Oza, Gaiteira, Los Castros

El arte proverbial de gestionar comunidades cercanas

La labor de párroco permanece asociada a multitud de responsabilidades para lograr que un centro religioso popular y concurrido mantenga una vocación de lugar de encuentro y vínculo entre el vecindario al margen de ritos colectivos y creencias individuales.
El arte proverbial de gestionar comunidades cercanas
Don Fernando Isorna
Don Fernando Isorna

Un lugar de conciliación, solidaridad, consuelo y debate más allá de la liturgia y del credo individual. La palabra parroquia es polisémica y la espiritualidad puede abarcar un sentido muy amplio. Así lo interpreta don Fernando Isorna, párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, situada en el corazón de Os Castros. Una de las vías de entrada a la ciudad ofrece también acceso a un templo del catolicismo que, además, ha representado uno de los grandes núcleos de ingeniería social.

Natural de Valga, Isorna llegó en 2016 a esta parroquia habiendo adquirido una dilatada experiencia en zonas rurales de municipios como Carral y Abegondo desde principios de los años 90. Su presencia en un barrio populoso exige más continuidad y la recepción de un número más elevado de personas, lo que obliga a “hacer encaje de bolillos para evitar que se produzcan tensiones en torno a la parroquia”, evitando “favoritismos” porque “todos los hilos han de ser iguales” para mantener la armonía del conjunto.

A la sacristía y al despacho acude gente de diversa índole y con diferentes inquietudes. “En la parroquia debemos gestionar asuntos en muchos ámbitos, y el más importante y visible es el social”, explica Isorna, que remarca la importancia de la “cercanía” en el trato y pone de relieve “el fenómeno de la inmigración, especialmente de países como Venezuela, Cuba, Colombia, Perú o Argentina”, personas de procedencias variadas que se acercan a la comunidad para ir generando vínculos y se integran en las celebraciones pero también precisan orientación o apoyo.

Isorna ha aprendido a apreciar “el efecto que se produce y el bien que se le puede proporcionar a la persona que entra aquí a través de gestos simples como una sonrisa o una palabra de ánimo o de bienvenida”, y sostiene que mucha gente valora de manera especial esa actitud por parte del propio párroco, a quien también se le exige una particular ejemplaridad, algo de lo que se percata, por ejemplo, cuando alguien le afea que cruce un semáforo en rojo.

La implicación personal y la dinámica de ayuda obligan a practicar una gestión psicológica muy compleja que consiste en identificar los límites de su papel y alcanzar una desconexión imprescindible en algunos momentos para mantener un equilibrio propio sin abandonar la sensibilidad y la empatía que requiere su puesto.

Al margen del aspecto emocional, aunque con un impacto ineludible en éste, el correcto mantenimiento de las instalaciones se convierte en otro punto esencial del programa de actuación de los principales cargos de la parroquia “para que la gente esté a gusto” y las características físicas del centro religioso animen al vecindario a participar en múltiples actividades.

Isorna afirma que una serie de factores de cambio social provocaron que decayese en general la organización de eventos relacionados con la función parroquial a partir de finales del siglo pasado, pero insiste en la trascendencia del constructo social que fomenta esta institución. Deportes, excursiones, catequesis, ensayos de grupos de música tradicional y reuniones de comunidades vecinales componen algunas de esas convocatorias que también suponen allí una tradición destacada.

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