Astronomía
La sombra más fulgurante del mundo
Un eclipse solar ya gozaba de transcendencia mediática, de atención multitudinaria y de relevancia científica hace más de un siglo, cuando se dieron condiciones especiales en A Coruña para disfrutar de este fenómeno astronómico
Un eclipse solar total es un acontecimiento que tal vez pueda observarse una sola vez desde un mismo rincón del mundo en toda una vida, pero no en toda la historia. Ante un evento tan excepcional, cabe identificar los contrastes y la evolución de los ritos y las expectativas de especialistas y aficionados que se preparan para aprovechar una ocasión así.
¿Cómo era el ambiente de la ciudad y la repercusión de una escena tan atípica y sugerente? Una de las últimas oportunidades de disfrutar de una representación celeste de características similares en este rincón del planeta quedó marcada en la agenda hace más de un siglo, el 17 de abril de 1912.
El Eco de Galicia explicaba con estas palabras, a finales de marzo de aquel año, el desarrollo del episodio que estaba por suceder: “Interpuesta la Luna en su movimiento de traslación entre el Sol y la Tierra, nos privará de la luz que aquél nos envía, siendo el efecto parcial o total, si por circunstancias de luz o posición percibimos, o no, alguna porción del astro rey que nos ilumina”.
El mismo artículo matizaba posteriormente que desde A Coruña se podrían “apreciar suficientemente bien las diversas fases de tan sorprendente espectáculo”, por lo que esta ubicación facilitaba las “condiciones de poder apreciar el disco solar casi completamente oscurecido”.
A nivel de investigación y estudio académico, este periódico señalaba que “el interés científico del eclipse no puede condensarse en unos cuantos renglones”, aunque recalcaba que “el principal objeto tiende a estudiar la constitución de la corona solar o fotoesferas”.
Una mañana ansiada
Una información difundida por El Correo de Galicia el 9 de abril mostraba detalles más específicos en torno a localizaciones. “La curva del eclipse central cruza nuestra región por la provincia de Orense, desde la frontera de Portugal hasta la provincia de León”, indicaba el artículo, por lo que “a uno y otro lado de esta curva se extiende esa zona donde el eclipse es total, estrechísima en este caso, pues su máxima anchura es de unos cinco kilómetros”.
La brevedad del suceso quedaba contextualizada en los datos acerca de cómo se percibiría el fenómeno en uno de los lugares más apropiados para su visualización: “Durará el eclipse en Valdeorras, como parcial, 2 horas, 50 minutos y 30 segundos; y como total, solamente 5 segundos y 4 décimas de segundo”.
En la capital herculina, el periodo en que sería posible contemplarlo daría inicio a las 10:27, alcanzaría su fase máxima a las 11:48 y finalizaría a las 13:13, como detallaba en portada El Eco de Galicia el propio miércoles 17 de abril. Había llegado la mañana de tan singular y esporádico prodigio y este diario ponía de relieve su trascendencia.
“Los eclipses de Sol no son una rareza; al contrario, son más numerosos que los de Luna, aunque de estos últimos podamos observar muchos más. Lo que ocurre es que los eclipses de Luna son igualmente visibles para todos los observadores que tienen este astro sobre el horizonte, mientras que los de Sol, y en particular la totalidad, sólo son observables desde una limitadísima porción de la superficie de la Tierra”.
Y el cielo no defraudó. Incluso la meteorología poco fiable del primer tercio de primavera se puso de parte de los observadores y desalojó el firmamento de nubes inoportunas. El Sol alumbró tibiamente mientras se lo permitió el satélite que quiso acaparar protagonismo durante unos instantes.
El gallo canta de nuevo
El Noroeste resumió así el afán ciudadano en su edición de la jornada siguiente: “Desde mucho antes del primer contacto la gente tomó posiciones en los sitios más adecuados para la observación. Así se veían coronadas de curiosos las alturas todas. La explanada de la Torre de Hércules y el Campo de la Estrada fueron los puntos preferidos del público. Allí se situaron los alumnos de algunas escuelas con sus profesores, quienes les fueron explicando las distintas fases del eclipse a medida que este se iba desarrollando”.
El público se repartió, no obstante, por donde fue posible y hasta por donde no existían precisamente lugares canónicos de encuentro o recogimiento: “Hubo también muchos observadores en los muelles. Los balcones, las azoteas y hasta los tejados de algunas casas sirvieron de observatorio a muchas personas”. Así pues, “las calles estaban muy animadas. Por todas ellas se veía a los vecinos con catalejos, gemelos y cristales ahumados mirando al cielo”.
El citado artículo describió con precisión aquel trance: “En el momento de la máxima ocultación del Sol se produjeron todos los fenómenos que son de rigor en estos casos: decreció la luz cenital hasta oscurecerse como si anocheciese, cantaron los gallos, huyeron los pájaros a refugiarse en sus nidos, atravesaron las gaviotas la bahía del Orzán y se sintió el frío con mayor intensidad. La sombra semilunar se veía perfectamente reflejada en el suelo a través de las hojas de los árboles”.
En realidad, hubo una ocasión más especial para A Coruña pocos años antes, el 30 de agosto de 1905. El eclipse entonces había sido total. El siglo pasado arrancó ofreciendo estas imágenes y sensaciones extraordinarias que tal vez también contribuían a recordar a la población la maravilla que supone mirar al cielo un día cualquiera, sin aquel pretexto magnífico. La expectación es ahora inmensa ante la posibilidad que se presentará el próximo 12 de agosto.