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Cincuenta años sobre el tatami: una vida dedicada a enseñar, cuidar y creer

Hay personas que no sólo abren un gimnasio, sino que abren caminos. Bernardo Romay es una de ellas.

Hace cincuenta años, cuando en A Coruña casi nadie hablaba de artes marciales, defensa personal o educación física como hoy la entendemos, él decidió apostar por algo que entonces sonaba extraño y que ya forma parte de la vida de miles de personas: el Judo Club Coruña.

Cincuenta años sobre el tatami: una vida dedicada a enseñar, cuidar y creer
Judo Club Coruña
Judo Club Coruña

Corría el año 1975. España empezaba a cambiar y la ciudad también, aunque todavía nadie salía a correr por la calle ni existían gimnasios como los actuales. Cuando Bernardo abrió las puertas, lo que encontró fue una respuesta inesperada: señoras llenando las clases de mantenimiento por la mañana, niños y niñas descubriendo por primera vez lo que significaba moverse con orden, respeto y disciplina, y una ciudad que empezaba a mirar el deporte de otra manera.

Bernardo venía del judo. Había empezado muy joven y con apenas 17 años ya era campeón gallego sénior. Aprendió pronto que el judo no era solo técnica, sino actitud. Durante el servicio militar, en la Marina, profundizó en la defensa personal y comprendió algo que marcaría toda su trayectoria: las artes marciales enseñan a vivir, no sólo a luchar.

Desde el principio, el Judo Club Coruña fue mucho más que un gimnasio. Entró en los colegios, habló el lenguaje de los niños, explicó las técnicas de forma sencilla antes de ponerles nombre japonés. Así, lo que se aprendía aquí servía para cualquier parte del mundo. El respeto, la concentración y el compañerismo no necesitaban traducción.

Con los años llegaron el kárate, el aikido, el iaido, el jiu-jitsu, la gimnasia de mantenimiento y los cursos de defensa personal. Hoy, en sus tatamis entrenan desde niños de cuatro años hasta personas de más de ochenta. Mujeres que descubren, quizá por primera vez, que su cuerpo es fuerte. Personas que llegan pensando que “ya no están para eso” y se marchan con una sonrisa, sorprendidas de sí mismas.

Nada de esto se explica sin Nieves. Ella es el alma del gimnasio, la primera cara que te recibe, la voz tranquila que genera confianza. Mientras Bernardo enseña, ella cuida. Y esa combinación, técnica y humanidad, es parte del secreto.

A lo largo de estas cinco décadas, el Judo Club Coruña también ayudó a construir el deporte en la ciudad. Bernardo fue director técnico del Plan Deportivo de la Diputación, impulsó competiciones que hoy siguen vivas y vio cómo miles de niños llenaban el Coliseum en el Trofeo Miguelito. Semillas que germinaron.

Pero si hay algo que define esta historia no son los títulos ni los números. Es la constancia. Abrir cada día a las ocho de la mañana y cerrar por la noche. Mirar a cada alumno y pensar dónde puede llegar. Creer en personas que todavía no creen en sí mismas. Enseñar a saludar, a caer y a levantarse.

Hoy, cincuenta años después, Bernardo sigue entrando al tatami con la misma ilusión del primer día. Habla de sus alumnos, de su familia, de sus hijas y de sus nietos como partes inseparables de un mismo camino. Porque para él, el amor al deporte y el amor a las personas no se pueden separar. Y quizá esa sea la mayor lección del Judo Club Coruña: que cuando las cosas se hacen desde el cariño, la constancia y la entrega, dejan una huella profunda. Silenciosa, firme y duradera. Como todo lo que nace del amor. 

Cincuenta años sobre el tatami: una vida dedicada a enseñar, cuidar y creer