira al futuro con prudencia. Enero, un mes complicado para muchos negocios, ha funcionado bien. Eso da tranquilidad.

Como inmigrante, sabe lo que ha costado llegar hasta aquí. Durante años compaginó este trabajo con el mercado de frutas, durmiendo apenas unas horas, hasta que la salud dijo basta. Hoy prioriza el negocio y a su hijo.

Trabaja con una compañera de siempre y cuenta con apoyo por las noches. María, la viuda de Klaus, sigue pasando por el local.

Y Miguel lo resume sin grandes discursos: “Esto es su legado. Yo sólo lo continúo”.

Y ahora te digo algo importante, a ti que lees esto:

Si llevas años comprando en La Granja de Klaus, puedes seguir haciéndolo tranquilo. El sabor es el mismo. El trato es el mismo.

Y ahora, además, hay alguien detrás que se ha ganado ese mostrador a pulso.

Eso, en un barrio, vale más que cualquier anuncio.

El hombre que mantiene vivo el sabor de La Granja de Klaus